Sacerdotes

Los varones doctos, dice Varrón, profesaban una triple teología: mítica o fabulosa, física o natural y civil o política, tres resortes que movían a su voluntad cuando querían difundir los conocimientos del saber humano por las naciones y pueblos que recorrían. En cada país tomaron su denominación: Magos se llamaban en Persia; Gimnosofistas en India; Caldeos en Babilonia, Hierofantes en Egipto y otros lugares; Druidas en las Galias; Filósofos en Grecia y Teólogos entre los cristianos. Pero también era indispensable que una clase determinada de la sociedad y dedicada exclusivamente a los asuntos de religión, tomando el nombre de Sacerdotes, se encargase en hacer los sacrificios y practicar toda especie de ceremonias. En Grecia fueron los príncipes los que ejercían el carácter sacerdotal desempeñando sus funciones en la mayor parte de los sacrificios, por cuya razón era costumbre llevar junto a la espada una daga o cuchillo en su estuche. Además de los príncipes había otros sacerdotes que ejercían otros cargos, como por ejemplo los Neócoros. El sacerdocio estuvo antiguamente vinculado a las cabezas o jefes de familia, pero después se transmitió a caudillos o primeros personajes de los pueblos. Existieron en Grecia linajes que gozaban del privilegio de cuidar y entender en los sacrificios, así como en el culto de ciertos dioses: comprendíanse en esta clase el Daduco, gran sacerdote de Heracles en Atenas; los Eumólpidas, familia sacerdotal que presidía los misterios de Eleusis, y los Licómidas, que entendían en todas las ceremonias y sacrificios de Deméter y de las grandes diosas. El sacerdocio entre los romanos tuvo principio en el culto de los dioses. Rómulo eligió dos personas de cada curia y les confirió la honra de dicho ministerio. Numa, que aumentó el número de los dioses, aumento también el de ministros dedicados a su servicio. Esta dignidad se confirió en un principio a los patricios, hasta que el tribuno P. Licinio Craso (106 a.C.) intentó, aunque en vano, transferir al pueblo el derecho de elección. Lo consiguió Cn. Domicio Ahenobarbo, y por la Lex Domicia (104 a.C.), se transfirió al pueblo el derecho a elegir a los sacerdotes, los sacrificadores y los Feciales. Sila, por la Lex Cornelia (77 a.C.), restituyó las cosas a su primer estado, y despojó al pueblo de un derecho que el Dictador supuso que había usurpado, aunque este cambio duró poco tiempo, porque a los trece años (64 a.C.), el tribuno T. Labieno hizo restablecer por la Lex Accia la antigua Domicia, devolviendo al pueblo el derecho a elegir a sus sacerdotes. A pesar de todo, Marco Antonio supo eludirla, y siguiendo su ejemplo, los emperadores se abrogaron insensiblemente este derecho, no sin grandes y porfiadas contiendas entre los Pontífices y el pueblo. El Senado, según Dión Casio, fue forzado a ceder este importante privilegio, entre otras prerrogativas. Con varias ceremonias se verificaba la elección de los sacerdotes, los cuales gozaban de consideraciones y honores que no se concedían a los demás ciudadanos. El sacerdocio pagano, dice Zósimo, subsistió hasta su abolición y expulsión de Roma por Teodosio. En el Próximo Oriente, se conoce la existencia del sacerdocio desde épocas muy antiguas, aunque no esté definida la función sacerdotal. Son numerosos los dioses y los templos atendidos por sacerdotes que gozaban de importantes posesiones y atribuciones económicas: sus restos arqueológicos y epigráficos demuestran su actividad comercial y productiva (almacenes, relaciones, servidores, etc.) ya desde el período presargónido. Así, el templo de la diosa Bau tenía más de 1.200 empleados. Su poder político tampoco era desdeñable. Era mucho el poder del clero en las altas esferas. Así, el clero de Marduk en Babilonía era capaz de controlar al propio monarca en el Imperio Neobabilónico. En Egipto, al comienzo de la época histórica, los sacerdotes no estaban diferenciados de las demás funciones sociales. Más adelante se fueron especializando y así conocemos a los "portadores de rollos", que dirigían las funciones rituales con el rollo de papiro en las manos, llamados en época griega pteróforos. Cerca de ellos estaban los "sacerdotes puros", encargados particularmente del servicio de la ofrenda a los dioses. Entre los que ocupaban un rango elevado estaban los "profetas", de los que había cuatro en los grandes templos. Algunos "horólogos" y "horóscopos" se encargaban de traer los líquidos necesarios para los rituales o de fijar el tiempo sagrado observando los astros. Los llamados "sacerdotes de misterio" se encargaban de lavar y vestir a los dioses. En cada uno de los grandes templos egipcios había sacerdotes especializados, que tenían nombres específicos. Así, el gran sacerdote de Heliópolis se llamaba "aquel que ve al Grande" y el de Hermópolis Magna, "el Grande de los Cinco". Lo dicho para los sacerdotes es extensible a las sacerdotisas. Quienes adoraban divinidades femeninas establecieron igualmente ministros de su sexo, y según costumbres y usos de los pueblos, eran jóvenes no sujetas al menor compromiso, o también casadas. Ver, Sacerdotes griegos, Sacerdotes romanos, Druidas.
 
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