Tito

Gentil de Antioquía al que Pablo llevó consigo a la conferencia de Jerusalén del 48, en la que se debatió si los incircuncisos podían ser aceptados como miembros de la comunidad cristiana. Pablo se negó a que Tito fuera circuncidado y, de esa forma, lo convirtió en un símbolo de su inquebrantable voluntad de extender la fe cristiana tanto a gentiles como a judíos. Tito volvió a acompañar a Pablo en su segundo gran viaje y llegó a ser un importante miembro de su equipo.
 
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