Culto Imperial

Uno de los fenómenos políticos más sorprendentes del Imperio romano es la divinización del emperador, divinización cada vez más acentuada en el curso de los siglos y que aparece como uno de los fundamentos más sólidos del régimen imperial. Se ha pretendido con frecuencia que esta divinización del emperador es de origen oriental y que desde este punto de vista Augusto no es más que el heredero de los soberanos helenísticos. En realidad tiene raíces muy profundas en la más auténtica mentalidad romana. Escipión el Africano y Sila pasaron por estar investidos de una misión divina, y Cicerón dice que un verdadero imperator debe ser querido de los dioses. César no hace más que volver a utilizar ideas que habían sido ya empleadas por sus predecesores y por su rival, Pompeyo: hay hombres "divinos" que reciben de los dioses un destino particular, por encima del de los simples mortales. Concepto que se afirmará de manera oficial cuando sea otorgado a Octavio el sobrenombre de Augusto. Augusto, convertido en Gran Pontífice, modificará a su gusto la religión oficial. Reglamentará las tendencias espontáneas de su propia divinización, que se afirmará en todas partes, especialmente entre los poetas, pero también en el pueblo. Se aprovechará para ello la existencia del culto de los lares de las encrucijadas (Lares Compitales), celebrado tradicionalmente por la gente del pueblo. Estos lares, análogos a los del hogar familiar, vieron sumarse a ellos el Genius Augusti; como en cada casa, el Genius, es decir, el "genio" tutelar del amo, recibía un culto al mismo tiempo que los lares domésticos. Augusto aparece de esta manera como el Dominus, el Amo, y ya un ser semidivino a los ojos de las gentes del pueblo que son sus fieles, sin incurrir en el reproche de querer usurpar prerrogativas reales. Pero al mismo tiempo en las provincias nacía una forma más acentuada del culto imperial. Su símbolo es el altar elevado en Lyon y dedicado a la divinidad de Roma y de Augusto; allí los delegados de todas las ciudades galas venían a celebrar cada año un sacrificio solemne que consagraba el lazo religioso que las unía a la vez a la ciudad y al emperador. Por otra parte, este culto espontáneo era tributado al emperador por muchas ciudades provinciales, especialmente en Oriente, donde era tradición considerar a los reyes como dioses vivientes. A la muerte de Augusto, su divinidad fue consagrada por la apoteosis. Se le elevó un templo. Se fundó un colegio de sacerdotes encargados de su culto. Y, después, los emperadores (cuando su memoria no fue "condenada" por el Senado) recibieron honores análogos. La actitud de los primeros emperadores con vistas a su propia divinidad ha variado notablemente. Algunos, como Tiberio y Vespasiano, se reían ostensiblemente de ella. Otros, Calígula, Nerón, Domiciano, profundamente místicos, se rodearon de una leyenda y, cediendo a diversas corrientes religiosas venidas de Oriente (entre las cuales figuraba el mesianismo), intentaron hacerse reconocer como dioses. Con los Antoninos el movimiento se acentúa y cada vez más el emperador es un dios viviente. Finalmente, el emperador es considerado, en el siglo III, como una emanación del Sol o de Júpiter, y existe una teología imperial que se consolida, por ejemplo, en tiempos de Diocleciano. Constantino, incluso después de su conversión al cristianismo, conserva caracteres divinos. Se encuentra un cierto número de restos en las provincias, asociados al culto imperial, por ejemplo, en Cuicul (templo de Venus Madre), Nîmes ("Maison Carrée"), Vienne (templo de Augusto y de Livia), etc.. Ver, Koinón.
 
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