Ayo Locucio
(Aius Locutius). Nombre que contiene dos veces la idea de hablar (aio y loquor), es un dios misterioso que se manifestó sólo en una ocasión, cuando la invasión gala (390 a.C.), en forma de una voz que anunció la proximidad del enemigo. Nadie le hizo caso; pero después de la caída de Roma, y cuando los galos hubieron sido expulsados, el dictador Camilo, a fin de reparar la falta de respeto de que se habían hecho culpables para con esta voz divina, le levantó un santuario en el lugar en donde había sido oída, en el ángulo norte del Palatino. Cicerón reveló con agudeza en su De Divinitate que desde que aquella voz tuvo el templo no volvió a hablar.

