Nerva
Marco Coceyo (Marcus Cocceius Nerva) (ca.30-98). Emperador romano durante seis meses, entre el asesinato de Domiciano, a mediados de septiembre del 96, y su propia muerte, a finales de enero del 98. Nieto de Nerva, Marco Coceyo, el jurista y amigo de Tiberio. Había nacido en Narnia o Narni, en Umbria. Cuando era pretor en el año 65, recibió los ornamenta triumphalia por haber conseguido abortar la conspiración de Pisón contra el emperador Nerón, quien le admiraba y con quien mantuvo siempre una buena amistad. A pesar de esa relación, Nerva fue cónsul con Vespasiano en el año 71 y volvió a obtener el consulado con Diocleciano en el 90. Cuando Diocleciano fue asesinado el 16 de septiembre del 96, dado que no había dejado sucesor, el Senado en una demostración de autoridad sin precedentes, eligió a Nerva emperador, quien era un representante de la nobleza senatorial, buen jurista y un hombre respetado, aunque tenía muy poca experiencia en la administración, quizá como una solución de compromiso a la espera de una nueva elección. Nerva no había jugado ningún papel principal en la muerte de Domiciano. Nerva tenía mucho a su favor: era de carácter afable, de origen noble, elocuente y experimentado en los asuntos senatoriales, aunque nunca había gobernado una provincia. Se le concedió por votación el título de "padre de la patria" y él adoptó medidas y eslóganes moderados y republicanos. Puso fin a los juicios por traición, trajo de vuelta a los desterrados y devolvió las propiedades confiscadas. El Senado condenó la memoria de Domiciano y su nombre fue borrado de las inscripciones; sus acciones fueron también anuladas, aunque parece que Nerva mantuvo buena parte de la legislación de Domiciano. Sin embargo y a pesar del apoyo del Senado, Nerva no era visto con buenos ojos por los pretorianos y por el ejército. Por ello, aun cuando Nerva había decretado con la aprobación del Senado la damnatio memoriae de Diocleciano, tuvo que imponer en el año 97 la pena de muerte a los implicados en el asesinato del emperador para satisfacer las demandas de los pretorianos. La guardia pretoriana animó a su comandante, Casperio Eliano, a solicitar la ejecución de Petronio Secundo, su otro comandante, que les había mantenido bajo control mientras el Senado elegía al sucesor. Nerva accedió de mala gana y se sucedieron las ejecuciones de los que fueron considerados responsables. Hubo una cierta oposición a su gobierno, representada por una conspiración descubierta planeada por C. Calpurnio Craso. De igual modo, para aplacar a las legiones, Nerva, que no tenía hijos, decidió adoptar a uno de los generales más prestigiosos, el legado en Germania Superior, Marco Ulpio Trajano, en septiembre del mismo año, que desde ese momento adquirió los mismos poderes que el emperador. Curiosamente Nerva eligió entre los senadores a aquel que reunía todas las cualidades militares de las que él carecía. Por esta razón la propuesta de Trajano en 97, fue acogida con júbilo por sus colegas. Poco después, el 25 de enero del 98 murió Nerva, a quien le fueron decretados honores divinos. En el corto año de su reinado demostró ser un activo innovador y se ganó sin dificultad la confianza del Senado incluso a la hora de proponer un sucesor. Su política fue encaminada a aligerar la presión fiscal impuesta por Diocleciano. De igual modo, aprobó algunas medidas para incentivar la producción y aliviar la crisis económica. Muy preocupado también por la situación del campesinado, promovió una reforma agraria para otorgar tierras a los campesinos más pobres. Trató también de socorrer a los niños de familias humildes por medio de una institución, los alimenta, que desarrolló por completo su sucesor Trajano. En Roma se llenaron los graneros y se prestó mucha atención a la construcción de acueductos y a la distribución de trigo. En cuanto a las relaciones de Nerva con el Senado, de acuerdo con Tácito, éste consiguió conciliar dos sistemas en principio muy diferentes: el Principado y la Libertad. Así determinó que los juicios contra miembros del orden senatorial se remitiesen a la propia institución, con lo que el emperador renunciaba a dar su veredicto. El compromiso se mantuvo hasta el final de la dinastía, que se asentó en el principio de la adopción.

