Píndaro
(518-ca.438 a.C.) Poeta lírico de Cinoscéfalos (Beocia), cerca de Tebas. Pertenecía a la aristocracia doria y guardó siempre, con el orgullo de sus orígenes, una manifiesta tendencia por las ciudades y los regímenes aristocráticos. Era hijo de Daifanto y Cleódice. Su talento se manifestó pronto, y a la edad de veinte años (en el 498) los Alévadas le encargaron componer una oda a la victoria (Pítica 10) del joven tesalio Hipocleas. Desde entonces era requerido con regularidad para componer odas celebrando los logros de los atletas por todo lo largo y ancho del mundo griego. Escribió mucho más de lo que nos ha llegado, aunque los cuatro libros que tenemos de odas de victoria, compuestas para celebrar los triunfos de los vencedores atléticos y de carreras de carros de los cuatro festivales más importantes del mundo griego (los Juegos Olímpicos, los Píticos, los Nemeos y los Ístmicos) son un logro lo suficientemente poderoso como para justificar que se le conceda el honor de ser el más destacado de los poetas líricos griegos. Los editores alejandrinos fijaban diecisiete libros de obras suyas: cuatro de odas de victoria (epiníkia), dos de ditirambos, dos de himnos procesionales, tres de "cantos de doncella", dos de lírica para danza (hyporchémata), uno de peanes, otro de encomios, otro de cantos fúnebres y otro de himnos. Existen fragmentos, algunos de cierta longitud, de las obras perdidas, principalmente de ditirambos y peanes. Viajó mucho y conoció bien Atenas. Algunos de sus patronos más importantes fueron reyes o tiranos de Macedonia, Cirene, Tracia, Italia, Sicilia, Rodas y Asia Menor. Las odas que compuso en honor de los vencedores reflejan las creencias de Píndaro, compartidas por la mayoría de los griegos contemporáneos, acerca de la nobleza de la habilidad y el valor atléticos. Sus odas eran cantadas por coros en las celebraciones posteriores a la victoria o al regreso de los atletas a su hogar. Normalmente contenían una historia basada en un mito familiar, a menudo uno que era relevante para la ciudad nativa del vencedor. Píndaro solía tratar un solo aspecto o episodio del mito y resumía el resto. Empezaba sus odas con información sobre el vencedor, su familia y sus antepasados, sobre su ciudad y las victorias anteriores que se relacionaban con todos ellos. También incluía frecuentemente un elogio de sí mismo. Píndaro daba mucha importancia a las palabras con las que comenzaba la oda: hacía que fueran lo más chocantes posible, para captar así la atención del oyente. Su genialidad radica en el brillante uso del lenguaje y las imágenes: era un maestro del ritmo y apenas empleaba los mismos patrones métricos en odas posteriores. Moralizaba de una forma convencional, aunque lo hacía con gracia y magnificencia en la frase. Como consecuencia, las odas adoptan a menudo un pronunciado tono didáctico. Parece que aceptó la posición neutral de su ciudad, Tebas, en las Guerras Médicas. Sin embargo, poco después de la victoria griega, escribió una oda para celebrar el valor egineta en la batalla de Salamina. Su admiración por Atenas era tal que sintió que debía defenderla ante sus compatriotas en la Pítica 9. Pero después del 460 aproximadamente, su postura hacia Atenas se enfrió, pues esta se embarcó en una política imperialista vinculada a Pericles. Aceptaba y alababa a los tradicionales dioses olímpicos, pero también sintió el poder del culto a los misterios órficos y de las enseñanzas pitagóricas. Utilizó un lenguaje denso de tropos, mezcló distintos dialectos y dio entrada a numerosos elementos homéricos. Espíritu profundamente religioso, tuvo una devoción especial por el Apolo de Delfos: se enseñaba más tarde en el templo del dios el asiento de hierro en el que Píndaro se sentaba. Píndaro se mantuvo fiel a la contemplación de un pasado heroico y legendario, manteniéndose al margen de los conflictos que vivía Grecia en su época, depurando moralmente los mitos y sacando ejemplos beneficiosos para la sociedad. Falleció en Argos.
)o( MITOLOGÍA.- Se comenta de este poeta, que en su edad juvenil, habiendo emprendido el viaje a Tespia, un día de verano se halló tan fatigado que se echó en el suelo, cerca del camino real, y durmió. Durante su sueño se posaron sobre sus labios unas abejas, dejándole miel, como en augurio de lo que debía ser algún día. Píndaro veneraba con culto especial a Cibeles, Júpiter, Pan y Apolo. San Clemente de Alejandría dice que fue el inventor de las danzas llamadas hipoquemes, que acompañaban los coros de músicos en las fiestas religiosas. Píndaro y Olímpico, uno de sus discípulos, según refiere el escoliasta griego, habiéndose retirado cierto día a un monte inmediato para gozar de más tranquilidad, quedaron atónitos al oír un fuerte ruido después de ver salir llamas, en medio de las cuales apareció una estatua de piedra que representaba a Cibeles y se adelantó hacia ellos. Admirado el poeta de este prodigio, hizo colocar delante de su casa la estatua de la diosa, y consultando el oráculo de Delfos, éste respondió que debía erigirle un templo. Píndaro cumplió el consejo del oráculo. No contento con haber enviado al de Júpiter Ammón himnos que había compuesto en honor del dios, le consagró una estatua que fue obra del famoso escultor Calamis, dedicándole esa misma en el templo que la divinidad tenía en Tebas. Difundida la voz de que Pan estimaba muchísimo los himnos de Píndaro, y que aún cantaba algunos en las montañas vecinas, o los bailaba en la cadencia, el poeta deseó ser testigo de ello. Habiéndole parecido que efectivamente había oído cantar sus versos a aquel dios, sintió una gran alegría. Pero su gloria llegó al colmo cuando la pitonisa hizo aquella famosa declaración, precisando a los habitantes de Delfos que diesen a Píndaro la mitad de todas las primicias que se ofrecían a Apolo. Se dice que en los últimos días del poeta, se le apareció en sueños Proserpina, quejándose de haber sido la única divinidad que no había celebrado en sus versos: "sin embargo, añadió, ya llegará mi día, cuando estéis en mi poder fuerza será que cantéis en mi honor". Había en Tebas una mujer venerable, pariente de Píndaro, y cierta noche vio en sueños al poeta, que le entonó un cántico que había compuesto en loor de Proserpina. Al despertar, se acordó del cántico y lo puso por escrito. Aún en tiempo de Plutarco gozaba de tanta consideración la memoria de Píndaro, que sus descendientes disfrutaban todavía en las fiestas teoxonianas del privilegio de recibir la porción escogida de la víctima sacrificada y su casa fue la única que Alejandro respetó en el asalto de Tebas.

