Júpiter
"dios del día" (Dies Pater, el Padre Día), es el dios romano asimilado al Zeus griego. Es el gran dios por excelencia del panteón romano. Hijo de Saturno y de Rea, esposo de Juno. Aparece como la divinidad del cielo, de la luz diurna, del tiempo atmosférico y del rayo y el trueno. En sus orígenes, divinidad homóloga de la etrusca Tinia. En Roma reina en el Capitolio, especialmente consagrado a él, y en particular en su cumbre sudoriental (el Capitolium propiamente dicho). Virgilio cuenta que, en tiempos remotos, este lugar estaba cubierto de robles, árbol consagrado principalmente a Júpiter, y que los pastores percibían confusamente en estas peñas la presencia de un dios. Sin embargo, antes del predominio de Roma, el culto principal de la confederación latina era tributado a Júpiter "Lacial", cuyo santuario se levantaba no en Roma, sino en la cima del actual monte Cavo, una montaña cubierta de bosque que domina el sistema de los lagos albanos (lago de Nemi y lago de Albano). El Júpiter capitolino es, en buena parte, el heredero de ese otro Júpiter más antiguo, dios supremo de la Confederación de las ciudades latinas (Ver, Latino). En el Capitolio romano, Júpiter tenía varios cultos. El más célebre, el de Júpiter Óptimo Máximo, culto que terminó eclipsando a los demás, no es el más antiguo. Fue trasladado, en fecha relativamente tardía, del Quirinal al Capitolio, junto con las otras dos divinidades de la Tríada, Juno y Minerva. Anteriormente había en el Capitolio un santuario de Júpiter Feretrio, atribuido a Rómulo, donde se consagraban los "despojos ópimos", es decir, las armas de cualquier jefe enemigo muerto en combate por el jefe romano. El templo de Júpiter Feretrio pasaba por ser uno de los más antiguos, si no el más antiguo, de Roma. Se dice que Rómulo fue el primero en consagrar en él despojos "ópimos": los del rey Acrón. Después se ha conservado el recuerdo de una segunda consagración, la de los despojos del rey de Veyes, Tolumnio, que hizo A. Cornelio Coso en el 426 a.C.. También se atribuye a Rómulo la fundación de otro santuario de Júpiter en el que el dios era invocado con el epíteto de Stator. Se explicaba este nombre por una leyenda de forma histórica. En la batalla que enfrentó a los romanos de Rómulo con los sabinos, cuyas mujeres acababan de ser robadas, los últimos llevaban la ventaja y rechazaban a los romanos a través del Foro. Entonces Rómulo, levantando al cielo sus armas, prometió a Júpiter erigirle un templo en el mismo lugar donde se encontraba, si detenía al enemigo. Éste empezó en seguida a retroceder y fue finalmente expulsado. Rómulo cumplió su promesa. El templo de Júpiter Stator (qui sistit, "que detiene") se levantaba al pie del Palatino, en el sitio donde más tarde había de construirse el arco de Tito. Una leyenda análoga es referida a una fecha más reciente, según la cual M. Atilio Régulo habría formulado un voto similar al que se atribuye a Rómulo en el curso de un combate contra los samnitas, fechado en el 294 a.C.. Como dios del rayo, Júpiter es invocado con el epíteto de Elicius (del verbo elicere, "atraer"). Es el que atrae el rayo del cielo y, sobre todo, el que permite al hechicero hacerlo descender. La introducción de este culto se atribuye a Numa, el rey mago. Con el desarrollo y afianzamiento de la estructura política de la ciudad romana, Júpiter fue adquiriendo una categoría cada vez más importante en la religión de Roma. Aparece como el poder supremo, el "presidente" del consejo de los dioses (los Dii Consentes), aquel de quien emana toda autoridad. Es posible que esta concepción, que debe mucho al hecho de su asimilación a Zeus, haya sido influida en su origen por ideas religiosas etruscas. Esta supremacía de Júpiter se revela en el rango atribuido a su sacerdote, el Flamen Dialis, el más importante del Colegio de los Flámines, cuya esposa es flamínica de Juno. El matrimonio del flamen y su mujer simboliza la unión de la pareja divina; debe celebrarse de la manera más solemne y no puede ser disuelto por el divorcio. Colmado de honores, el Flamen Dialis queda atado por una serie de prohibiciones muy complejas que demuestran la antigüedad de su función. Como dios del Capitolio, Júpiter es, durante la República, la divinidad a la que el cónsul, al comenzar su mandato, dirige en primer lugar sus oraciones. Los vencedores, en procesión solemne, le ofrendan su corona triunfal y le consagran las víctimas rituales (toros blancos). Júpiter es el garante de la fidelidad a los tratados; preside las relaciones internacionales por mediación del colegio de los Feciales. Cada vez son menos sensibles, en la concepción que de él va formandose, sus antiquísimas atribuciones "meteorológicas", cuyo recuerdo subsiste sólo por algunas expresiones, tales como sub dio, "al aire libre", etc.. Durante el Imperio, los emperadores gustan de ponerse bajo la protección de Júpiter. Los hay incluso que intentan pasar por encarnación suya. Por ejemplo, Augusto, el primer emperador, pretendia tener sueños enviados directamente por el dios, y se complacía en contar cómo había sido milagrosamente salvado de un rayo cuando la guerra que libraba en España contra los cántabros: el joven esclavo que iba delante de su litera con una antorcha en la mano había sido muerto, mientras él, en el interior de la misma, había salido indemne. Augusto, agradecido, mandó levantar en el Capitolio un templo a Júpiter Tonante. Más tarde, Calígula se apropió los dos sobrenombres de Júpiter Capitolino, Optimus Maximus, y comunicó su palacio del Palatino, por medio de un paso directo, con el santuario capitolino del dios. En todas las ciudades de las provincias, la primera preocupación de los arquitectos romanos era erigir un Capitolio semejante al de Roma, donde era instalada la Tríada, que tenía en el centro a Júpiter. Así, el dios representaba el lazo político entre la metrópoli, Roma, y las ciudades hijas que eran su reducida imagen.

