Persa

Religión. Heródoto describe detenidamente la religión de los antiguos persas. No tenían, dice, ni estatuas, ni templos, ni altares, porque no creían que el origen de los dioses fuese humano. Se trasladaban a las montañas más altas para tributar los sacrificios a Júpiter cuyo nombre daban a toda la redondez del cielo. Tributaban también en honor del Sol, la Luna, la Tierra, del Fuego, el Agua y los Vientos, que eran los únicos dioses que conocían. De esta relación de Heródoto se deduce que el objeto del culto antiguo de los persas era el universo y todas sus partes. Posteriormente, continúa Heródoto, aprendieron de los asirios y los árabes a sacrificar a Urania y a Venus celestial. Los persas hacen los sacrificios del modo siguiente: no erigen altares, ni encienden fuego, ni usan de libaciones, ni hay tocadores de flauta, ni coronas; pero el que practica el sacrificio conduce a la víctima a un lugar puro y limpio, e invoca el dios a quien quiere tributar el sacrificio, llevando su tiara coronada de mirto. Está expresamente prohibido al sacrificador rogar particularmente por sí, sino que debe hacerlo para el bien de toda la nación. Luego que ha hecho cocer las carnes de la víctima, cortadas en muchos pedazos, la coloca sobre un montón de hierba, que ha preparado al efecto. Enseguida un mago entona la teogonía, que es una especie de canto religioso, y concluidas estas ceremonias el sacrificador se lleva la víctima y hace de ella el uso que quiere Estrabón, que copia a Heródoto, y añade algunas circunstancias. Según él, los persas en sus sacrificios no destinan nada para los dioses, diciendo que Dios no quiere más que el alma de la víctima. Tributan particularmente sacrificios al agua y al fuego, ponen en este último madera seca, sin corteza, bañada de gordura y de aceite y la encienden sin soplar, valiéndose tan sólo del viento de un pequeño abanico; pues el que llegase a soplar, o arrojar cadáveres o cieno en el fuego sería castigado inmediatamente con pena de muerte. El sacrificio del agua se practica del modo siguiente: se trasladan a los bordes de un lago, de un río, o cerca de una fuente, hacen un hoyo y degüellan en él la víctima, procurando no ensangrentar el agua, pues esta circunstancia la haría inmunda. Luego colocan las carnes sobre ramos de mirto y de laurel; los magos dan fuego a estas ramas con pequeños palitos, y se esparcen sus libaciones de aceite mezclado con leche y miel, no sobre el fuego ni el agua, sino sobre la tierra. Hecho esto practican sus encantos teniendo un manojo de vergas en la mano. Ver, Fuego, Mitras, Sol, Costumbres de los persas.
 
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