Órgano hidráulico

Su inventor fue probablemente Ctesibio. Se conoce modernamente gracias a un hallazgo hecho en Aquincum (Buda, Hungría) y por numerosas representaciones figurativas cuyos ejemplos más bellos y famosos son la terracota de Cartago y el mosaico de Nenning, cerca de Tréveris, el hydraulus romano ha sido además descrito por Vitruvio, que intentó "dentro de lo posible, exponer con claridad (...) un tema oscuro". El modo de funcionamiento de los órganos hidráulicos no resulta ni sencillo "ni habitual y fácilmente inteligible, salvo para quienes tienen alguna práctica en esa clase de cosas", dice el autor. Su principio general era, sin embargo, bastante claro. Colocados a derecha e izquierda de una caja de bronce llena de agua, dos pistones, que se manejaban alternativamente para lograr un flujo continuo, hacían penetrar aire en un depósito en forma de embudo al revés, totalmente sumergido en la cuba y sin comunicación con ella salvo por la parte baja. El aire, introducido por los lados en ese depósito llamado pnigeus, sólo podía salir por arriba atravesando 4, 6 u 8 tubos dispuestos verticalmente y que un juego de teclas permitía abrir y cerrar a discrección, produciendo entonces "sonidos que se emiten según las leyes de la música y con gran variedad de timbres". El órgano hidráulico no era, pues, más que un órgano neumático donde el agua sólo servía para regular la presión: conforme al principio de Arquímedes, subía a la cuba cuando ésta se llenaba de aire y volvía a ella al escaparse el aire por los tubos; así permanecía siempre constante la presión necesaria para emitir los sonidos. El hydraulus obtuvo rápidamente un prodigioso éxito. Introducido desde el año 90 a.C. en los juegos musicales de Delfos, llegó muy pronto y en todas partes a ser imprescindible para animar tanto los actos públicos como las fiestas privadas. En el mundo romano, el entusiasmo por este instrumento era general: el órgano acompañaba cortejos nupciales, desfiles de tropas, representaciones teatrales y hasta la muerte de gladiadores. Los ricos pugnaban por adquirir los últimos modelos y los pobres acudían en tropel a oír su música. Pocos días antes de su caída, Nerón se complacía en mostrar "órganos hidráulicos de un modelo enteramente nuevo", describiéndolos en "todos sus detalles" y explicando "el mecanismo de cada uno y la dificultad que tenía en tocarlo". El intratable Tertuliano pierde, al contemplarlo, su aspereza de polemista: "Tantas piezas, tantas partes, tantos caminos para las voces, tantas síntesis para los sonidos, tantos cambios de tono, tantas hileras de tubos con lengueta, ¡y todo ello en un solo cuerpo!". En Aquincum, todavía en el siglo IV, Aelia Sabina daba en público conciertos que podía ensayar en familia, ya que su marido era "organista asalariado de la segunda legión Adiutrix". Lo que en aquel entonces se admiraba, tanto como la destreza del artista y la brillantez de los sonidos, era lo complejo de los mecanismos y la perfección de su funcionamiento. Algo excepcional en una civilización que las más de las veces sólo asignaba al arte el cometido de embellecer las obras maestras de la técnica, el órgano, costoso intrumento de placer y lujo, invertía los papeles poniendo la habilidad práctica al servicio de la belleza.
 
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