Rayo
Especie de dardo inflamado con el cual, los pintores y poetas, arman a Júpiter. Habiendo Celo, padre de Saturno, sido librado por Júpiter, su nieto, de la prisión en que le tenía Saturno, para recompensar a su libertador, le regaló el rayo, que le hizo señor de los dioses y los hombres. Los cíclopes forjan, dice Virgilio, los rayos que tan a menudo arroja Júpiter a la tierra. El rayo del Padre de los dioses se pinta de dos maneras, la una como una especie de tizón ardiente por los dos extremos, y que en ciertas imágenes, presenta tan sólo una llama; la otra como una máquina puntiaguda por ambos extremos, armada con dos flechas. El rayo era, dice Pausanias, la principal deidad de Seleuco, y se honraba con himnos y ceremonias particulares. Estacio, hablando de la Juno de Argos, dice que arrojaba el trueno: pero es el único entre los antiguos que ha dado el rayo a esta diosa, pues Servio asegura, apoyado en la autoridad de los libros etruscos, donde estaba consignado el ceremonial de los dioses, sólo Júpiter, Vulcano y Minerva podían arrojarlo. Los lugares que habían sido heridos por el rayo, eran reputados como sagrados, elevaban en ellos un altar, como si Júpiter por este medio hubiese querido apropiárselo. No se podía hacer de él ningún uso profano. Plinio dice que no era permitido quemar el cuerpo de un hombre que hubiese sido muerto por el rayo, que era necesario inhumarlo simplemente, y que esto era una tradición religiosa. Según los etruscos, Júpiter tiene tres rayos, uno que arroja al azar, y con el cual avisa a los hombres que existe. Otro que sólo envía después de haber consultado a algunos dioses, y que intimida a los malvados y otro que sólo lo toma en el consejo general de los inmortales, y que arruina y anonada. En fin, todos los que tenían la desgracia de morir por el rayo eran considerados como impíos que hablan recibido del cielo su merecido castigo. Cuando el rayo había partido de oriente, y no había hecho más que rozar a algunos, volviéndose por el mismo lado, era señal de una dicha perfecta, summae felicitatis presagium, como refiere Plinio hablando de Sila. Los rayos que hacían más ruido que daño, o los que nada significaban, eran llamados vana et bruta, y la mayor parte de estos eran tomados por una señal de la cólera de los dioses. Había rayos cuyo presagio funesto no podía evitarse con ninguna expiación, inexpiabile fulmen, y otros cuya desgracia podía evitarse por medio de ceremonias religiosas, piabile fulmen. Los rayos se llamaron en latín: consiliaria fulmina, los que caían mientras se deliberaba algún negocio público; auctorativa, los que caían después de tomadas las decisiones, como para autorizarlas; monitoria, los que avisaban lo que debía evitarse; deprecatoria, los que llevaban apariencia de peligro, sin que por esto aconteciese realmente; postulatoria, los que pedían el restablecimiento de los sacrificios interrumpidos; hospitalia, los que advertían, que se atrayese a Júpiter a las casas para ir a los sacrificios; familiares, los que presagiaban el mal que debía sobrevenir a alguna familia; prorrogativa, aquellos cuyo efecto podía retardarse; renovativa, golpes de rayo que significaban lo mismo que el precedente, y que exigían las mismas expiaciones; publica, aquellos de los cuales se sacaban predicciones generales por 300 años; privata, aquellos cuyas predicciones particulares no se extendían más que a 10 años y peremptalia aquellos que disipaban los temores que los precedentes habían infundido. El rayo era señal de soberanía. Un rayo alado es ordinariamente el símbolo del poder y de la celeridad.

