Parcas

En Roma, las Parcas son las divinidades del Destino, identificadas con las Moiras griegas, de las cuales se han asimilado casi todos los atributos. Al principio, parece que las Parcas fueron, en la religión romana, demonios del nacimiento. Pero este carácter primitivo desapareció muy pronto ante la atracción de las Moiras. Según creían los antiguos presidían la vida y la muerte y disfrutaban de un poder más absoluto que las demás. Árbitros de la muerte de los hombres arreglaban sus destinos, y todo lo que acaecía en el mundo estaba sometido a su imperio y no se limitaba este poder en hilar nuestros días, puesto que el movimiento de las esferas celestes y la armonía de los principios constitutivos del mundo, seguían también su resorte. Eran tres hermanas Cloto, Lacchesis o Láquesis y Átropos. Los mitólogos no están menos discordes en sus nombres que en su origen. Hesíodo después de hacerlas nacer de la Noche sin el socorro de ningún dios, como para indicamos la obscuridad impenetrable de nuestra suerte, se contradice luego suponiéndolas, como Apolodoro, hijas de Júpiter y de Temis. Orfeo, en el himno que compuso en su honor, las llama hijas del Erebo, y Diofrón, de Mercurio y Zeus, señor de los dioses. Amadas y muy particularmente distinguidas de este último, del cual habían recibido grandes privilegios, le socorrieron en la guerra contra los Gigantes, en la que Agrio y Teón perecieron a sus manos. Otro autor las supone hijas de la Necesidad y el Destino. Cicerón, siguiendo a Crisipo, supone que componían esta misma fatal necesidad que nos gobierna. Luciano en varios lugares de sus diálogos las confunde con el Destino. Algunos autores antiguos ponen en el número de las Parcas a Opis, porque este nombre dice Lilio Giraldi tiene relación con el velo misterioso que encubre nuestros destinos. Némesis y Adrastea, según Fornuto, también disfrutaban de un lugar distinguido entre estas diosas. La primera corregía la injusticia de la suerte y la segunda era como la ministra de las venganzas celestiales y de las recompensas debidas a las gentes de bien. Pausanias nombra a tres Parcas diferentes, a saber: Venus Urania, la más antigua, la Fortuna e Ilitia, que Píndaro considera tan sólo como compañera de la otra. Prosérpina o Juno Estigiana es también del número de las Parcas, puesto que siguiendo a los mejores autores de la antigüedad disputa con frecuencia a Átropos el empleo de cortar el hilo de nuestros destinos, puesto que nadie puede morir sin que esta diosa corte el cabello fatal que nos une a la vida. Los mitólogos no están menos discordes sobre la etimologia de su nombre. Varrón, Marco Terencio deriva en general el de Parcas de parta o partus, alumbramiento, porque estas diosas presidían el nacimiento de los hombres. Según Servio, es todo lo contrario porque no dispensan gracia alguna. Otros varios han dado otra explicación al nombre de las Parcas suponiendo que deriva de que son muy avaras de nuestros días y que no conceden alargarlos después del término prescrito por el Destino. Escalígero da otra explicación más sutil que sólida. El nombre de las Parcas, dice, deriva de que conservan la vida del hombre, hasta que se hubiese cumplido su destino. Le Clerc busca el origen en la palabra caldea, parach, romper, dividir, y otros la hacen derivar de la latina porca, zurco o rotura de la tierra. El empleo que se atribuye a estas diosas en lacio, y el nombre de Matres que le han dado los galos sirve de algún peso a esta explicación. Se creía en efecto que las Parcas presidían el nacimiento de los héroes. Ellas recibieron a Meleagro en el momento de nacer. Apolo, según Píndaro les rogó que socorriesen a Evadne en el momento de parir a Híamo. Filostrato refiere lo mismo de Cloto, que se halló presente en el momento que Júpiter volvió la vida a Pélope. Catulo dice que el nacimiento de Aquiles fue honrado con su presencia. En efecto estas diosas eran consideradas como protectoras de las mujeres que iban de parto, de modo que Lucinia, invocada para este objeto, no significa con frecuencia más que una de las Parcas. Así es que en la Acaya la llamaban Hiladora, y que Licias, antiguo poeta de Delfos, en un himno en honor a esta diosa le da el nombre de Parca célebre y poderosa. Las Parcas habitaban, según Orfeo, en una caverna tenebrosa del Tártaro y servían de ministros al monarca de los infiernos. Claudio la representa suplicando de rodillas a Plutón, para que renuncie a la guerra que intenta declarar a Júpiter. Según Ovidio habitaban un palacio donde los destinos de todos los hombres están grabados en planchas de metal, de modo que ni el rayo de Júpiter, ni el movimiento de los astros, ni el trastorno de la naturaleza entera puede borrarlas. Los filósofos, y entre otros Platón, les señalan por morada las esferas celestes, donde las representan con vestidos blancos sembrados de estrellas, coronadas, y sentadas en tronos que despiden una luz brillante y dando su voto al canto de las sirenas, para demostrarnos que son las directoras y que arreglan aquella armonía admirable en que consiste el orden del universo. Persuasivas y elocuentes, consolaron a Prosérpina, y calmaron el dolor de Deméter, afligida por la pérdida de su hija. Inmutables siempre en sus designios, sostenían el hilo ingenioso, símbolo del curso de la vida. Nada podía aplacarlas ni impedir que cortasen la trama. Admeto fue el único que obtuvo de ellas el poder de sustituir en su lugar a otro, cuando llegara el término de sus días. Según Claudio, son señoras absolutas de todo lo que respira en el mundo. "Ellas son, dice Hesíodo, las que distribuyen la felicidad y la desgracia a los hombres y que persiguen a los culpables, hasta en el instante en que reciben su condigno castigo". Otros poetas dan también ideas brillantes de su poder, tan pronto las exhortan a hilar días afortunados para los que deben ser los favoritos del Destino, como ellas prescriben el tiempo que debemos vivir en la tierra. El resultado sigue siempre sus predicciones. Algunas veces revelan una parte de nuestros destinos, ocultando la otra bajo un velo impenetrable. Se sirven también del ministerio de los hombres para quitar la vida a aquellos cuyo destino se ha cumplido, como dice Virgilio, hablando de Aleso. No solamente presidían el nacimiento, sino que, mientras que Mercurio sacaba de los infiernos a las almas que después de una revolución de muchos siglos debían animar muchos cuerpos, las Parcas tenían a su cargo hacer salir del Tártaro y conducir a la luz a los héroes, que habían osado penetrar en aquel lugar de tinieblas. Ellas sirvieron de guía a Baco, a Hércules, a Teseo y a Ulises, condujeron a la luz del día a Perseo, que según Píndaro, había descendido a los infiernos, a Rampsinita, y que, según cuenta Heródoto, jugó allí a los dados con Deméter; a Orfeo, que escribió luego la historia de su viaje; a Eneas, que lo emprendió para ver a Anquises. Finalmente a las Parcas confió Plutón su esposa, cuando ésta, siguiendo la orden de Júpiter, volvió al cielo para pasar seis meses al lado de su madre. El color de la lana que hilaban las Parcas designaba la suerte de los mortales sometida a sus decretos. La negra anunciaba una vida corta o llena de infortunios, la blanca una existencia larga y feliz. Sólo Licofrón les da hilos de tres colores. Marciano Capella las supone secretarias del Destino. Fulgencio ministras de Plutón. Fornuto de Júpiter y los antiguos, en general, del Destino. Higinio les atribuye la invención de algunas letras del alfabeto griego. Los griegos atribuyen a las Parcas la conservación del globo lunar. Tal era el sentir del filósofo Epígenes que pretendía, como Vocio, que con frecuencia se las ha representado en número de tres, por referencia a las variaciones de este astro. Sin embargo, su número parece más bien una alegoría ingeniosa de las tres divisiones del tiempo. La Parca que hilaba representaba lo presente, la que tenía las tijeras lo futuro, y la última con el huso lleno, era el símbolo de lo pasado. Los griegos y romanos tributaban grandes honores a las Parcas y las invocaban comunmente después de Apolo, porque presidían, como este dios, el futuro. Les levantaron altares en Olimpia y en Megara. Tenían uno muy célebre enteramente descubierto y colocado en medio de un bosque espeso, donde los pueblos de Sicione y de Titano les ofrecían diariamente sacrificios. Finalmente en Esparta les levantaron un templo magnífico, cerca del sepulcro de Orestes. Les sacrificaban todos los años ovejas negras como a las Furias y entre otras ceremonias, los sacerdotes estaban obligados a ceñirse coronas de flores. Todos los pueblos de Italia adoraban también a las Parcas. Veíanse altares en Roma, en Toscana y en particular en Verona. Los galos honrábanlas con el nombre de diosas madres. Los antiguos las representaban bajo la figura de tres mujeres con rostro severo, decrépitas, coronadas con grandes copos de lana blanca entrelazada con flores de narciso. Otros les daban coronas de oro y algunas veces en vez de corona ceñían una cinta. Muy rara vez se las veía con velo, sin embargo, estaban representadas de este modo en el templo que se les había levantado en Corinto. Una ropa blanca bordada de púrpura les cubre todo el cuerpo. La una tiene en sus manos las tijeras, la otra los husos y la tercera una rueca. Cada uno de estos atributos encierra una alegoría. La extremada vejez designaba, según dicen, la eternidad de los decretos divinos. La rueca y el huso manifestaba que ellas arreglaban el curso y los hilos misteriosos, el poco caso que debe hacerse de una vida tan breve. Licofrón añade que eran cojas para designar la desigualdad de los sucesos de la vida y la alternativa de bienes y de males que la componen. Las alas que les da el autor del himno a Mercurio, atribuido a Homero, hacen alusión a la rapidez del tiempo que pasa como un sueño. La corona prueba su poder absoluto en el universo. La espantosa caverna que Orfeo le señala por morada, era el símbolo de la oscuridad que cubre nuestros destinos. Hesíodo les da rostro negro, dientes mortíferos y miradas feroces y terribles. Una de las representaciones más antiguas de esta diosa fue la que hizo Baticles, en la base del trono de Amiclea, donde las colocó con las Horas alrededor de Plutón. En Megara fueron esculpidas por Theocosmo en la cabeza de Júpiter, porque este dios estaba sometido al Destino, del cual las Parcas eran las ministras. Encima del cofrecito de Cipsele se veía una Parca con dientes muy largos, manos muy retorcidas y rostro honroroso. Estas diosas, algunas veces muy crueles, se unían a los cuerpos, después de la muerte, y les ponían lívidos chupándoles la sangre. Pocos son los pintores antiguos que han representado a las Parcas. Tan solo Nicias las pintó en su cuadro del infierno y pocos monumentos romanos nos quedan ya, que nos las recuerden. En un mármol explicado por Bellori se ve una de las Parcas, adornada la cabeza de una sencilla cinta, que se esfuerza en calmar el dolor de Prosérpina, inconsolable por su nuevo estado. En otro mármol encontrado en Roma se hallan al lado de Meleagro, que consumido por un fuego interior va acabándose por instantes. En un cofrecito etrusco descubierto en las cercanías de Volaterra, están representadas como ancianas cubiertas con largos mantos. Enseñan el camino a un joven montado en un caballo, cerca del cual hay una urna derribada, símbolo de la muerte. En Lyon donde se las llamaba madres, están esculpidas en un bajorrelieve de la abadía de Aina y teniendo un fruto semejante a una manzana, símbolo de la fecundidad. Finalmente se las designaba con frecuencia mediante tres estrellas, porque como se ha dicho ya, arreglaban el curso de varios planetas. En el Foro, las tres Parcas estaban representadas por tres estatuas, llamadas corrientemente las Tres Hadas (Tria Fata, los tres "Destinos").
 
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