Calendario italogriego primitivo
El calendario más antiguo que ha llegado hasta nosotros, y que se ha usado en Roma y en algunas ciudades latinas (de Etruria y de los países sabélicos no se sabe nada sobre esto), se funda seguramente sobre las bases del sistema griego primitivo. Se esfuerza en seguir las fases de la luna y el curso de las estaciones, y admite una revolución lunar de veintinueve días y medio, y una revolución solar de doce meses y medio, o de trescientos sesenta y ocho días y tres cuartos. Alterna, por último, los meses completos de treinta días con los incompletos de veintinueve, y el año de doce meses, con el de trece. Aunque no del todo bien, finalmente se puso de acuerdo con el movimiento verdadero del cielo, agregando o suprimiendo arbitrariamente cierto número de días. Este arreglo del año griego pudo muy bien entrar sin cambio alguno en los usos de los pueblos latinos. Sin embargo, en la forma más antigua que nos es conocida, y aunque sin presentar grandes diferencias con los resultados de su ciclo ni en las alternativas de la revolución de los doce y de los trece meses, se aleja el año romano de su modelo, ya sea por las denominaciones de los meses o por la cantidad de días que comprende cada uno de ellos. Comienza en la primavera. Su primer mes, el único que lleva un nombre de divinidad, se denomina Martius (marzo); los tres meses que siguen son el de los botones que comienzan a abrirse, Aprilis (abril), el del crecimiento, Majus (mayo), y el del florecimiento, junios (junio). La designación aceptada para los demás meses, desde el quinto hasta el décimo, es la del número de orden: Quinctilis (julio), Sextilis (agosto), September (septiembre), October (octubre), November (noviembre), December (diciembre). El undécimo es el mes de la apertura de los trabajos agrícolas, Januarius (enero). Después del descanso del invierno, el duodécimo o último mes del año común era el de las purificaciones (februarius, febrero). En los años periódicos intercalares se añade un decimotercer mes sin nombre al fin del período anual. Viene después de febrero; es un mes de trabajo y recibe también el epíteto de mercedonius, consagrado a la paga. Así como el calendario romano da a los meses nombres puramente latinos y tradicionales, les asigna también una duración que les es propia. El ciclo griego cuenta cuatro años de seis meses de treinta días y otros seis meses de veintinueve, con la adición de un mes intercalar cada dos años, cuya duración alterna entre veintinueve y treinta días (354 + 384 + 354 + 383 = 1.475 días, que es el total del ciclo de cuatro años). Entre los romanos, por el contrario, el período se compone de cuatro años que tienen cuatro meses de treinta y un días (1º, 3º, 5º y 8º), siete de veintinueve, un mes de febrero de veintiocho días en los tres primeros años y de veintinueve en el cuarto, y, por último, un mes intercalar de veintisiete días cada dos años (355 + 383 + 355 + 382 = 1.474 días para cada cuatro años). Por otra parte, el calendario tenía por punto de partida, lo mismo que el anterior, la división originaria del mes en cuatro semanas de siete y ocho días. El primer cuarto caía regularmente en el séptimo día de los meses de treinta y uno y en el quinto de los meses de veintinueve; la luna llena caía el 15 en los primeros y el 13 en los segundos. De esta suerte la segunda y la cuarta semana del mes eran de ocho días; la tercera, de nueve, excepto en el mes de febrero, en que no se contaba más que ocho, y en el mes intercalar de veintisiete días, que solo tenía siete. La primera semana era de seis días en los meses de treinta y uno, y de cuatro en todos los demás. Como las tres últimas semanas eran semejantes en cuanto a la duración, tal como se ve, no había necesidad más que de anunciar con anticipación la duración variable de la primera semana, cuyo primer día tomaba el nombre de día del anuncio o calendas (Kalenda). El día en que comenzaba la segunda y la cuarta semana, de ocho días ambas, se denominaba el noveno o las nonas (nunae, nundinae), conforme al uso seguido en Roma de contar en el plazo el día en que este expira; mientras que el primer día de la tercera semana había conservado el antiguo nombre de Idus (día separativo). Tal era el orden curioso del nuevo calendario de los romanos. Tuvo sin duda por razón determinante la fe en el poder saludable de los números impares. Tomando en general por base la antigua forma del año griego, se ve claramente que se separa de él en los detalles y que sufrió la influencia decisiva de las doctrinas pitagóricas, omnipotentes a la sazón en Italia, y muy impregnadas, como sabemos, del misticismo de los números. En consecuencia, si bien conserva la huella del esfuerzo hecho para armonizarse a la vez con las revoluciones solar y lunar, este calendario en realidad no está nunca de acuerdo con el curso de la luna, como sucedía con el que lo había precedido entre los griegos, por lo menos en el conjunto. En cuanto a las estaciones o tiempos solares del año, no le era posible seguirlos sino procediendo como el calendario griego primitivo, y sobrecargándose con numerosas intercalaciones arbitrarias. Y con todo, la concordancia es todavía muy imperfecta. Los romanos no podían manejar su calendario de una manera más inteligente que la que habían concebido. Conservar obstinadamente el orden de los meses, o, lo que es lo mismo, el cálculo por años decamensuales, era reconocer tácitamente, aunque de un modo implícito, la irregularidad y la insuficiencia de su antiguo año solar. El calendario de Roma parece que en general fue seguido en el Lacio en las partes esenciales de su sistema. En aquel tiempo en que se ve que en todos los países varían la fecha del comienzo del año y los nombres de los meses, las simples divergencias en los números de orden y en las designaciones no impiden la existencia de una base y de un orden comunes. Así también, en cada uno de sus calendarios especiales, los latinos pudieron adaptar los meses de duración arbitraria en relación con sus festividades anuales, sin dejar de tener fija la vista en los movimientos de la luna. Tal fue el calendario de Alba, por ejemplo, en el cual los meses variaban entre dieciséis y treinta y seis días. Es probable también que la Trieteria griega de la Italia del sur (período y fiesta trienal) fuese adoptada desde un principio por los latinos y quizá también por los demás pueblos italianos, pero debió sufrir numerosas modificaciones de detalle en los calendarios de las diversas ciudades. Cuando los romanos quisieron medir períodos mayores, pudieron contar seguramente por el reinado de sus reyes. Hay dudas, sin embargo, de que este método, propio del Oriente, haya sido desde esta época adoptado por la Grecia y por la Italia. Pero en el período cuatrienal intercalario, con censos y purificaciones expiatorias de la ciudad, y en el cálculo de los lustros se ve una institución y un cómputo relacionados con el cálculo de las olimpíadas helénicas. Pero todas las concordancias cronológicas desaparecieron por efecto de la creciente irregularidad de las operaciones censatarias. Ver, Calendario romano, Calendario griego.

