Segunda guerra macedónica
La política expansionista de Filipo V, monarca que, en la segunda guerra púnica, se había enfrentado a los romanos en Iliria, y en cuya corte había encontrado refugio Aníbal, amenazaba con poner en entredicho el tradicional equilibrio del mundo helenístico, razón por la que el gobierno romano reaccionó con una intervención armada para restablecerlo. Un ejército romano, al mando del cónsul Sulpicio Galba, desembarcó en Iliria (199 a.C.) e inició operaciones contra Filipo que, en un principio logró mantener bloqueados los pasos que daban acceso a Macedonia, mientras rechazaba tanto los ataques de grupos armados bárbaros, procedentes del norte, instigados por Roma, como la invasión de Tesalia, decidida unilateralmente por la liga etolia. Pero en el 198, con el nombramiento del nuevo cónsul, Tito Quincio Flaminino, como comandante en jefe de las fuerzas romanas, el curso de la guerra dio un brusco giro. Flaminino, tan buen estratega como excelente diplomático, atrajo a la alianza romana no sólo a la liga etolia sino a la confederación aquea y al propio rey de Esparta, Nabis, dejando así aislado a Filipo, que intentó la negociación sobre la base del statu quo. La contrapropuesta del cónsul, con sus duras condiciones, obligó al rey macedonio a aceptar el encuentro armado, que se produjo en la línea de colinas de Cinoscéfalos, en territorio de Tesalia (197). La victoria romana marcaría el final de Macedonia como potencia griega: en la paz de Tempe, Filipo fue obligado a evacuar todas las posesiones griegas de Asia y Europa, reducir drásticamente su capacidad militar y pagar una fuerte indemnización de guerra. Ver, Filipo V.

