Daniel
Héroe del folklore judío sobre el que se contaban un sinfín de historias. Su recopilación y publicación debió de producirse durante el resurgimiento nacionalista que promovieron los Macabeos en el siglo II a.C.. El más famoso de todos estos relatos sitúa a Daniel en Babilonia durante el cautiverio del siglo VI a.C.. Se le presenta como un hombre de estirpe noble y dotado de unas habilidades excepcionales, que pertenecía al selecto grupo de judíos que contaban con el favor de Nabucodonosor. Junto a tres de sus compañeros (Sadrak, Mesak y Abed Negó) Daniel podía disponer libremente de los manjares de la mesa regia, a pesar de lo cual, se negaban a comer y beber con personas que no fueran judías. Nabucodonosor había tenido unos sueños que le tenían desconcertado y que ninguno de sus astrólogos había conseguido interpretar Daniel los interpretó de un modo muy halagüeño para el monarca, que le recompensó colmándole de favores y alabando al Dios de los judíos. Más adelante, sin embargo, Nabucodonosor mandó fabricar una estatua de oro y ordenó que todo el mundo se postrara ante ella y la adorara, so pena de ser arrojados a un horno encendido. Sadrak, Mesak y Abed Negó desobecieron la orden; el horno fue calentado a una temperatura siete veces superior a la habitual y los tres compañeros fueron arrojados a él. Pronto, sin embargo, a los tres jóvenes se les unió un cuarto, que resultó ser un ángel. En el horno cantaron una canción (que constituye un libro independiente en los Apócrifos) y salieron de él sanos y salvos, sin tan siquiera haberse chamuscado. Otro dramático episodio del libro de Daniel cuenta cómo Baltasar se encontraba celebrando un banquete, con la vajilla de plata y oro que en tiempos se hallara en el Templo de Jerusalén, cuando vio de pronto una mano escribiendo en la pared. Sus sabios fueron incapaces de interpretar lo que había escrito, pero Daniel si lo hizo, desvelando la maldición que iba a caer sobre Babilonia y Baltasar. Aquella misma noche, Baltasar fue asesinado y su reino fue conquistado por Darío (un dato histórico erróneo). Daniel fue exaltado aún más, pero unos enemigos que le tenían envidia le tendieron una trampa. Se había promulgado un decreto que prohibía la presentación de peticiones a alguien que no fuera el monarca, de modo que, cuando vieron a Daniel rezando a su Dios, le acusaron de desobedecer el decreto. Daniel fue arrojado a un foso lleno de leones. Dado que a la mañana siguiente Daniel seguía allí, fue inmediatamente puesto en libertad y sus acusadores, en compañía de sus esposas e hijos, fueron arrojados al pozo en su lugar. La segunda mitad del libro de Daniel posee un carácter muy distinto. Consta de una serie de visiones que, en un lenguaje bastante oscuro, hacen referencia a la ascensión y caída de una serie de imperios que van desde el babilónico al macedonio, e incluso más allá. Se trata de un ejemplo temprano de un tipo de literatura apocalíptica que llegaría a alcanzar gran popularidad entre los judios. Daniel es asimismo el protagonista de la historia de Susana y los viejos y de otros dos relatos que se narran en el episodio de Bel y el dragón. Los 70 sacerdotes de Bel trataron de probar la existencia de su dios, suministrándole gran cantidad de alimentos y bebida que, según se suponía, el dios ingería durante la noche. Daniel hizo sembrar de cenizas el templo del dios y así consiguió demostrar que los sacerdotes y sus familias entraban de noche al templo por una entrada secreta y se comían y bebían aquellos suculentos manjares. Todos ellos fueron ejecutados y la estatua de Bel fue derribada. A continuación, Daniel procedió a destruir un dragón, o una serpiente, que adoraban los babilonios: le hizo comer unos bocados imposibles de digerir y el animal reventó. Aunque se decía que Daniel marchó finalmente a Jerusalén, donde fue enterrado, ese incansable viajero del siglo XII que fue el hispano-judío Benjamín de Tudela aseguró haber visto su tumba en Susa, localidad del sudoeste de Persia.

