Ninfeo

El profuso esplendor de las fuentes se atribuía más o menos a la influencia de diosas fecundas y propicias a las que se daban los nombres de Náyades, Linfas o Ninfas. De una u otra manera, los grandes Lacus que instalaba Roma por todas partes acababan siempre por convertirse en nymphaea. En un principio, eran éstos simples rincones naturales alimentados por una fuente cuyas generosas aguas manifestaban la benevolencia divina, mas poco a poco tales lugares fueron embelleciéndose con los donativos de hombres agradecidos por haber alcanzado fortuna y poder. En el Foro la fuente de la ninfa Juturna, donde Cástor y Pólux abrevaron antaño sus caballos, recibió así muy pronto, además de la estatua de los Dióscuros, una hermosa pila de mármol y paredes con revestimiento reticulado. Cuando el agua primitiva reflejaba aún mejor su misterio brotando en el corazón de una caverna, las gentes se apresuraban a ocultar la piedra bruta bajo una decoración más lujosa. También cerca de Roma, en el fondo del valle de Egeria, se transformó de igual manera la fuente de las Camenas y, así como hoy protestamos contra la excesiva modernización de algunos parajes naturales, Juvenal lamentaba en su día que en "ese bosque del que han expulsado a las Musas, en esas grutas tan distintas de las naturales", se echara ya de menos la proximidad de los dioses: "¡Cuánto más se sentiría la presencia de la divinidad en esas aguas si el césped las ciñera con su verdor y si los mármoles no degradaran la toba original!". En las ciudades, al contrario, aunque el agua proviniera de un acueducto, se quiso a menudo recordar su misterioso origen evocando mediante la arquitectura y el arte la imagen de la fuente o la oscura gruta de donde brotaba el líquido bienhechor. Las grandes fuentes que adornaban las ciudades se elevaron así con frecuencia en forma de medias cúpulas o se dispusieron en planos semicirculares a modo de ábsides y exedras. Mosaicos, pinturas y mármoles policromos iluminaban el agua con sus múltiples reflejos, y las estatuas de los dioses del líquido elemento se erguían mudas a la sombra del hemiciclo o al borde de las reverberantes pilas; podían ser cíclopes o delfines, ninfas o náyades, Afrodita u Océano, dioses marinos o ríos y aun divinidades más específicas como Icovellauna, en Metz, o Nemauso, en Nîmes. Aquellos nymphaea eran monumentos ambiguos: sitios de lujo y frescor, de ensueño y contemplación, no alcanzaban aún el rango de templos, mas tampoco el de meras fuentes y sólo servían para mostrar la belleza, abundancia y misterio de las aguas. Con su hemiciclo y sus pilones a guisa de orquesta, la primitiva gruta se asemejaba de hecho a un teatro sin proscenio, donde la realidad se invertía como un reflejo. Los nymphaea se distinguían siempre por su riqueza y a menudo también por sus dimensiones. El que en la Casa Dorada se extendía ante el basamento del templo de Claudio alcanzaba 170 metros de longitud; los de Mileto y Leptis Magna tenían tres pisos, y Libanios describe así el nymphaeum de Antioquía: "El santuario de las ninfas se eleva hasta el cielo y atrae todas las miradas por el esplendor de sus mármoles, la policromía de sus columnas y la riqueza de sus cascadas. Tales santuarios de ninfas, signos evidentes de refinamiento y cultura, se construían generalmente a lo largo de las arterias más importantes o en los barrios destinados al ocio, donde constituían un complemento de calma y belleza. Aún quedan restos en Pozzuoli, ante el anfiteatro, en Ostia, detrás del teatro y en el decumanus, en Tréveris y en Metz, junto a las termas. Su carácter confusamente sagrado podía asimismo relacionarlos con otras divinidades. En Grecia, se cuidaban con particular esmero todos los que debían su existencia a viejas y venerables leyendas. Por ejemplo, la antigua fuente de Pireno, en Corinto, fue completamente transformada por Herodes Ático que le añadió, hacia el año 150, unos arcos equilibrados tras los cuales se descubren todavía las primeras obras griegas. En Glanum, el nymphaeum completaba el templo de Valetudo; en Nîmes, otro, cuya estructura puede verse aún bajo las construcciones de 1745, se instaló en el emplazamiento de un santuario dedicado a Nemauso. Según los Regionarios, Roma contaba con quince nymphaea en el siglo IV, y lo que aún puede verse de los mismos en los alrededores de la estación Termini da una idea bastante modesta de su antiguo esplendor. Con sus altas ventanas dando al cielo y su cúpula hundida, el seudotemplo de la Minerva sanadora es, después de la pirámide de Cestio y la Puerta Mayor, el primer monumento que se ofrece a la vista del viajero que llega en tren a la urbe: las estatuas que poblaban los nueve ábsides han desaparecido; nada subsiste tampoco de los estucos, mármoles y pórfidos que decoraban el interior, y las paredes de ladrillo ennegrecido, separadas hoy del tráfico intenso de la calle por una pesada verja, no encierran ya otra cosa que piedras secas y papeles grasientos. No lejos de allí se observan todavía, en medio de la plaza de Víctor Manuel II, los corroídos vestigios del nymphaeum que Alejandro Severo hizo levantar, en el año 226, en el punto de llegada del aqua Julia. El monumento, de forma trapezoidal y erguido como un trofeo, poseía un vasto y elevado ábside por donde el agua discurría hasta caer en dos pilones de mármol escalonados. Una columnata decorativa realzaba la belleza del lugar, y en sendos nichos situados en los extremos, se veían hermosas figuras esculpidas que, asociándose a la esbelta estructura del conjunto, valdrían a éste el ser permanentemente llamado "Trofeo de Mario". En 1.590 Sixto V mandó llevarlas al Capitolio, cuya balaustrada siguen aún adornando junto con las estatuas de Cástor y Pólux. En cuanto al magnífico monumento donde las aguas celebraban los triunfos, sólo es hoy un amasijo de ladrillos y cemento. Aquellos suntuosos nyinphaea, cuyo encanto y esplendor sólo podemos imaginar pensando en las hermosas fuentes que en todas partes son sus herederas, rendían homenaje al agua vital haciéndola surgir para el deleite y la belleza.
 
Volver