Abraham

o Ibrahim. Primero de la serie de patriarcas de Israel. Nació en Ur, Caldea, en el bajo Éufrates. En compañía de su padre Téraj o Tharé o Terah, descendiente de Sem, y su sobrino Lot abandonó Ur durante el turbulento período que siguió al desmoronamiento del imperio (semita) de Babilonia y viajó hacia el noroeste en dirección a Jarán, un territorio que se encontraba entre el Tigris y el Éufrates, cerca de la actual frontera sirio-turca. Allí fue donde Téraj y sus seguidores se establecieron, y donde el propio Téraj moriría. Tras la muerte de su padre, Abraham recibió el mandato divino de proseguir su viaje. Marchó hacia el sur, cruzando la tierra de Siquem, entre Betel y Ay, hasta llegar a Hebrón, para internarse luego en el Négueb. A esas alturas, tanto Abraham como Lot habían acumulado grandes vacadas y rebaños. Aunque en términos comparativos podían considerarse ricos, se trataba de un tipo de riqueza bastante precaria. Para mantener sus animales en buenas condiciones, los patriarcas necesitaban disponer de grandes extensiones de tierra y siempre estaban a merced de los elementos. Una hambruna podía privarles de toda su riqueza a una velocidad pasmosa, y fue precisamente una hambruna (igual que le ocurriría más adelante a su nieto Jacob) lo que condujo a Abraham hasta Egipto, donde permanecería durante un cierto tiempo. En Egipto hizo pasar a su esposa Sara por una hermana, ante el temor de que el faraón, atraído por la belleza de Sara, le matara para arrebatársela. De hecho, el faraón quedó tan fascinado con Sara que se la llevó a palacio y colmó a Abraham de regalos. Pero, entonces, Dios hizo que cayeran sobre el faraón y su corte una serie de enfermedades, hasta que, finalmente, el faraón descubrió el engaño de Abraham, le devolvió su mujer y le mandó que abandonara sus tierras. De regreso a Betel, Abraham le dijo a Lot que, dada la gran cantidad de riquezas que habían acumulado entre ambos, aquella tierra no bastaría para los dos, por lo que las disputas y las desavenencias se harían inevitables. Le propuso que se separaran y dejó que Lot eligiera primero hacia dónde dirigirse. Lot escogió el fértil valle del Jordán y se estableció en Sodoma. Por su parte, Abraham, que había recibido de Dios la promesa de que le daría a él y a sus descendientes todas las tierras que consiguiera abarcar con su vista, se estableció en Hebrón. Allí llegó a convertirse en una pequeña potencia, tomó parte en las contiendas que enfrentaban a los reyes del este con los del oeste (los reinos del entorno del Éufrates contra los del entorno del Mar Muerto), y sentó las bases del futuro poderío militar de su pueblo. Asimismo, fundó una dinastía. Aunque una esclava le había dado un hijo, Eliezer, Abraham seguía sin tener descendencia legítima. Sin embargo, Dios le había comunicado en un sueño que dentro de 400 años sus descendientes dominarían sobre todas las tierras que se extendían entre Egipto y el Éufrates. Sara, que aún no había tenido hijos, le entregó a su sierva egipcia Agar como concubina y ésta dio a luz a Ismael. Trece años después, cuando Abraham era ya centenario, Dios le prometió que cumpliría la alianza que había hecho con él y que le concedería una progenie fructífera y legítima, a condición de que todos sus descendientes fueran circuncidados como símbolo de dicha alianza. A mediodía, mientras se hallaba sentado a la entrada de su tienda, junto a la encina de Mambré en Hebrón, se aparecieron a Abraham tres hombres y le dijeron que Sara le daría un hijo. Sara, que había estado escuchando, no pudo contener la risa, pues hacía mucho que se le había pasado la edad de concebir. Sin embargo, quedó encinta y dio a luz a Isaac. Para entonces, Abraham había abandonado Hebrón (presumiblemente debido a una nueva hambruna), y había regresado al Négueb, donde viviría en calidad de extranjero en las tierras de Abimélek, el rey de Guerar, a quien, como ya había hecho con anterioridad, hizo creer que Sara era su hermana. Abraham recibió de Dios el mandato de sacrificar a su amado hijo Isaac. Se dispuso a obedecerlo, pero fue relevado de cumplir tan odiosa obligación cuando, en el ultimo instante, un ángel le dijo que desistiera de su empeño y que, en lugar de a su hijo, sacrificara a un carnero que había quedado enredado por los cuernos en unos matorrales cercanos. Abraham regresó a Hebrón, donde fallecería Sara. Por 400 siclos, compró a un hitita, de nombre Efrón, la cueva de la Makpelá, donde enterró a Sara, y donde, más adelante, él mismo sería enterrado por sus hijos Isaac e Ismael. Tras la muerte de Sara, Abraham volvió a contraer matrimonio, en este caso con Queturáo Cetura, de quien tendría seis hijos más. La última acción de Abraham de la que se guarda noticia escrita fue encontrar para Isaac una esposa que proviniera de su misma tierra de origen. De Abraham y de sus hermanos desciende buena parte del amplísimo elenco de personajes que figuran en el Antiguo Testamento, no sólo entre los israelitas, sino también entre los ismaelitas, madianitas, edomitas, amalecitas, moabitas y ammonitas. Los judíos y los árabes consideran a Abraham como el fundador de su raza y las naciones ismaelitas han tomado su origen y su nombre de Ismael, hijo de su esclava Agar. Si las iglesias Griega y Romana han puesto el nombre de Abraham en sus leyendas, el Corán habla de él también con respeto. Algunos escritores mahometanos sostienen que Abraham hizo el viaje a la Meca y empezó a construir el lugar sagrado de aquella ciudad. La datación de su figura sigue siendo objeto de polémica, con fechas que oscilan entre los ss. XXI y XV a.C., si bien la moderna erudición tiende a inclinarse por la primera de ellas. Abraham es el primero de los patriarcas, el primer padre histórico de los israelitas y una figura mucho más real que su padre legendario, Adán. Su rasgo definitorio es precisamente la paternidad y la historia que mejor le define es aquella en la que su sentido paternal es puesto a prueba al ordenarle que sacrifique a Isaac. A diferencia de lo que ocurre con casi todos los demás personajes importantes del Antiguo Testamento, no falló en ninguna de las pruebas a las que se vio sometido y murió sin que su historial hubiera sufrido mancha alguna por haberse desviado de su deber o de su humanidad. En el pórtico norte de Chartres se le muestra volviendo la cabeza a un lado, mientras con un gesto, tan benigno como enigmático, acaricia con una mano al pequeño Isaac. Durante la Edad Media se dio el nombre de "el seno de Abraham" a un sector del mundo de ultratumba. Era el lugar donde las almas de los muertos que no estaban irremisiblemente condenadas esperaban a que las oraciones de los vivos les aseguraran el tránsito hacia el Paraíso. Esta zona ha sido denominada la antecámara del Paraíso. Esta concepción, que fue promovida con energía por San Agustín, fue una de las etapas del proceso que condujo, ya a finales de la Edad Media, a la noción del Purgatorio. Cuando, en el siglo XVI, la idea del Purgatorio recibió la plena aprobación de la Iglesia católica, el seno de Abraham dejó de tener una función o una localización determinada, pero persistió como metáfora para denotar ideas de comodidad, asilo, o incluso el propio Paraíso. Abraham no sólo desempeña un papel relevante en las tradiciones judía y cristiana, sino también en la musulmana. Ver, Isaac, Amrafel, Lot, Melquisedec, Khalil-Allah, Resurrección.
 
Volver