Anomeos
Tras el Concilio de Nicea, reinando el emperador Constancio II, el cristianismo se dividió entre defensores de la ortodoxia católica, y arrianos, escindidos en tres grupos: los más radicales (anomeos), que creían en la diferencia de sustancia, los homeos, para quienes el Hijo era semejante por la voluntad y las obras al Padre, y los arrianos moderados, más próximos a la fórmula niceana, que aceptaban sólo una semejanza de sustancia entre el Padre y el Hijo (homusianos). El credo que Constancio logró hacer sancionar en el Concilio de Constantinopla (360), postulaba la similitud no sustancial entre el Padre y el Hijo.

