Procesiones

El origen de las procesiones se remonta al principio de los tiempos. Los antiguos representaban en ellas el primer estado de la naturaleza. Llevaban públicamente una especie de cofrecillo que contenía diferentes cosas para servir de símbolo y también un niño fajado, una serpiente, etc. Estas fiestas se llamaban orgías. Virgilio hace mención de las procesiones que se hacían todos los años en honor de Ceres. Ovidio añade que los que asistían en ellas iban vestidos de blanco, y llevaban antorchas encendidas. Se añade a todo esto que las hacían alrededor de los campos sembrados, y que los rociaban con agua lustral. En Lacedemonia, en un día consagrado a Diana, se hacía una procesión solemne. Una dama de las más distinguidas de la ciudad llevaba la estatua de la diosa. La seguían varios jóvenes golpeándose el pecho. Si el fervor de éstos se disminuía, la estatua, ligera por su naturaleza, se hacía tan pesada que la que la llevaba no podía pasar adelante. En las procesiones egipcias, los cantores abrían la marcha llevando en la mano algunos símbolos del arte musical, que consistían por lo regular en dos libros de Mercurio que contenían los himnos de los dioses y las máximas de los reyes. Seguían los astrólogos con el plano y cuadrante solar, como signos de la astrología judiciaria. Después de estos venían los copistas de las cosas sagradas con una pluma en la cabeza, la escribanía, y el junco en la mano. Detrás de los horoscopistas iban los que se llamaban etolistas, con los símbolos de la justicia y las copas de las libaciones. Los profetas que cerraban la procesión llevaban el pecho desnudo y la hidria en su seno descubierto. Los acompañaban los encargados de velar los panes sagrados.
 
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