Oráculo

Un oráculo es la respuesta que una divinidad, establecida en un lugar geográfico determinado, ofrece a la pregunta de un devoto, quien formula sus dudas al dios con el fin de adaptar su conducta futura a su consejo. Séneca le define diciendo que es la voluntad de los dioses, anunciada por la boca de los hombres. Era la más augusta y la más religiosa clase de predicción de la antigüedad. El vivo deseo de conocer el porvenir dio origen a los oráculos. No sólo hacían pronunciar oráculos a todos los dioses, sino que también dieron este privilegio a los héroes. Además de los oráculos de Delfos y de Claros, que rendía Apolo, y los de Dodona y Ammón, en honor de Júpiter, tenía Marte uno en Tracia; Mercurio otro en Patras; Venus en Pafos y en Afeca, Minerva en Micenas, Diana en la Cólquida, Pan en la Arcadia; Esculapio en Epidauro y en Roma; Hércules en Atenas y en Gades, hoy día Cádiz; Serapis en Alejandría; Trofonio en Beocia, etc. Consultaban los oráculos no sólo para las grandes empresas, sino también por asuntos de poco interés, y aun pertenecientes a la vida privada. Un particular quería casarse, emprender un viaje, curar de una enfermedad, salir bien de un negocio, iba a consultar a los dioses que disfrutaban de la reputación de pronosticar lo venidero, porque es de advertir que no todos gozaban de este privilegio. Los oráculos se daban de diferentes modos. Algunas veces era necesario para obtenerlo muchas preparaciones, ayunos, sacrificios, lustraciones, etc.. En otras se usaban menos ceremonias, y sin embargo el consultante recibía la respuesta inmediatamente, como por ejemplo Alejandro cuando fue a visitar a Júpiter Ammón. La ambigüedad era uno de los caracteres más comunes de los oráculos, pues el doble sentido de una palabra no podía dejar de serles favorables, tal fue la respuesta que dieron las sacerdotisas de Delfos a Creso: "Si Creso pasa el Halys destruirá un gran imperio"; pues que si este rey hubiese vencido a Ciro, hubiera destruido el imperio de los persas, y vencido Creso destruía el suyo. De la misma naturaleza es la respuesta que se dio a Pirro, y que va comprendida en este verso latino: "Credo equiden Aeacidas Romanos vincere posse", pues podía significar que los romanos podrían vencer a los eácidas o viceversa, que éstos podrían vencer a los romanos. Así es que cuando la Pitia dijo a Nerón: "Guárdate de los setenta y tres años", este príncipe creyó que los dioses le anunciaban con esto una larga vida, pero quedó muy admirado cuando vio que esta respuesta indicaba a Galba, anciano de 73 años, que le sucedió. Entre las respuestas de los oráculos había algunas muy singulares. Creso quiso sorprender al oráculo de Delfos enviando a pedir a la Pitia qué es lo que hacia él mismo Creso mientras el enviado le consultaba. Ella le contestó que estaba asando una oveja con una tortuga, y en efecto era cierto: lo que dio aumento a la credibilidad y a los regalos. Algunas veces no consistían más que en simples chanzas, y una prueba de ello es la que el oráculo hizo a un hombre que fue a consultarle por qué medio podía ser rico. El dios le contestó que no le faltaba más que poseer todo lo que se encontraba entre las ciudades de Cicione y de Corinto. Otro tanto puede decirse de otra respuesta hecha a un gotoso, que para curarse no tenía más que hacer que beber agua fresca. Los oráculos degeneraron desde que dejaron de darse en verso. "Los versos proféticos, dice Plutarco, se desacreditaron por el abuso que hacían de ellos los charlatanes a quienes consultaba el pueblo en las encrucijadas, pero lo que más contribuyó al descrédito de los oráculos, fue la sumisión de los griegos, bajo la dominación de los romanos, la cual calmando todas las divisiones de Grecia ya no dieron más materia a los oráculos. El desprecio que los romanos tenían a esta especie de predicciones fue otra de las causas principales. Este pueblo no se atenía más que a sus libros sibilinos y a sus adivinaciones etruscas, y no es de admirar que siendo los oráculos una invención griega, hubiesen seguido el destino de Grecia". En Egipto existían dioses oraculares, sobre todo Amón, que era consultado por los faraones del Imperio Nuevo a través del clero de Tebas. Heródoto narra que también eran consultados el toro Bukhis y la diosa Uto-Wadjet, para resolver muchas cuestiones planteadas en la vida privada y, sobre todo, ciertas dificultades judiciales. A veces consultaban al dios durante la procesión: si avanzaba, es que aprobaba, y si retrocedía, negaba. Otras veces se sorteaban unas respuestas ya hechas. Los asirios planteaban preguntas al dios sol Shamash para que diera respuestas contundentes (sí o no) mediante la observación del hígado de una oveja sacrificada para tal fin. Se trataba de preguntas cuidadosamente formuladas, que a veces tenían una importancia política considerable, como el nombramiento de un sucesor al trono, el inicio de un ataque, la posibilidad de una sublevación, o el nombramiento de funcionarios de baja categoría. Estaban relacionados también con la seguridad del propio monarca o del príncipe heredero. Ver, Oráculo de Dodona.
 
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