Celtibéricas

Guerras. La presencia romana en la península Ibérica se hace patente a partir del 218 a.C., fecha en que tropas enviadas por Roma desembarcan en Tarragona, con el fin cortar a Aníbal los abastecimientos que, desde Hispania, recibía para continuar la guerra en la península italiana. Poco a poco, Roma va ocupando más territorio y llegando al interior, a la Meseta; en un principio los acuerdos entre ambas partes fueron respetados, para quebrarse después, poniendo al descubierto las diferencias existentes. Esta situación dio como resultado la hostilidad y la consecuencia de situaciones bélicas que conocemos como Guerras Celtibéricas, que se desarrollaron en dos fases: la primera del 153 al 151 a.C., y la segunda del 143 al 133, cuyo centro fue Numancia (por ello también se las denomina Numantinas), concluyendo con la destrucción de la ciudad, que ofreció una dura resistencia, fracasando ante sus muros varios generales romanos, hasta la llegada de Publio Escipión, quien sometió a Numancia a un fuerte cerco, dejándola incomunicada.
 
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