Mateo
Evangelista y santo. Aunque ya en tiempos muy remotos se atribuyó la autoría del primero de los Evangelios al apóstol Mateo, desde que se vino abajo esa atribución se cuenta con un Evangelista distinto del apóstol, al que, sin embargo, se sigue llamando Mateo a falta de otro nombre mejor. Con toda probabilidad se trataba de un judío sirio de habla griega que debió de escribir hacia finales de la década 75-85. Su Evangelio es una versión, recortada en algunos puntos y alargada en otros, de la obra de Marcos. Nueve décimas partes del Evangelio de Marcos se reproducen en el de Mateo, generalmente de forma abreviada, pero a veces palabra por palabra. (Lucas, en contraposición, no reproduce más allá de la mitad del Evangelio de Marcos). A este núcleo, Mateo añadió un principio y un final: la genealogía y la infancia de Jesús, así como un relato más exhaustivo de sus apariciones tras la Resurrección, tanto a los apóstoles como a algunas otras personas. La fuente de estos añadidos (algunos de los cuales figuran también en Lucas) puede haber sido un documento hoy en día perdido o las propias historias que circulaban en la época. El rasgo más característico del enfoque con el que Mateo contempla la vida y la muerte de Jesús es su convicción de que Jesús era el Mesías judío e hijo de David, cuya misión era instaurar el reino celestial según lo profetizado en el Antiguo Testamento y en las antiguas tradiciones judías. Es el evangelista que más se ocupa de los antecedentes humanos de Jesús, así como de su propia humanidad, razón por la que se le suele simbolizar con una figura humana. Su fiesta se celebra el 21 de septiembre.

