Armas y armaduras griegas
Si bien la implantación del armamento de los hoplitas condujo a una uniformidad básica en el equipamiento, continuaron existiendo variaciones de detalle, incluso dentro del mismo ejército, puesto que los hoplitas normalmente tenían la obligación de procurarse su propio equipamiento. La principal constante era el escudo de bronce (hoplon), sostenido por una banda que rodeaba el antebrazo izquierdo y sujeto por una empuñadura en el borde, también aparecían siempre las grebas. Sin embargo, la protección del tórax podía estar formada por dos anchas láminas de bronce o estar compuesta de escamas de bronce sobre cuero unidas por hombreras. Los yelmos variaban de forma con la presencia o ausencia de cresta y protecciones para las mejillas o la nariz. La principal arma ofensiva era la lanza de estoque completada en el combate cuerpo a cuerpo por una espada corta. En la falange macedonia, la sarisa, una pica de unos cinco metros y medio de largo, era el arma principal. La armadura defensiva se reducía a un yelmo y grebas, con un pequeño escudo colgado del cuello, puesto que empuñar la sarisa requería la utilización de las dos manos. El cuerpo de élite, los hipaspistas, usaban el mismo equipo pero eran capaces de una mayor movilidad y flexibilidad táctica. Por el contrario, la caballería (ver, Hippeis) estaba armada de una forma más pesada. Donde con anterioridad se llevaba normalmente sólo una armadura de cuero y se usaban jabalinas o lanzas arrojadizas, desde el siglo IV a.C. se empezaron a llevar corazas de metal, yelmos y espadas y lanzas de estoque más pesadas, aunque la armadura del caballo siguió siendo rara. Las tropas ligeras estaban fonnadas en general por mercenarios, especialmente los peltastas, cuyo equipamiento, el escudo ligero de forma curvada (pelta) y la jabalina, era menos caro que la armadura hoplítica. Lo mismo ocurría con los arqueros (cuyos arcos aparentemente eran menos poderosos que los de tipo oriental) y con los honderos. Las tropas de choque, efectivas tanto para escaramuzas como para asedios, se vieron complementadas por la evolución a lo largo del siglo IV de una artillería capaz de arrojar flechas incendiarias y piedras a largas distancias.

