Imperio Antiguo egipcio
El llamado "Imperio Antiguo" egipcio, que comprende las Dinastías III-VI (ca.2.686-2.173 a.C.), constituye en realidad la primera fase de esplendor de la milenaria historia egipcia, aunque para algunos investigadores esta época representa el punto máximo del poder egipcio en todos los órdenes, nunca más igualado en su historia posterior. Para otros, en cambio, los logros materiales y culturales del Egipto arcaico constituyen tan sólo la base de su civilización y el punto de partida necesario para la construcción de un "Imperio". De hecho, la existencia de un imperio implica el dominio político de una base territorial que excede las fronteras del estado originario, controlada de forma permanente y explotada en beneficio del poder central. Un sistema político de estas características no se corresponde con el "Imperio Antiguo" egipcio, pero es cierto que se establecieron las bases para su construcción. Contra el tópico de su aislamiento milenario, Egipto se vio obligado pronto a traspasar sus límites naturales por razones económicas, dado que el país, como Mesopotamia, era deficitario en madera, piedra y minerales. Para cubrir estas necesidades básicas de desarrollo el Estado organizó expediciones oficiales encargadas de adquirir estos productos en el extranjero. Al principio estas expediciones no tenían carácter de conquista, sino más bien de operaciones punitivas contra las tribus que obstaculizaban las rutas comerciales al Sinaí y las costas del Mar Rojo. Desde estos puntos la expedición continuaba hacia el norte, en busca de la madera de Biblos, en la costa fenicia, o hacia el sur, en dirección al lejano país del Punt, del que procedían las gemas y productos aromáticos (incienso, sobre todo) consumidos en grandes cantidades en ritos cultuales o funerarios. Una tercera ruta, practicada desde época temprana, fue la del oro nubio, al sur de la 1ª catarata del Nilo, hasta el mítico país de Kush. Estas relaciones comerciales más o menos estabIes con los países de su entorno impidieron que Egipto construyera su "imperio" hasta fecha relativamente tardía porque, asegurado el comercio, resultaba innecesaria la ocupación permanente de territorios extranjeros. No obstante, durante este largo período de medio milenio la organización egipcia presenta una cierta homogeneidad, sobre todo desde la perspectiva del desarrollo político y cultural. En efecto, a lo largo de estos ss. se consolidó la estructura estatal y se configuró un sistema sociopolítico basado en la figura del rey-dios. De los faraones "servidores de Horus" de época tinita se pasó a los reyes "hijos" del dios correspondiente: Re de Heliópolis, en esta época. Incluso, según una tradición egipcia de época posterior, los tres primeros faraones de la Dinastía V (2.494-2.345 a.C.) eran hijos de un sacerdote de Re, el dios solar, en una ciudad del Delta. Aunque el sacerdocio heliopolitano no controlara todavía la designación del sucesor real, es evidente la influencia de este clero en la orientación política de los faraones de este período. Los templos de Re recibieron donaciones de tierras, ofrendas y privilegios fiscales, con lo que aumentaron considerablemente sus respectivos patrimonios. Pero el rey-faraón hizo también donaciones similares a los funcionarios en recompensa de sus servicios al Estado, por lo que se configuró un grupo de grandes propietarios privilegiados que, dependientes o no del templo, podían mantener una cierta independencia respecto del palacio. No obstante, el culto impregnaba toda la vida social y política del reino de tal modo que cuando el faraón se vio obligado a delegar parte de su poder "fuera de palacio" en manos de un alto magistrado (mal llamado "visir"), este vice-faraón adoptó el nombre de "canciller del dios". Del mismo modo la contabilidad del Tesoro, al que llegaban todo tipo de tributos, era realizada por escribas y sacerdotes de Re. Sin embargo, es indudable que los más altos cargos recayeron todavía en los miembros de la familia real o personas próximas a ella. En cuanto a la evolución política de estas primeras Dinastías, las listas reales incluyen muchos nombres aunque, en muchos casos, resulta dudoso el orden de sucesión. Además, quizá más que en ningún otro período de la historia egipcia, elementos legendarios nutren un relato elaborado sobre la base de presunciones e hipótesis razonables, pero sin la base documental suficiente. A pesar de ello las líneas de evolución general son claras. A la Dinastía III pertenece el reinado de Dyoser, aunque no sería él sino Sanajt, hijo de Jasejemuy, el iniciador de la Dinastía. No obstante, las circunstancias en que se produjo el cambio dinástico son desconocidas. Algunos piensan que éste era hermano de Dyoser. Otros, en cambio, consideran a Dyoser fundador de la Dinastía y de una nueva era en la historia egipcia. En cualquier caso, al menos Sejemjet, Jaba y Huni fueron sus sucesores. Pero la figura dominante de este siglo es sin duda Imhotep, arquitecto y médico de la corte, entre otras cosas, a quien se debe la construcción de una pirámide escalonada de seis pisos en Saqqara, que albergaba la tumba de Dyoser, precedente inmediato de las grandes construcciones piramidales de la Dinastía siguiente. Esnofru inicia la Dinastía IV, a la que pertenecen las "grandes pirámides" de Giza, que simbolizan todo el período y gran parte de la civilización antigua egipcia. De origen desconocido, Esnofru debió legitimar su posición casándose con una hija de Huni, el último faraón de la Dinastía anterior. Realizó varias expediciones a Nubia en busca de ganado y de Biblos trajo madera. Se hizo construir dos pirámides en Dashur, sucediéndole su hijo Khéope. Con la tradicional tríada de los faraones responsables de la construcción de las "grandes pirámides" de Giza comienzan los problemas de interpretación histórica relativos a la sucesión, forma de gobierno, simbología de la muerte, etc. En efecto, Khéope, Khefrén y Micerino (o Menkaura), no gobernaron Egipto de forma sucesiva, aunque el Papiro Westcar presente dicha continuidad, que no se corresponde con los huecos existentes en el Papiro de Turín. Además, Manetón menciona 9 faraones, de los que sólo 7 están atestiguados en otras fuentes. Pero es seguro que entre el reinado de Khéope y el de su hijo (Khefrén) reinó otro faraón, probablemente Radyedef, y que entre Khefrén y su hermano (Menkaura) se intercalaron al menos otros dos reinados. Por otra parte, hay un cierto confusionismo a la hora de valorar la obra política de estos faraones. De un lado, la construcción de las "grandes pirámides" sigue siendo un enigma para la mayoría, aunque hay un amplio consenso en considerarlas monumentos funerarios reales. De otro lado, su desigual tamaño como posible indicador de una determinada forma de gobierno. Es bien conocido el extraordinario desarrollo alcanzado en Egipto por el que que podría denominarse "arte funerario": pirámides o tumbas reales, mastabas, hipogeos, túmulos, sarcófagos, momias, etc., con sus respectivas decoraciones. De estos tipos funerarios las tumbas o cementerios reales son los mejor conocidos, pero tópico e ignorancia presentan aquí una curiosa amalgama. Nada más erróneo que reducir los "símbolos" a "signos" identificando como todo lo que es tan sólo una parte: en Egipto se conocen unas 90 construcciones piramidales, si bien los ejemplares de la IV Dinastía (ca.2.550 a.C.) son los más impresionantes. Pero un recuento comparativo del tamaño de las principales pirámides revela que la de Menkaura no es mayor que la de Neferkare (de la Dinastía VIII) o las de los Sesostris (I, II, III) de la Dinastía XII. Por otra parte, la pirámide es el resultado de un proceso de búsqueda de una fórmula arquitectónica que no se halló hasta la Dinastía IV, pero que curiosamente fue abandonada después, aunque no la costumbre faraónica de construirse pirámides como tumbas. Esta pervivencia, que a menudo se liga a la creencia egipcia en "la vida de los muertos", puede explicarse también desde otras ópticas. Más que "construcciones eternas" las pirámides constituían sólo la parte más visible de los "cementerios reales", en realidad un complejo funerario de gran extensión integrado por cuatro elementos arquitectónicos diferentes: la "capilla" o templo del valle; el pasillo o corredor ("dromos"), situado siempre en la fachada oriental de la pirámide; la pirámide, propiamente dicha o cámara sepulcral; y el muro que rodeaba a ésta. En torno a este conjunto se alineaban las tumbas de otros miembros de la familia real y altos funcionarios de la corte. El mantenimiento del culto funerario corría a cargo de los "sacerdotes", que controlaban también la explotación de las tierras circundantes, cuya mano de obra, libre o esclava, sería utilizada periódicamente en la construcción de este complejo funerario. Finalmente, la idea de que las pirámides mayores se corresponden con formas de gobierno más despóticas procede de Heródoto. Según este autor griego, el gobierno de Menkaura habría sido menos autoritario que los de sus predecesores (padre y hermano), cuando en realidad sabemos que su pirámide no fue concluida, quizá debido a la muerte prematura del faraón: la "capilla del valle" quedó inconclusa y, en la construcción del "dromos", se utilizó adobe en vez de piedra. De forma anacrónica Heródoto extrapolaba la experiencia política de algunos estados griegos, que habían conocido la tiranía, a la organización egipcia. Según esta teoría, Khéope, el promotor de la "gran pirámide", habría sido más "tirano" que su hijo Khefrén, aunque éste, y no Khéope, sería representado en la impresionante Esfinge tallada en la roca, cerca del "templo del valle". En cualquier caso, la realización de estas grandes contrucciones no sería posible sin un esfuerzo colectivo, algunos bloques de piedra alcanzan las 10 toneladas, aunque la forma en que éste se consiguiera continúa siendo una de las piezas clave de los "secretos" que aún albergan las pirámides. Finalmente, durante las Dinastías V y VI (2.494-2.173) se abandonaron estos grandes proyectos arquitectónicos, pero Userkaf, Sahure y Unas, el último faraón de la dinastía V, siguieron construyéndose pirámides para sus tumbas. La de éste último, en Saqqara, contiene los textos funerarios más antiguos, que en la siguiente dinastía se grabarán en las tumbas reales. Como en otras ocasiones, el primer faraón de la Dinastía VI, Teti, debió legitimar su posición casándose con la hija de Unas. Sin embargo, la esposa de uno de sus inmediatos sucesores (Pepi o Fiope I) no era ya de procedencia real, sino que pertenecía a la nobleza local del nomo de Tinis. Aunque este hecho pueda parecer anecdótico, revela claramente el poder alcanzado por algunos nomarcas en perjuicio de la realeza. Bajo el reinado de su hijo Merenre fue instaurado el cargo de "gobernador del Sur", que recayó en un alto funcionario de la corte, Uni, cuya misión era controlar el gobierno de los "nomos" egipcios meridionales hasta Elefantina, a la altura de la 1ª catarata del Nilo. Al frente de cada uno de estos distritos estaba un nomarca, que hasta ahora había sido nombrado por el poder central, pero que pronto se convertiría en un cargo hereditario y, en consecuencia, con absoluta independencia del "palacio". En este sentido, un importante paso se dio durante el largo reinado de Fiope II, quizá de 94 años, hermano del anterior, en el que el creciente poder de los nomarcas y noblezas locales acabaría por disputar a la corona el ejercicio del poder real. Esta situación llevaría a un nuevo desmembramiento del Estado en las Dinastías posteriores (VII-X), a las que se suele denominar "Primer Período Intermedio" (2.173-2.040 a.C.). El separatismo de los nomarcas convertidos en auténticos "señores" feudales, acabó estrangulando la economía del país, en exceso dependiente de las importaciones del exterior. A menudo el nomarca que alcanzaba una posición hegemónica en la región intentaba proclamarse "soberano del Alto y Bajo Egipto", pero se trataba más de una lucha entre rivales o coaliciones que de una tentativa de reconstrucción del Estado. Durante más de un siglo los príncipes heracleopolitanos y tebanos se disputaron la titulatura real de "soberanos". Por su posición estratégica ambas ciudades se constituyeron en dos poderes hegemónicos: Heracleópolis, sobre el Egipto Medio y el Delta; Tebas, sobre el Valle y Nubia alta. No obstante, la reunificación sería obra de un príncipe tebano, Mentuhotep, de la Dinastía XI. En el campo cultural, una concepción cubista que tuvo origen en el período protodinástico de Egipto, marca la pauta de este arte durante tres milenios, dotándolo de una estructura y una originalidad incuestionables. En el arte del Imperio Antiguo, la variedad de las formas y posturas en las que se muestra el cuerpo humano, se ve simplificada en sólo tres tipos de estatua: la del escribano, la sedente y la de pie en actitud de caminar. La "estatua sedente de Metjen", una estatua funeraria, representa al difunto en una forma distinta a la que había tenido en vida. El hecho de estar sentado en una silla supone que era de la casta de los altos dignatarios, pero también que era un difunto. Así, la silla simboliza el trono que realza la calidad inmortal del personaje. Metjen era administrador de fincas públicas durante el reinado de Esnofru. La estatua sedente de la tumba en Saqqara hace que la posteridad recuerde al difunto. La "estatua de pie en actitud de caminar" se distingue por el impulso del movimiento que resulta de la actitud de andar del personaje. La tensión de este tipo de representaciones se refleja también en el rostro: labios tensos, cabeza alzada, ojos muy abiertos y mirada resuelta. Ambos tipos de estatuas, las sedentes y las de en actitud de caminar, se complementan y forman un todo funcional que asegura a los muertos la vida eterna y la subsistencia de una presencia física. Con estas esculturas, el arte egipcio creó arquetipos para representar el cuerpo humano. Éstos conservarán su carácter de modelo incluso en la primera fase del arte griego. Uno de estos arquetipos, el kouros, siguió dejando su impronta hasta el advenimiento del arte moderno. De este período también hay que destacar el "relieve de un templo", que muestra el cuerpo de dos deidades en una combinación de vista frontal y de perfil. Los personajes representados son dioses. Como figuras mixtas compuestas de elementos humanos y divinos, conforman una realidad nueva que hace visible lo inasible de la experiencia divina. De esta forma se consigue que la ideología estatal de la superioridad egipcia frente a sus vecinos se resumiera en una premisa inequívoca: el arte se convierte en instrumento de la política. Ver, Dinastías, Imperio egipcio, Imperio Medio egipcio.

