Bión de Borístenes
(ca.325-ca.255 a.C). Filósofo griego, hijo de un liberto y de una cortesana. Originario de Olbia, en la orilla norte del mar Negro. Fue vendido como esclavo a causa de un fraude cometido por su padre, pero recibió una buena educación de su amo, un profesor de retórica, que lo puso en libertad y lo nombró heredero. Bión se trasladó a Atenas para estudiar filosofía y, según Diógenes Laercio, abandonó la academia de Crates el Académico, entrando en la de Teodoro el Ateo, de quien aprendió la impiedad y el menosprecio de los dioses, y cuyas lecciones compartió con las de Teofrasto y acaso también con las de un discípulo de Pirrón. Dotado de una erudición poco común, recorrió como los sofistas las ciudades e islas de Grecia y Macedonia, donde obtuvo el favor de Antígono II Gonatas, en cuya corte permaneció bastante tiempo, pasando después a Rodas para abrir una escuela de filosofía y por fin a Calcis, donde murió, no sin antes haber intentado prolongar su vida acudiendo a prácticas supersticiosas, según el citado Diógenes. Fue contemporáneo de Xenócrates, del estoico Perseo, de Eratóstenes y de Menedemo. Dejó numerosos comentarios, sentencias, parodias y sátiras con las que entretenía a sus oyentes, intercalándolas entre las lecciones de filosofía. Se conservan fragmentos de sus escritos recogidos por Estobeo, Plutarco, Diógenes Laercio, Ateneo, Clemente de Alejandría y otros autores. Eratóstenes dice que fue el primero en sembrar de flores el árido sendero de la filosofía. Sus enseñanzas incluían elementos de las escuelas cínica y cirenaica, que integraban la falta de convencionalismo de la primera y la adaptación a la vida de la segunda. Según el testimonio de Diógenes Laercio, debe ser considerado como ecléctico, pero a juzgar por los fragmentos que nos han llegado de sus obras, debe ser considerado más bien como cínico. El aspecto más importante de su aporte es la creación de la diatriba, género típico de la literatura cínica. Su influencia sobre los autores satíricos posteriores fue considerable, y su ácido ingenio es mencionado por Horacio. Diógenes Laercio le atribuye la máxima "el hombre más desgraciado es el que con más ardor desea la felicidad".

