Koinón
Los koina son una de las formas de organización política más originales establecidas por Roma en las provincias de habla griega. Todas las ciudades de las provincias de Oriente parecen haber estado agrupadas en el seno de koina que no siempre recubrían exactamente una provincia, salvo casos excepcionales. Cada koinón reunía a los representantes de las ciudades de una región o de un sector geográfico determinado. Así existía un koinón único en Macedonia mientras que había varios en Acaya. El koinón panaqueo no reagrupa jamás a todas las ciudades de la provincia y se le separa un koinón de Argos bajo Marco Aurelio, y después un koinón de Arcadia a inicios del siglo III como muy tarde. En Asia está bien atestiguada la existencia de un koinón provincial, su título oficial es "koinón de los griegos de Asia", pero se conocen también koina locales que quizás desempeñaban un papel de índole menor: así tenemos el koinón de Lesbos, de las trece ciudades jonias, de Atenea Ilias (en Tróade), de Zeus Panamaros, en Caria. En Anatolia existía en general un koinón por región: Bitinia, Ponto, Armenia Menor, Galacia, Licanonia, Cilicia, Licia, Capadocia. Al igual que en Siria cada una de las eparquías mencionadas más arriba fue, tal vez, marco de un koinón. También los conocemos en Tracia y en la Pentápolis póntica. A la cabeza del koinón se encontraban jefes elegidos, pero la situación es mucho más compleja de lo que se ha creído a veces. Sin lugar a dudas es necesario poner a los magistrados que llevan un título terminado en "arca" en relación con esta estructura provincial: heladarca, macedoniarca, tracarca, paflagoniarca, pontarca, bitiniarca, galatarca, liciarca, capadocarca, cilicarca, armeniarca, Pamfiliarca, fenicarca. Si bien todos estos títulos están emparentados no son por ello equivalentes. Ante la ausencia de un buen estudio reciente debemos conformarnos con algunas apreciaciones sobre casos particulares. En este sentido en Acaya observamos cómo el gran sacerdote provincial, nombrado de por vida, pertenece siempre al koinón de Acaya aunque ejerza sus funciones en toda la provincia. A partir de los años 125-128 apareció también la función de heladarca que se confió al gran sacerdote; pero éste sólo ejercía su magistratura de heladarca en el koinón de Acaya mientras que otro heladarca actuaba en Grecia central en el marco de la anfictionía pileodélfica. El título no equivalía por tanto al de gran sacerdote y debía cubrir una realidad diferente incluso cuando era el mismo hombre que lo ostentaba. En Asia el gran sacerdote (archiereus Asias), de carácter temporal, aparecía como jefe del koinón de Asia. Pero sabemos que también había asiarcas por las inscripciones y por un pasaje de los Hechos de los Apóstoles. A pesar de que el título quedó añadido al nombre de los personajes, la función era temporal e independiente de la del gran sacerdote. Los asiarcas figuran entre los notables importantes pero, dado que Pablo podía estar en relación con varios de ellos en Éfeso, debemos deducir que el título era bastante corriente. Además se habla en ocasiones del asiarca de tal o cual ciudad. ¿Acaso no son más que los delegados de las ciudades enviados a las asambleas del koinón?. Estrabón indica que en Asia las personas de relieve (hoi prôteuontés), recibían el nombre de asiarcas, cosa que no aclara nada aparte de indicar que se trata de notables. ¿Ejercían una función judicial local? ¿Una presidencia rotativa del koinón?. Se ha llegado a sostener que se trata de un simple título honorífico otorgado a los evergetas, lo que parece muy improbable. En las restantes provincias el magistrado cuyo nombre termina en "arca" parece ser el jefe del koinón, y esto ya estén sus funciones emparejadas o no con las de gran sacerdote. El koinón, como comunidad de ciudades, adoptaba por ello el carácter de una verdadera asamblea federal de la que nadie estaba excluido. La asamblea del koinón de Asia reunía a 150 representantes de los que ignoramos si cada uno representaba a una ciudad (poco probable) o si existía un sistema de representación proporcional de acuerdo con la importancia de las ciudades. En Licia, sabemos que las 23 ciudades del koinón tenían derecho, según su importancia, a uno, dos o tres representantes (koino- boulétai). El koinón no tenía por única función la celebración del culto imperial y los arbitrajes entre ciudades. También desempeñaba un papel más directamente político al servir de consejo común de la provincia. Las animosidades entre ciudades le quitaban mucha de su potencial eficacia, pero de todas formas el koinón podía enviar embajadas, votar decretos (como la reforma del calendario en Asia), quejarse ante el emperador de la actitud de los gobernadores. La calidad de sus jefes, su prestigio y las relaciones que mantenían en Roma le proporcionaban cierta eficacia. Fue por las quejas de los embajadores del koinón que se llevó ante la justicia a numerosos gobernadores de Asia y de Bitinia. Por otra parte, la organización provincial de los koina sirvió también como uno de los refugios de la libertad de los griegos. Por encima de la ciudad, muchas veces débil y oscura, el koinón fue la principal forma de expresión política de que gozaron los provinciales. Roma no intentó debilitarlos, sino que los desarrolló, multiplicó y creó allí en donde la urbanización había quedado en un nivel débil, y esto al tiempo que los controlaba estrechamente. Pero el koinón era también un medio de obligar a las ciudades a entenderse, a callarse las querellas minúsculas y eternas que las oponían, ante la común alabanza a Roma y a la majestad imperial. El culto imperial aparece así pues como la argamasa que une entre a todos los súbditos del emperador, y sus manifestaciones provinciales fueron ocasión de expresar la fidelidad de toda la provincia a través de sus notables más eminentes. Incluso si se creó por iniciativa de los orientales, y en especial de los griegos, el culto imperial se muestra como un instrumento de la "hegemonía tôn Rhômaiôn" o, al menos, como un medio de afirmarla. Pero no por ello se le debe considerar un signo de opresión pues el culto imperial no tiene un sentido único. Los fieles, en cierto modo, reciben tanto como el emperador. Además, no hay razones para dudar de la sinceridad de los fieles en las manifestaciones del culto imperial, municipal o provincial ¿cómo no reconocer como dioses a quien habían llevado a Oriente la paz y la prosperidad? Cuando los griegos de Asia hablan del nacimiento de Augusto como del inicio de una nueva era para la humanidad no se trata sólo de una fórmula retórica, y todavía menos de una bajeza: se trataba de expresar con las palabras y las fórmulas de los hombres cultivados de aquel tiempo, que pueden parecernos artificiales, pero que no lo eran más para sus autores que lo eran los discursos de Dion de Prusa o de Elio Arístides, el reconocimiento de las provincias ante aquel que había puesto fin a las rapiñas permanentes y las guerras. Ver, Confederación, Asociación, Consejo Federal.

