Termas

o Caldas. Los edificios termales se encuentran entre las construcciones más significativas de la cultura romana, convirtiéndose en una de las edificaciones más habituales del paisaje urbano de cualquier núcleo poblacional romano. Al igual que los anfiteatros, no fueron introducidas en Roma antes del final de la República. Como los anfiteatros, hicieron su aparición en la Campania, y las encontramos en Pompeya desde los tiempos de Sila, y con seguridad todavía antes. Derivan de la palestra griega. Primitivamente no eran otra cosa que unas cabinas estrechas y oscuras utilizadas para las abluciones después de los ejercicios de los adolescentes y de los hombres en la arena de la palestra. Y las más antiguas termas de Pompeya las termas llamadas "de Stabies", conservan muchos caracteres de este origen; se ve en ellas, en efecto, como perteneciente a la primera fase del edificio, un extenso patio rodeado de columnas destinado al entrenamiento físico de la juventud. Las instalaciones balnearias no son aún más que un anexo muy secundario. No están alimentadas más que por el agua sacada de sus proximidades. Pero, poco a poco, se iban introduciendo modificaciones y mejoras a su primitivo plan. En efecto, las termas sirvieron cada vez menos para el descanso y aseo de los atletas; tuvieron cada vez más como clientes a los ociosos de la ciudad, que acudían a buscar en ellas una ocupación para los atardeceres. Como en Pompeya, pero con un retraso de cerca de un siglo, los primeros baños públicos de Roma fueron destinados a acoger a la juventud dedicada a ejercitarse en la carrera, la lucha o las armas. Estas primeras termas, antecesoras de las grandes termas imperiales, llevaban entonces el nombre griego de iaconicum. Agripa las abrió a la juventud tomando a su cargo los gastos de funcionamiento y entretenimiento, como lo hacían en las ciudades helenísticas los mecenas reales, cuya generosidad se encargaba, para siempre o para un tiempo determinado, del aceite necesario para los efebos de un gimnasio. Hasta entonces los baños existentes eran establecimientos privados cuya entrada se pagaba. Estos baños privados subsistieron a pesar de la competencia que les hicieron los establecimientos imperiales, cuyo uso era gratuito. La oferta de termas abiertas al público era muy amplia en todas las ciudades, asegurándose así el acceso de los ciudadanos a la diaria costumbre del baño social, oferta completada con los balnea de ámbito doméstico. Es sobradamente conocido que la costumbre del baño diario fue una de las prácticas que, aunque originada en el mundo griego, fue enriquecida y plenamente desarrollada a partir del siglo II a.C. en suelo itálico con la completa asociación del ejercicio físico y el uso del baño. Desde aquí terminará por imponerse a todos los países conquistados por Roma, constituyendo los establecimientos balnearios, bien sean adscritos al grupo de Thermae o al de Balnea, uno de los restos arquitectónicos más habituales y numerosos documentados en el territorio ocupado por el Imperio romano, y contabilizándose por miles las termas hasta el momento catalogadas y asociadas, tanto al ámbito público, como al privado. Así, del mismo modo que las Basílicas, el Comicio, la Curia, los Templos, los Teatros u otros edilicios, las instalaciones balnearias de carácter público se convirtieron en un elemento esencial y característico de la vida ciudadana de época romana que, exportados a las nuevas ciudades y demás núcleos poblacionales creados por Roma, por pequeños que éstos fueran, asumirían un papel determinante en la arquitectura romana, caracterizada principalmente por la grandiosidad que llegaron a alcanzar sus espacios, y convirtiendo la construcción de los edificios termales en un claro manifiesto de la voluntad política del momento. La utilización de las instalaciones termales como elemento de propaganda política se plasmó de manera clara a raíz de la construcción de las primeras termas públicas gratuitas de Roma, inauguradas por Agripa en el año 25 a.C., tendencia ésta desarrollada en mayor grado con Nerón y los emperadores Flavios (Termas de Tito, Termas de Trajano, etc..) y llevada a su máxima expresión en las Termas de Caracalla y Diocleciano, de Roma, las mayores construidas nunca en el Imperio y que llegaron a alcanzar 110.530 m2 y 140.600 m2, con capacidad para 1.600 y 3.000 espectadores, respectivamente. Tenemos un amplio conocimiento de cada uno de los aspectos que formaron parte de los grandes complejos termales públicos a los que diariamente podían acudir todos los habitantes de cualquier ciudad, ya fueran hombres, mujeres, niños, patricios, plebeyos, libertos o esclavos. A los baños se asistía al atardecer o entre las primeras horas de la tarde, tras un almuerzo ligero que incluso se podía tomar en las mismas instalaciones de las termas, ya que algunas incluían pequeñas cauponas o tabernas (uno de los ejemplos más claro nos lo ofrece las termas del lnvidioso de Ostia Antica). El poeta bilbilitano Marcial, por ejemplo, menciona al respecto que la octava hora del día (las dos de la tarde) era el mejor momento para acudir a los baños, aunque dada la gran cantidad de actividades que él mismo debía realizar, frecuentaba las termas a la décima hora, esto es, a las cuatro de la tarde. No obstante, la abundancia de hallazgos de lucernas en el interior de los edificios termales, principalmente de ámbito privado, colocadas en pequeñas repisas u hornacinas en los muros de sus salas, indica que tras el atardecer las termas también eran frecuentadas. Los horarios de apertura y clausura, así como los turnos de utilización, venían precedidos por el sonido de un tintinnabulum o campana, que indicaba a los bañistas el momento de entrar o salir del edificio. En estas grandes instalaciones se desarrollaba una de las ocupaciones más relevantes de la jornada diaria: el baño social, actividad fundamental y necesaria en la vida ciudadana, hábito que sufrirá una demanda creciente a partir de época imperial, como ratifica la proliferación de Balnea y Thermae por todas las ciudades del Imperio. Este hecho se evidencia de manera rotunda al comparar los 170 edificios termales abiertos al público en Roma en el año 33 a.C. (según el Censo de Agripa), con los 867 baños públicos que poseía esta misma ciudad a mediados del siglo IV, según nos informa la Notitia Urbis Regionum. No hay que olvidar que estas grandiosas instalaciones, no sólo tenían una finalidad higiénica y terapéutica basada en la sucesión de ambientes y baños fríos y calientes, sino que sus amplios espacios albergaban, además de las salas netamente termales: el caldarium (cella caldaria) de baño caliente, el frigidarium (celIa frigidaria) de baño frío o las tepidaria (salas templadas acondicionadas, en ocasiones, para el baño tibio). El sudatorium, donde se daba el baño de vapor (sidatio o Iaconium). Había otras salas como el vestuario (spolarium o apodyteria), la unctoria (sala de unciones y masajes), etc., el lugar para quitarse los ungüentos y el aceite (destrictorium), el almacén (elaitothesium). Un lugar importante era la sala que albergaba la piscina de mayor tamaño que podía tener distintas características: se denominaba alveus o descensio si tenía asientos. También se llamaba natatio si era lo suficientemente amplia para poder nadar. Había otros espacios como los heliocamina (ambientes dedicados a los baños de sol), latrinae, palestra, auditoria, restaurantes, bibliotecas, jardines,... espacios en los que además de "bañarse" el usuario paseaba, conversaba, conspiraba, negociaba, etc.. Se trataba, por tanto y fundamentalmente, de uno de los principales espacios de reunión y encuentro social que, según reza una inscripción: balnea vina venus corrumpunt corpora nostra sed vitam faciunt, constituían uno de los principales placeres de la vida y en los que, además, se daban cita las últimas novedades de la ciencia balnearia que, por razones de espacio y economía, no podían incorporar la pequeña minoría de ciudadanos que gozaban de modestos balnea domésticos instalados en sus residencias urbanas. Si sumergirse en los baños calientes y fríos o en las piscinas de vapor era un placer irresistible, el público encontraba aún más estímulos en otras actividades recreativas, tanto físicas como intelectuales. Por ejemplo, en un pequeño estadio y en un gimnasio, los romanos podían tonificar los músculos, mientras que en las bibliotecas, salas de conversación (en teatros y en auditorios musicales o literarios) se dedicaban a la lectura, a deleitarse con la música, a discutir y, en general, se entregaban a la práctica de actividades exclusivamente culturales y de entretenimiento. Al igual que en los modemos centros polivalentes, en el interior de las termas también había restaurantes y comercios que prestaban servicios de primera calidad. En la época imperial, las termas también se convirtieron en los museos de la Urbe; muchísimas de las grandes obras llegadas a nuestros días, se conservaban en edificios termales. A título de ejemplo, cabe citar el Laocoonte de Agesandro, Atenodoro y Polidoro de Rodas y el Plutón con Cerbero se hallaron en las termas de Trajano; el Toro Farnesio y el Hércules Farnesio en las termas de Caracalla; las columnas de Cástor y Pólux en las de Constantino. La proliferación y consolidación de los baños de uso público y de la costumbre de bañarse en sociedad limitó, sin duda, a partir de época imperial, el número de baños domésticos urbanos existentes, restricción acrecentada por los problemas derivados de la propia congestión del espacio y el aumento en la especulación del suelo. La diversidad de instalaciones termales, abiertas al público de todo tipo y condición, de las que podían disfrutar, principalmente a partir de época imperial, los habitantes de cualquier ciudad de tipo medio, como fueron Pompeya u Ostia Antica, nos ayuda a comprender el por qué del restringido número de baños domésticos existentes en estas urbes, circunstancia que contrasta radicalmente con la situación atestiguada en las residencias rurales (villae), para las que los balnea eran instalaciones indispensables. Un estudio cronológico del desarrollo de los balnea domésticos en la península Tirrénica nos permite establecer varias etapas en la formación y configuración de estas instalaciones privadas, que tienen como eje la propia invención del sistema de calefacción artificial denominado hypocaustum. En un estadio primitivo, que podemos definir como el germen de los futuros balnea domésticos, nos encontramos ante pequeñas instalaciones de carácter exclusivamente higiénico, para las que las fuentes clásicas, como Varrón, emplean los términos de lavacrum / lavatrina / lavatio, destinadas a la realización de las más simples abluciones cotidianas de lavado de brazos y piernas, llevadas a cabo en una simple pila rellenada a mano y ubicada frecuentemente en la propia cocina (por la disponibilidad de agua) o en lugares más aislados de las residencias. Este tipo de instalación, que ya había en Grecia y Sicilia desde al menos el siglo III a.C., ha sido bien documentada; por ejemplo, en las residencias más antiguas de Cosa, del siglo II a.C., donde la lavatio y la culinae ocupan el mismo espacio físico, al fondo de la casa, como garantía de la privacidad que parece presidir el desarrollo del baño durante los últimos siglos de la República, privacidad que evidencia el pudor de Catón ante el hecho de bañarse en presencia de sus propios hijos. Las lavatrinae se mantuvieron vigentes incluso aún después de la invención del sistema de hypocaustum, como muestra su presencia en la Casa de Criptopórtico de Pompeya que, al mismo tiempo, cuenta con uno de los ejemplos más desarrollados de balneum doméstico urbano. Dentro de este estado inicial de desarrollo del balneum se encuentra la construcción de unas instalaciones con finalidad eminentemente terapéutica, basada en la toma de baños de sudor. Estas instalaciones, que reciben el nombre de sudatoria o calidaria, podían carecer, o no, de un recinto especial para el baño, pero gozaban ya de calefacción mediante braseros o estufas móviles que calentaban el ambiente y provocaban la sudoración. Estas salas se ubicaban, al igual que ocurría con las lavatio, junto a la cocina de la casa, para aprovechar también el calor originado en el horno de la misma. En la domus del Esqueleto (Cosa), de inicios del siglo l a.C., se conoce bien esta instalación, que ocupa ya un espacio arquitectónicamente separado de la cocina, aunque se mantiene muy próximo a ella. En tercer lugar. dentro de esta primera fase de desarrollo del balneum doméstico y en el mismo ámbito cronológico (ss. II-I a.C.), nos encontramos ante pequeñas instalaciones que reunían las dos actividades anteriores, es decir, la del lavacrum y la de la sudoración, en salas separadas destinadas cada una para un fin concreto y que constituyen ya el inicio de un primitivo circuito balneario formado, al menos, por dos habitaciones de función especializada, en las que a la finalidad higiénica se unía la función terapéutica. Se trata de pequeños complejos situados en zonas privadas de las domus, dependientes, desde el punto de vista espacial, de la localización de las cocinas, de donde aprovechaban el calor del hogar ante la inexistencia de praefurnia propios. Los ejemplos mejor conocidos de estos primeros complejos termales pertenecen al ámbito rural, de donde destacamos el pequeño balneum de la Villa Prato (Sperlonga), construido a mediados del siglo II a.C. y de apenas 17 m2. La invención del hypocaustum constituyó el eje en el desarrollo de la evolución de los edificios termales que, a partir de este momento (siglo I a.C.) y paulatinamente, dejaron de lado las salas para las abluciones elementales, o el baño de sudor, para ser sustituidos por una sucesión de operaciones (baño frío, aclimatación a una temperatura más elevada, baño de sudor y baño por inmersión en agua caliente) desarrolladas ya en una serie de salas creadas para tal fin (frigidarium, tepidarium, sudatio y caldarium) e intercomunicadas entre sí. Estas estancias formaron ya el verdadero circuito balneario, diversificado y perfeccionado por las posibilidades de regulación de calor que ofrecía, tanto la calefacción de los pavimentos, como la de los paramentos de las salas y la instalación de vidrio plano en las ventanas de estos complejos que, ampliamente iluminados, permitían olvidar la oscuridad que presidía los edificios más antiguos, "balneolum angustum tenebricosum ex consuedudine antiqua), tal y como describe Séneca para el baño de la villa que Escipión poseía en Literno. Estas habitaciones configuraban la "terma privada doméstica", que sufrirá aún varias transformaciones hasta su plena independencia de la cocina y su conversión en auténticos espacios de propaganda de la importancia y posición social del dueño de la residencia. Esta circunstancia es de especial importancia, porque no sólo constituye el punto final en el desarrollo del baño privado, sino que inauguró, a partir de entonces (primera mitad del siglo I), un camino hasta aquel momento sólo apuntado, al convertirse el balneum doméstico en una de las principales zonas de representación y expresión del prestigio a través de la arquitectura y de la decoración domésticas, cuya temática vamos a ver cómo se adecuaba a la propia finalidad balnearia, con la representación de escenas de palestra, de mujeres en la fuente o escenas marinas, entre otras que, eminentemente colocadas en los recintos de agua (piscinas y alvei) debían provocar el efecto de sumergirse en el propio mar. El balneum dejará de ser ya parte privada de la casa, como aparece todavía descrito por Vitrubio, donde aún está entre las salas a las que sólo tienen acceso los inquilinos y sus invitados, para convertirse paulatinamente, junto con los peristila y los atria, en una zona pública de la domus. Algunas décadas más tarde Petronio describe cómo Trimalción ofrece a sus invitados pasar al balneum de su casa, situado ya junto a las fauces de entrada a la residencia, tras haber disfrutado de una copiosa cena. Esta tendencia de creciente importancia del baño doméstico, tanto en el aspecto arquitectónico como en el decorativo, podemos constatarla en dos de las más importantes casas pompeyanas: la Casa del Menandro y la Casa del Criptopórtico, llegando a su máxima expresión en el singular baño de la Casa de Cantaber, en la ciudad de Conimbriga, construido en el siglo III y ampliado en el IV, instalaciones termales que llegan a ocupar más de un tercio de la superficie total de la residencia. Sin embargo, fue en el ambiente rural donde la importancia y grandiosidad de estas instalaciones balnearias alcanzarán su máximo desarrollo. Las villae, construcciones que ofrecían una gran disponibilidad de espacio al margen de la especulación del suelo urbano, fueron dotadas, desde época republicana, de recintos termales de relevancia, que irán adquiriendo cada vez más peso en el conjunto de la arquitectura de estos establecimientos, como se pone de manifiesto en la villa de Settefinestre. Los balnea de las villae terminaron por convertirse en grandes pabellones termales, aislados o integrados en el edificio principal, caracterizados por sus grandes dimensiones (superando incluso los 1.000 m2), por su complejidad arquitectónica (con complicadas plantas que ofrecían al bañista multitud de posibilidades en su recorrido balneario), y por su profusa riqueza ornamental, evidenciada, por ejemplo, en la utilización de oro para los techos del establecimiento termal de Pontius Leontius de manera que, según Sidonio Apolinar, la opulenta fortuna de su casa desvelaba sus riquezas de la misma manera que lo hacían sus techumbres. Todas estas circunstancias confluyen en el gran balneum de la villa de Piazza Armerina, en Sicilia, en cuya planta (50 x 30 m.) se optó por la sucesión básica de las salas termales (en este caso con 23 espacios independientes) siguiendo una disposición simétrica, más habitual de los grandes conjuntos públicos, y en la que destaca un gran frigidarium octogonal constituido por nueve zonas diferenciadas. De este modo el balneum sustituía, con su grandiosidad, a las numerosas instalaciones termales abiertas al público y distribuidas por el entramado urbano de cualquier ciudad, convirtiéndose, ante la imposibilidad de acceder a estos edificios ciudadanos, en un privilegiado lugar de reunión y exhibición que el anfitrión podía poner a disposición de su clientela e invitados. Una vez más la villa siciliana de Piazza Armerina nos sirve para ilustrar este aspecto, puesto que al balneum se podía acceder, bien desde las dependencias privadas de la casa, bien desde una zona pública y oficial, como era el pórtico occidental. Esta profunda transformación de la arquitectura privada, en la que el balneum adquirió un papel protagonista como representación del poder del dominus, alcanzó su máxima expresión en las grandiosas instalaciones termales de las denominadas villae imperiales, cuyo máximo exponente son los cuatro conjuntos balnearios que formaron parte de la Villa Adrianea de Tívoli. Ver, Hypocaustum, Villa de Adriano. )o()o( Thermae y balnea en una ciudad media )o( Como para otras tantas reconstrucciones de la vida cotidiana romana, las ciudades de Pompeya y Ostia Antica constituyen un fósil director privilegiado para ejemplificar cuál era la densidad, distribución, condiciones y características de los numerosos edificios termales repartidos por el entramado urbano de una localidad mediana. En este caso, y a tenor del espacio actualmente conocido de estas dos urbes, el conjunto de thermae y balnea documentados permiten afirmar que ningún punto de la ciudad se encontraba a más de cinco minutos de recorrido de un establecimiento balneario donde ejercitar el cotidiano baño social. Bajo el epígrafe de thermae y balnea se esconde una realidad muy diversa en la que hay cabida para las termas públicas (hasta 5 edificios en Pompeya: Termas Stabianas, Termas Centrales, Termas del Foro, Termas Suburbanas y Termas de la Vía del Teatro, y 8 en Ostia: Termas Marcianas, Termas de Neptuno, Termas del Nadador, Termas del Foro, Termas de la Basílica Cristriana, Termas de los Mensores, Termas de la Porta Marina y Termas de Perseo); los balnea privados asociados a barrios residenciales (bien documentados en Ostia: Termas del Mitra, Termas del Invidioso, Termas Bizantinas, Termas de los Siete Sabios y Termas de las Seis Columnas y, en menor medida, en Pompeya: Termas del Sarno); balnea de propiedad privada abiertos al público, como las termas de la casa pompeyana de Iulia Felix, edificadas tras el terremoto del año 62 en una zona urbana que carecía de este tipo de instalaciones, y para lo cual se transformó buena parte de la superficie de la mansión de su propietaria, introduciéndose en su construcción todas las novedades técnicas y estéticas del momento. También había balnea vinculados con sedes corporativas profesionales o religiosas (collegia), como las Termas de los Carreteros de Ostia, ubicadas junto a una de las principales puertas de acceso a la ciudad, o las Termas de la Casa de los Dioscuros, relacionadas con una asociación de carácter lúdico, por citar sólo alguno de los ejemplos conocidos en esta ciudad. Esta gran oferta de instalaciones termales, abiertas de un modo u otro a la totalidad de habitantes de estas ciudades, hacía en cierta medida innecesaria la construcción de balnea domésticos, de los que en Pompeya se conocen hasta veinte edificaciones, entre las que destacan los balnea de la Casa del Menandro y de la Casa del Criptopórtico. En Ostia Antica, tan sólo el caso de la primera fase de las Termas Bizantinas parecen responder a este grupo de balnea domésticos privados, pronto transformados en los baños de toda una ínsula de vecinos.
 
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