Sirenas

Las sirenas son genios marinos, mitad mujer, mitad ave. Ora pasan por ser hijas de la musa Melpómene y del dios-río Aqueloo, ora por hijas de AqueIoo y Estérope, hija ésta de Portaón y Éurite. También se les daba por padres a Aqueloo y la musa Terpsícore, o bien al dios marino Forcis. Libanio cuenta que habían nacido de la sangre de Aqueloo cuando éste fue herido por Heracles. Las sirenas se mencionan por primera vez en la Odisea. En este poema figuran dos. Otras tradiciones posteriores citan cuatro: Teles, Redne, Molpe y Telxíope; o tres: Pisínoe, Agláope, Telsipia, llamadas también Parténope, Leucosia y Ligia o Ligea. Los mitógrafos saben tradicionalmente que son músicas notables e incluso conocen la parte que les corresponde en el terceto o el cuarteto. Según Apolodoro, una tocaba la lira, otra cantaba, y la tercera tocaba la flauta. Es bien sabido que el arte clásico ha sido uno de los componentes estilísticos e iconográficos, el más importante, en el que se ha basado el arte occidental de todos los tiempos. Con estas líneas se pone de manifiesto nuevamente dicha afirmación, y se corrobora que, incluso a lo largo de la Edad Media, las pervivencias del arte grecorromano fueron muy numerosas. No obstante, y como es lógico, dichas pervivencias sufrieron profundas transformaciones, tanto de carácter simbólico como formal, para adaptarse, no solamente a las concepciones ideológicas, sino también a los patrones estéticos vigentes en el Medioevo. El tema de las sirenas ha sido objeto de numerosos y notables estudios, referidos especialmente a su simbología en la Edad Media. Sin embargo, el aspecto de la génesis y transformación iconográfica de tan atractivas criaturas se presenta todavía confuso en nuestros días, razón por la cual resulta necesario llevar a cabo una labor de clarificación general que precise no pocos aspectos de su evolución formal y de su desarrollo en las artes plásticas. Las fuentes literarias del mundo griego presentan a las sirenas como genios marinos de apariencia fabulosa: seres híbridos conformados con cabeza femenina y cuerpo de ave (sirenas-pájaro). Estos seres fueron el símbolo parlante de las sugestivas y falaces tentaciones que acechan al hombre en el mar, y también la representación mítica de los graves peligros que entraña el abismo marino. La etimología del término deriva, según opiniones, de la palabra púnica "sir", que signitica canto, o bien del vocablo semítico "seiren", hembra que fascina con sus cantos. Desde la antigüedad, los mitógrafos han especulado sobre el origen y la doble forma de las sirenas. Ovidio dice que no siempre habían poseido alas de ave. Antes eran muchachas de aspecto normal, compañeras de Perséfone. Pero cuando ésta fue raptada por Plutón, pidieron a los dioses que les diesen alas para poder ir en busca de su compañera tanto por mar como por tierra. En cambio, otros autores aseguraban que esta transformación era un castigo que les había infligido Deméter porque no se habían opuesto al robo de su hija. O que Afrodita les había arrebatado su belleza porque despreciaban los placeres del amor. Finalmente, se contaba también que después de su metamorfosis pretendieron rivalizar con las Musas. Éstas, irritadas, las habían desplumado y se habían coronado con sus despojos. Cuando los barcos pasaban cerca de la isla de las sirenas (frente a Sorrento, en la Italia meridional), eran atraídos por los vientos hacia aquel funesto paraje y allí zozobraban ante la costa rocosa donde sus tripulantes eran devorados, más tarde, por las crueles criaturas. La literatura presenta a la isla de las sirenas como una pradera repleta de huesos en la que reinaban el horror, la desolación, la putrefacción y la muerte. Se cuenta que los Argonautas pasaron cerca de las sirenas, pero Orfeo cantó tan melodiosamente mientras el Argo estuvo al alcance de su música, que los héroes no sintieron la tentación de abordar, excepto Butes, que se arrojó al mar para ir a su encuentro, pero, fue salvado por Afrodita (Ver, Butes, Érix). El más conocido de los pasajes corresponde al canto duodécimo de la Odisea, en el que se narra la más conocida aventura de la leyenda del estorzado Ulises. El astuto marino, prudente y curioso a la vez, e instruido por la maga Circe, tapó con cera los oídos de sus compañeros y se hizo atar de pies y manos al mástil de su embarcación para poder escuchar "sin riesgo" la incomparable armonía de tan misterioso canto, melodía que susurraba, quizás, aquello que cada oyente, según circunstancias personales, deseara oir. Sus voces intentaron atraer a Ulises con estas palabras: "Ven, ¡Oh ilustre Ulises!, alta gloria de los aqueos. Detén tu nave a fin de que escuches mi voz. Ningún hombre ha pasado de nuestra isla a bordo de su negra nave sin escuchar nuestra dulce voz, sino que se han alejado llenos de alegría y sabiendo muchas cosas. Sabemos, en efecto, todo cuanto han sufrido aqueos y troyanos ante la vasta Troya por la voluntad de los Dioses, y sabemos asimismo todo aquello que ocurre en la tierra nutridora..." (Odisea, Canto XII). Cuando comenzó a oír la voz de las sirenas, Ulises sintió un invencible deseo de ir hacia ellas, pero sus compañeros se lo impidieron. Se dice que las sirenas, despechadas por su fracaso, se precipitaron al mar y perecieron ahogadas. La iconogratía de las sirenas que más se difundió en la Edad Media, fue la de mujeres con extremidades inferiores pisciformes, esto es, mujeres-pez. El origen de este prototipo formal hay que buscarlo en el Próximo Oriente mediterráneo, donde ya en el primer milenio antes de nuestra era, hallamos seres fabulosos (una especie de daimones marinos barbados que habitan las profundidades) que son mitad humanos, mitad pisciformes; así lo demuestran, por ejemplo, algunos de los relieves asirios del Palacio de Khorsabad (siglo VIII a.C.), conservados en el Museo del Louvre. Desde Oriente, y a través de las rutas comerciales del Mediterráneo, estos seres pasarían a formar parte del repertorio ilustrativo de la mitología clásica, para llenar con su presencia numerosas representaciones artísticas. De este modo, muchas criaturas asociadas al reino mítico del mar adoptaron esta torma híbrida en el arte griego: Nereo, Tritón, los tritones, etc. Sin embargo, sólo en contadas ocasiones fueron representadas las tritonisas (paredras de los tritones), más difundidas en la época tardía, cuando su sentido era únicamente ornamental. Después de la representación de la doliente tritonisa de Scopas (Museo de Marsella), la presencia de tales criaturas se hizo más frecuente en composiciones de carácter decorativo, ya en plena eclosión del arte del periodo helenístico, del que fueron copiadas en las pinturas murales de las lujosas residencias romanas de Pompeya y Herculano. La literatura clásica forjó, asimismo, una criatura de carácter y aspecto monstruoso llamado Escila, cuya fisonomía se caracterizaba por tener aspecto femenino hasta la cintura, de la que surgían seis feroces perros y una potentísima cola de pez. Escila era, en definitiva, la horrible personificación del gran peligro que acechaba a cuantos navegantes surcaban las aguas del Estrecho de Mesina: un tremendo remolino capaz de devorar, como los fieros caninos de su cintura, a barcos y a hombres. Parece muy probable que los diferentes elementos constitutivos de la compleja iconografía de Escila y, sobre todo, su condición femenina, influyeran a posteriori en la evolución iconográfica de las sirenas. Conocidos episodios de la Odisea fueron el de la victoria personal de Ulises ante la tentación de las sirenas, y frente al feroz ataque de Escila que se narra en el mismo canto duodécimo, lo cual pudo dar lugar a cierta confusión, o asimilación, de fuentes entre las sirenas, las tritonisas y Escila. Por otro lado, algunos autores sostienen que la sirena fue representada como mujer-pez ya en el ámbito romano de los siglos II y I a.C., hecho que, aunque parece probable, hay que considerar como excepción dentro del panorama general del arte antiguo. Uno de los ejemplares que se presenta como testimonio de ello, es una lámpara romana, actualmente en el museo de Canterbury, fechable en el siglo II, en la cual se ha representado el famoso pasaje de la tentación de Ulises. Siguiendo este criterio, es muy posible que el proceso de la evolución de las sirenas homéricas, fijas en las rocas y muy próximas en su concepción a las sirenas funerarias (recuérdese que el "Ba" egipcio se representaba como una mujer-pájaro), corriera paralelo a la evolución que, por transmisión oral, sufrieron los diferentes episodios de la Odisea, desde el siglo VII a.C.. Así, poco a poco, las sirenas se despegaron de sus puestos fijos (islas o rocas), para posarse en las olas, y se convirtieron, como era lógico, en seres pisciformes adaptados a su nuevo hábitat acuático. En el célebre Stamnos de Vulci (Londres, Museo Británico), se representa la escena de Ulises y las sirenas; dos de éstas se yerguen inmóviles sobre las rocas por entre las cuales pasa la nave, mientras que la tercera, despechada por el fracaso, se arroja al mar. Este punto es muy significativo porque, sin duda, dio origen a la leyenda posterior de la ciudad de Parténope. Según la tradición, no fue sólo una sirena la que se arrojó al mar, sino las tres. Sus cadáveres flotaron a la deriva sobre las olas y más tarde fueron recogidas y enterradas en distintos puntos. En el Golfo de Cumas fue enterrada Parténope, en memoria de la cual se fundó la ciudad que llevó este mismo nombre (Ver la leyenda de Parténope, epónima de Nápoles). Pero, además, la leyenda se complicó más con los años. A Cumas había llegado Parténope, no muerta, sino viva y a nado. Como recuerdo de este episodio, en las monedas de la ciudad aparecía una figura femenina sedente, como símbolo de la ciudad, y a sus pies otro personaje femenino que se acercaba a la orilla a nado, mostrando únicamente su busto desnudo entre las olas. Todo hace suponer que se trataba de una criatura de extremidad pisciforme. Andando el tiempo, los iluminadores de los manuscritos góticos representarían el pasaje de la tentación de Ulises con sirenas pisciformes, tal y como aparecen en una de las ilustraciones del manuscrito Rodey, obra del siglo XIV (Londres, Museo Británico). Es preciso señalar que, con anterioridad a dicho período, la metamorfosis de formas y símbolos que se obró, fue lenta. Durante la época de las invasiones bárbaras que asolaron el Imperio romano de Occidente, en el siglo V, asistimos a un momento de paralización en dicha evolución. Sin embargo, tal paréntesis fue subsanado en buena medida como consecuencia de las obras realizadas por artistas del mundo bizantino y copto. Los artesanos egipcios cristianos prodigaron en las decoraciones de sus tejidos y en sus relieves la presencia de nereidas, así como figuras de tritonisas (¿tal vez sirenas?) como muestra, por ejemplo, el encantador relieve del Museo de Iconos de Recklinhausen; los artistas bizantinos hicieron otro tanto en no pocos relieves ebúrneos correspondientes a los siglos V y VI de nuestra Era. El tema de las sirenas se retomó en Occidente, como tantos otros, en el marco artístico merovingio y carolingio después, donde precisamente se fraguaron los cambios que darían fruto, ya maduro, en los siglos Xl y XII. A lo largo de esta secular andadura, formas e ideas experimentaron transformaciones lógicas de todo punto. Para adentramos en ellas tomemos como punto de partida una sirena-ave clásica: sólo tenemos que alargar su cola y enroscarla, para convertirla en la sirena que podríamos denominar mujer-ave-pez del Sacramentario de Gellone, obra realizada en la diócesis de Meaux en los años finales del siglo VIII. El paso siguiente en esta evolución convierte a algunas sirenas en seres que son un híbrido de mujer-pez, idea que prevalece en la mente asociada al término de sirena. Esta fue la apariencia que tuvo más aceptación en la Edad Media, alimentada por un buen número de fuentes literarias. Asimismo, en el plano simbólico era muy apropiada la asociación entre tentaciones, encanto, peligros y muerte, con el pecado; la Iglesia sacaría partido de tales ideas para sus enseñanzas moralizadoras, como se expresa en la literatura de la época. Así, los seres humanos ignorantes e incautos se ven engañados por las hermosas voces, cuando los encantan las faltas de delicadeza, los rasgos de ostentación, o los placeres, o cuando se vuelven licenciosos... pierden todo su vigor mental, como si estuviesen sumidos en un profundo sueño, y, de pronto, el ataque arrebatador del enemigo cae sobre ellos (Bestiario de Cambridge, 134-135). Desde el Liber Monstrorum, obra de probable origen anglosajón, escrita en el siglo VI, "las sirenas son doncellas marinas, que seducen a los navegantes con su espléndida figura y con la dulzura de su canto. Desde la cabeza hasta el ombligo tienen cuerpo femenino y son idénticas al género humano, pero tienen las colas escamosas de los peces, con las que siempre se mueven en las profundidades".
 
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