Castro

La presencia de poblados fortificados en la Edad del Hierro, con sus hábitats circulares, su cerámica, su utillaje, orfebrería y sus modelos sociales y económicos, es determinante para forjar la personalidad que caracteriza a la denominada "cultura castreña", que abarca un territorio que se extiende entre el norte del río Duero, Galicia, Asturias y una parte de León y Zamora. Los castros reciben su nombre de los romanos, que clasificaron los núcleos de población hispana en tres categorías: la torre, la ciudad y el propio castro. Éstos son centros amurallados que aprovechan los recursos naturales. Así, cuando se sitúan en zonas costeras, lo hacen en promontorios o cabos, asegurándose su inaccesibilidad, limitando sus defensas a la zona de fácil penetración por tierra. Otros aprovechan los cursos fluviales, como si de fosos naturales se tratara. En otras ocasiones, cuando la falta de defensas naturales se hace patente, se utilizaban fosos, terraplenes, parapetos artificiales y piedras hincadas. La vivienda castreña posee distintos elementos, como los hogares de diferentes tamaños y los bancos corridos, que confirman lo citado por fuentes literarias, en las que se describe cómo sus ocupantes se pasaban los alimentos por orden de edad, de mayor a menor. En ocasiones, la puerta de entrada presentaba motivos ornamentales geométricos, similares a los que se encuentran en la orfebrería castreña. La techumbre estaría formada por paja y ramas entrelazadas, dando forma cónica al tejado, sostenido por un poste central de madera. El hallazgo de otras cabañas de inferior diámetro, y no muy lejanas a estas viviendas, hace suponer que se destinaban a almacén de alimentos. Los datos que se poseen al respecto son similares a las típicas pallozas del Cebrero, en Lugo, y que en la actualidad todavía son utilizadas tanto por personas como por animales domésticos. Con la llegada del Imperio Romano, el urbanismo castreño se iría modificando. La influencia romana se materializaría en el levantamiento de estructuras cuadrangulares y rectangulares, con divisiones interiores, que se presentaban cubiertas a base de tegulae, y con pavimentos de cantos rodados compactados con arcilla. Así mismo, aparecieron calles y plazas enlosadas, e incluso calzadas que servían de unión con otros poblados. No podemos dejar de destacar tampoco otro elemento fundamental en la evolución de los castros: la aparición de las canalizaciones y los depósitos de agua. Por otra parte, cabe mencionar un tipo de arquitectura que se conoce como ritual, y que está formada por los llamados "monumentos con horno", cuyas características son comunes en los distintos yacimientos. Suelen constar de dos cámaras, con un agujero circular en su parte inferior. Estas piedras son conocidas en Galicia como "Pedras fermosas", debido a la belleza de los motivos ornamentales que en ciertos casos las acompañan. Existen distintas opiniones sobre la utilidad de dichas construcciones. Para algunos, se trataría de hornos crematorios, o bien de hornos metalúrgicos. En cambio, para otros, se trataría simplemente de baños, a imitación de las termas romanas. La cultura castreña fue una cultura milenaria que distaba mucho de la imagen de salvaje y primitiva que nos han transmitido los cronistas y geógrafos al servicio del Imperio Romano. Por el contrario, aquellas gentes vivieron al socaire de los días, en comunión con la naturaleza, aprovechando todo cuanto ella les ofrecía. Pastores y agricultores, transformaban el bronce y el hierro con la metalurgia y sabían cómo explotar las minas; poseían el gusto por el arte para embellecer su cotidianidad con adornos personales, y poseían también creencias trascendentes. Este legado milenario, esta cultura autóctona, supo sobrevivir hasta nuestros días y su herencia puede contemplarse bajo la forma de círculos concéntricos, estrellas, radios arqueados, soles radiantes, etc., que aparecen en arcones, hórreos y paneras que pertenecen a nuestra artesanía regional. Ver, Castrum, Pedra formosa, Fora, Castra.
 
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