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Caballero romano que no habiendo podido seducir una matrona distinguida, llamada Paulina, logró sus designios por medio de los sacerdotes de Isis, quienes persuadieron a Paulina que su dios, Anubis, se había enamorado de ella. Esta escandalosa aventura hizo mucho ruido y dio lugar a que se revisasen las antiguas ordenanzas contra las ceremonias egipcias, prohibiéndose en Roma su práctica. Los sacerdotes aquellos fueron puestos en cruz, el templo de Isis destruido y arrojada al Tíber la estatua del dios.

