María Magdalena

(santa) (siglo I). Conocida también como María de Magdala, a orillas del Mar de Galilea, en Palestina. Es el prototipo de la prostituta reformada, además de uno de los principales testigos de la Resurrección. El primero de los dos motivos por los que es famosa se sustenta, no obstante, sobre bases muy poco sólidas. Se la ha identificado con una mujer anónima, de la que habla Lucas, que, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en la casa de un fariseo, se presentó en ella y lavó los pies de Jesús con sus lágrimas, para después secárselos con su propio cabello y verter sobre ellos un ungüento. (Se cuenta una historia similar sobre María de Betania, de quien se dice que vertió un ungüento sobre la cabeza de Jesús en casa de Simón el leproso). Aunque no se ha conservado ninguna prueba fehaciente de que esta mujer fuera María Magdalena, desde el siglo VI, o incluso antes, existe la creencia generalizada de que se trataba de ella. Tras haber sido curada de ciertos malos espíritus y enfermedades que la aquejaban, parece que acompañó a Jesús, pues fue una de las mujeres que estuvieron al pie de la cruz durante la crucifixión y que, al acudir a su tumba, la encontraron vacía. La narración más vívida del papel desempeñado por María Magdalena en la Resurrección es la de Juan, que, manteniendo el anonimato con modestia, pero dando a entender que él es "el discípulo amado de Jesús" del que habla este pasaje de su Evangelio, narra los acontecimientos en su condición de testigo y actor de una parte de los mismos. María llegó sola a la tumba cuando todavía era de noche y vio que la piedra que la cerraba había sido apartada y que la tumba estaba vacía. Buscó a Pedro y a Juan, y éstos fueron a comprobarlo rápidamente por sí mismos. Una vez que los dos se habían vuelto a ir, María permaneció en el lugar llorando hasta que, de pronto, vio a un hombre al que, en un principio, tomó por el encargado del huerto. Le preguntó si se habían llevado el cadáver y, de ser así, adónde. El hombre, que no era el encargado sino el propio Jesús, le respondió: "No me toques (noli me tangere) ... pero vete donde mis hermanos y diles: subo a mi Padre...". El papa Gregorio Magno la identificó con la mujer caída que bañó los pies de Cristo con sus lágrimas y los secó con sus cabellos.
 
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