Primera Tetrarquía

La "diarquía" imperial de Diocleciano fue incapaz de contener los ataques persas en Asia, acabar con las embestidas de francos y germanos en Occidente y terminar con las usurpaciones en Britannia. Las aunadas energías de los dos emperadores eran insuficientes si se deseaba prestar la atención debida a estos problemas, despachar los asuntos rutinarios de gobierno y al mismo tiempo, emprender las reformas imprescindibles acabar con los males internos que socavaban la sociedad y la economía imperiales. Por estas razones, se decidió transformar la "diarquía" en "tetrarquía". El 1 de marzo del 293, Maximiano, en Milán, y Diocleciano, en Nicomedia, nombraron como Césares suyos a Constancio y a Galerio. Cada César recibió el imperium, la potestad tribunicia y la diadema que les capacitaba para el ejercicio de un poder que quedaba subordinado al de su correspondiente Augusto. La estrecha relación política de los Césares y Augustos se reforzó con la asunción por aquellos del título respectivo de "Herculino" y "Joviano", con la idea de que se convirtiesen en hijos espirituales de sus respectivos Augustos. Estas conexiones político-espirituales se reforzaron con uniones matrimoniales. Mientras que Galerio, repudiando a su esposa, se casaba con Valeria, la hija de Diocleciano, Constancio Cloro, que ya estaba separado de Elena, madre del futuro emperador Constantino, se desposaba con Teodora, la hijastra de Maximiano. Los tetrarcas no sólo formaban un grupo político que compartía el poder, sino también una gran familia. No podía haber coparticipación en el poder sin la redistribución entre ellos de los territorios en los que poder ejercerlo. Lactancio y Aurelio Víctor señalan que Diocleciano conservó el gobierno de Oriente, Egipto y Asia; su César Galerio, administró Grecia y las provincias danubianas; Maximiano se quedó con Occidente, mientras su César, Constancio Cloro, gobernaba la Galia y Britannia. Para Lactancio, Hispania quedó bajo la jurisdicción de Maximiano; según Aurelio Victor, en la de Constancio Cloro. Pero, aunque la tetrarquía representaba una coparticipación operativa en el poder, no supuso, en modo alguno, un desmembramiento del Imperio. La auctoritas de Diocleciano, el Augusto senior aceptada por todos, daba unidad y cohesión a la tetrarquía por su capacidad de intervención en los territorios de los demás. Muy pronto se notaron las bondades de esta coparticipación: Constancio derrotó a Alecto, asesino y sucesor de Carausio, acabando definitivamente con la secesión de Britannia (296); Maximiano derrotó a varios grupos bereberes (298); en Egipto se acabó, en el 297, con la usurpación de Lucio Domicio Domiciano (297), y Galerio, tras la derrota de los persas, concluyó una paz con el rey Narsés (298), incorporando nuevos territorios al Imperio. El sistema tetrárquico había funcionado bien y lo hizo de forma irreprochable en el período de paz (299-303) que siguió a esa etapa de guerras. Quedaba por comprobar si el mecanismo de sucesión ideado lograba una transmisión pacífica del poder, que alejara definitivamente el fantasma de los problemas sucesorios sufridos a lo largo del siglo III. Después de veinte años de estar al frente del gobierno, había sonado la hora de renunciar voluntariamente al poder. Con arreglo a lo convenido, los dos Augustos debían de renunciar al mismo tiempo. El 1 de mayo del 305, Maximiano, en Milán, y Diocleciano, en Nicomedia, renunciaron formalmente al poder. En esa misma fecha, Galerio y Constancio Cloro fueron proclamados Augustos, nombrando Césares a Maximino Daya y a Severo.
 
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