Carreras

Las carreras de carros formaban parte de los juegos romanos. La victoria de tal o cual cochero en una carrera de carros tomaba las proporciones de una victoria nacional, y, para los vencidos, de una catástrofe pública. Fuerza es creer que el espíritu deportivo no basta para explicar estas pasiones. Cuatro facciones estaban representadas bajo el Imperio: los Blancos, los Azules, los Verdes y los Rojos, y el público favorecía a una o a otra, más que a tal o cual cochero, lo que habría acontecido si se hubiese tratado de un apasionamiento puramente deportivo. Estas facciones permanecían incluso cuando cambiaban los conductores encargados de hacer triunfar su color. Y eran siempre los mismos fautores (nosotros diríamos hoy día "hinchas") quienes aplaudían a su favorito entre los cuatro. Se ha hecho observar recientemente que esto no puede tener otra razón que la de que cada color había sido adoptado por una clase social que lo había adoptado por símbolo y se identificaba con él. Así se observa que Calígula, Nerón, Domiciano, Lucio Vero, Commodo y Heliogábalo, que fueron los más "democráticos" entre los emperadores, favorecieron todos ellos a los Verdes. Cuando Juvenal evoca una carrera escribe: "Roma entera está hoy reunida en el Circo, un gran ruido llega a mis oídos y de ello deduzco que el éxito favorece al Verde. Pues si fuese vencido, veríamos a nuestra ciudad triste y abatida como si los cónsules hubiesen sido vencidos en la polvareda de Cannas", lo que supone evidentemente que la masa popular era partidaria de la facción Verde. El Senado, al contrario, y la aristocracia tradicionalista se identificaba con los Azules, y vemos al emperador Vitelio castigar con pena de muerte a los partidarios de los Verdes por haber "hablado mal de los Azules". Bajo las apariencias de una simple competición deportiva se jugaban intereses mucho más graves: ¿los dioses no concedían la victoria a quien les parecía mejor, y esta victoria no era la prueba de que los dioses hablan querido favorecer, al mismo tiempo que a los cocheros y a sus tiros, a todos aquellos que se habían voluntariamente identificado con ellos y les habían confiado su suerte?. El espectáculo de las carreras ha despertado poderosamente la imaginación de los modernos, que se complacen en evocar los carros tirados por dos o cuatro caballos, los cocheros de pie, vestidos con una túnica sin mangas, estrechamente ajustada al pecho, tocados con un gorro de cuero, la parte media del cuerpo rodeada por las riendas que han ajustado a su cintura. El carro era una simple caja montada sobre dos ruedas, como en otro tiempo los carros de guerra, pero era de una gran ligereza y sólo el peso del hombre le daba alguna estabilidad. El más pequeño choque podía ser fatal, pues a gran velocidad el carro volcaba, las ruedas se rompían, las riendas se entrelazaban, mientras que el hombre no tenía otro recurso que coger, si le era posible, el cuchillo que llevaba a la cintura y cortar las ataduras de cuero que lo unían a su carro. Si no lo conseguía, su cuerpo era arrastrado por los animales y rebotaba en la pista, topando con la spina o contra las barreras exteriores. En el momento de la salida, los concursantes estaban aparcados cada uno en un cercado obstruido por una barrera. Encima de ellos, el magistrado que presidía los juegos daba la señal desde un balcón, lanzando un paño blanco. En tal instante caían las barreras y los carros se disparaban todos a la vez. Recorrían siete veces el contorno del circo, es decir, una distancia como de unos siete kilómetros y medio. A cada vuelta, se descolgaba uno de los "huevos" suspendidos encima de la spina. Cuando todos habían sido descolgados, era el momento más apasionante de la prueba. Los carros se esforzaban por obtener el mejor lugar en el interior del circuito, rozando el borde lo más cerca posible. Muchas esperanzas se hundían cuando la rueda de algún carro se rompía contra la piedra. La torpeza o la mala suerte del conductor causaba generalmente otras desgracias, pues los concursantes, incapaces de detener el arranque de sus tiros, topaban con el "náufrago" y perecían con él, y en la multitud, algún partidario de la facción adversa se regocijaba viendo el éxito de las plegarias que secretamente había dirigido a los dioses infernales, enterrando en alguna tumba, para estar más seguro de alcanzar el favor de las divinidades subterráneas, una lámina de plomo en la que había inscrito las fórmulas mágicas "consagrando" a los infiernos a los cocheros de los otros colores. Ver, Azules y Verdes, Factiones.
 
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