Siria
Diosa. Había en Siria, dice Luciano, una ciudad que se llama Sagrada, o Hierápolis, en la cual existía el templo más grande y augusto de Siria, en razón a que además de las obras de sumo valor que encerraba residía en él una divinidad. Había estatuas que sudaban, se movían, daban oráculos. Frecuentemente se oía ruido estando las puertas cerradas... etc. Las riquezas de este templo eran inmensas. Baste decir que hasta sus puertas y cubiertas eran de oro. Unos creían que Semíramis había erigido este templo en honor de Derceto, su madre. Otros decían que había sido consagrado a Cibeles por Atis, el primero que anunció a los hombres los misterios de esta diosa. Pero seguramente hablarían de otro templo más antiguo, puesto que el que subsistía en tiempo de Luciano, era obra de la famosa Stratonice, reina de Siria. Entre las muchísimas estatuas de los dioses, sobresalía la de la diosa que presidía el templo, observándose en ella muchas cosas que caracterizaban a otras diosas. En una mano tenía el cetro y en la otra una rueca. En su cabeza, coronada de rayos y de torres, se veía el velo de la Venus celeste; preciosísima pedrería de varios colores que adornaba y enriquecía la efigie, siendo de destacar una piedra colocada sobre la cabeza que despedía una luz tan viva que iluminaba el templo de noche. Por esta razón se le daba el nombre de lámpara. Otra maravilla se advertía en esta estatua, y era que de cualquier parte que se contemplase parecía fijar la mirada sobre el observador. Apolo daba también oráculos por sí mismo en este templo, sin intermediar los sacerdotes. Cuando quería vaticinar, se movían inmediatamente los sacerdotes, tomaban la estatua y se la ponían sobre sus espaldas, o en su defecto, ella se removía por sí misma y sudaba. Dirigía a los que la llevaban, así como un cochero dirige sus caballos, e iba y venía de una parte a otra hasta que el sumo sacerdote la interrogaba acerca de lo que deseaba saber. Si la pregunta le disgustaba, dice Luciano, que reculaba, o sino se adelantaba y aun algunas veces solía elevarse y de esta manera manifestaba su voluntad. Vaticinaba la variación del tiempo, las estaciones y la muerte. Apuleyo hace mención de otra clase de oráculos inventados por los sacerdotes de la diosa Siria. Compusieron dos versos cuyo sentido era: "Los bueyes uncidos rompen la tierra a fin de que los campos produzcan fruto" y con sólo estos dos versos no había cosa a la que no respondiesen. Si se les consultaba, por ejemplo, acerca de un matrimonio, los bueyes uncidos fecundaban los campos. Si relativo a la compra de tierras, los bueyes uncidos labraban campos fértiles; si sobre un viaje, los bueyes uncidos estaban prontos a partir; o si, finalmente, se preguntaba por el resultado de una guerra, los bueyes bajo el yugo, ¿no os anuncian que someteréis a vuestros enemigos?. Esta diosa, que tenía los atributos de muchas otras divinidades, era, según Vossio, la virtud generatriz o productiva que se designa por el nombre de la madre de los dioses. Ver, Astarté, Cibeles, Derceto, Semíramis.

