Perro

Este animal estaba consagrado a Mercurio, como el más vigilante y astuto de los dioses. La carne de los perritos se consideraba tan pura que se ofrecía a los dioses en sacrificio y, según dice Plinio, se servía de la misma en los manjares preparados para los dioses. Los perros eran muy honrados en Egipto, pero su veneración disminuyó mucho porque habiendo Cambises matado a Apis y arrojado su cuerpo a un muladar, de todos los animales, sólo el perro se aprovechó de su cadáver. En Roma se guardaba un perro en el templo de Esculapio. Los romanos sacrificaban uno todos los años, en castigo de que los perros no les avisaron con sus ladridos, de la llegada de los galos. Había un país en Etiopía, dice Elio, cuyos habitantes tenían por rey un perro, y tomaban sus halagos y ladridos por señales de su benevolencia o de su cólera. Alrededor del templo consagrado a Vulcano sobre el monte Etna, había perros sagrados, dice también Elio que halagaban con la cola a los que se acercaban con modestia y devoción al templo y al bosque, pero mordian y devoraban a aquellos cuyas manos no eran puras, y arrojaba a los hombres y a las mujeres que iban allí por alguna cita. Un perro con la cabeza vuelta hacia la cadena, era entre los egipcios el símbolo ordinario de la obediencia. Los filósofos cínicos tenían un perro por atributo. Ver, Acteón, Adonis, Anubis, Otoño, Canícula, Cerbero, Diana, Envidia, Erigona, Fidelidad, Desvergüenza, Lelaps, Mercurio, Procris, Teutrante, Tiro, Ulises. Los partos o guebros tenían una especie de veneración por los perros. Uno de los libros de su ley les mandaba ser caritativos con estos animales, y dice que es una acción muy benemérita el dar a un perro un pedazo de pan; y la razón que da es que no hay nadie más pobre que este animal. Tavernier refiere que, cuando un guebro se encontraba en la agonía, se tomaba un perro y se aplicaba su boca sobre la del moribundo, a fin de que recibiera su alma con su último suspiro. El perro servía también para conocer el estado del alma del difunto. "Antes de llevar el cuerpo al lugar de su sepulcro, dice Ovington. se pone en tierra; uno de los amigos pasea la campiña y visita las villas vecinas para buscar un perro. Cuando lo ha encontrado, lo atrae por medio del pan, y lo conduce lo más cerca posible del cadáver. Cuanto más se acerca el perro, tanto más se presume que se acerca el difunto a su felicidad. Si llega a subir sobre él y a arrancarle de la boca un pedazo de pan que al intento se le pone, es un señal seguro de que es verdaderamente feliz. Mas el alejarse el perro es un presagio funesto, y que hace desesperar de la felicidad del muerto".
 
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