Hécate

Hécate es una diosa afín a Ártemis y no posee mito propiamente dicho. Queda siempre bastante misteriosa, y la caracterizan más bien sus funciones y atributos que las leyendas en que interviene. Hesíodo la presenta como engendrada por Asteria y Perses, rey de Táuride y como descendiendo directamente de la generación de los Titanes. Es, pues, independiente de las divinidades olímpicas, pero Zeus le ha mantenido, y aun acrecentado, sus antiguos privilegios. Extiende su benevolencia a todos los hombres, concediendo los favores que se le piden. Otorga principalmente la prosperidad material, el don de la elocuencia en las asambleas políticas, la victoria en las batallas y en los juegos. Procura abundante pesca a la gente de mar y hace prosperar o menguar el ganado, a voluntad. Sus prerrogativas se extienden a todos los dominios, contrariamente a como ocurre, en general, con las divinidades. Es invocada particularmente como "diosa nutricia" de la juventud, con igual título que Ártemis y Apolo. Tales son las características de Hécate en la época antigua, según Hesíodo. Poco a poco, la diosa ha sufrido una especialización en un sentido diferente dándosele un carácter conforme a su geneología, o mejor, haciendo de la Hécate de cada país un personaje diferente, cuyas cualidades y acciones han complicado y acumulado los mitólogos. La hija del titán Perses ya se pinta con otros coloridos. Cazadora hábil, del mismo modo lanza sus dardos a los animales como a los hombres. Sabia en el arte de envenenar, ensaya sus venenos sobre los extranjeros, emponzoña a su padre, se apodera de la corona, eleva un templo a Ártemis y hace sacrificar a esta diosa todos los extranjeros que la casualidad conduce a las costas del Quersoneso Táurico. Se casa enseguida con Eetes y forma con su arte dos hijas dignas de ella, Medea y Circe. Diosa de los magos y los encantadores, era invocada antes de empezar las operaciones mágicas que la obligaban a aparecer sobre la tierra. Presidente de los sueños y espectros, se dejaba ver por los que la invocaban. Diosa de las expiaciones, se le inmolaban bajo este respeto perritos y se le erigían estatuas en las encrucijadas. Ver, Feraia. Su culto, originario de Egipto, fue llevado a Grecia por Orfeo. Los eginetas, que fueron los primeros en admitirlo, le levantaron un templo en una plaza rodeado de muros, donde celebraban todos los años una fiesta en su honor. Apuleyo dice que era la misma que Isis. Muchos mezclaron el culto de esta diosa con el de Ártemis y de este modo, fue adorada en Éfeso, Delos; Braurón en Ática; Magnesia, Micenas; Segesta y en el monte Ménalo. Atenas le ofrecía tortas en la cuales se veía impresa una figura de buey, porque se le invocaba para la conservación de los animales útiles. Los espartanos tiñeron sus altares con sangre humana. Su culto fue del mismo modo célebre, en Roma, pero no tan cruel. Se la llamaba Dea feralis y se creía que fijaba el término de la vida de los hombres y presidía su muerte. Amiterne y Formias le elevaron altares, y Espoleto le dedicó un templo que fue común a ella y a Neptuno, mirando al mar como el más vasto y poblado de todos los sepulcros. Alcameno fue el primero que dio un triple cuerpo a la diosa. Myron por el contrario, no le da más que uno. La pintura de Alcameno debía prevalecer en un pueblo amante de las alegorías: así sus tres rostros significan las tres fases de la Luna, según Cleómedes; según Servio, el uno representó a Lucina que protegía el nacimiento; el otro fue Diana que conservaba los días; el tercero Hécate, que los terminaba. Ya se representaban sus cabezas naturales, y aún agradables, y ceñidas por una guirnalda de rosas de cinco hojas. Ya le ofrecían sus estatuas con una de perro, una de caballo y otra de jabalí. Cuando se la obligaba a responder a las evocaciones mágicas de Medea, aparecía con la cabeza llena de serpientes, con una rama de encina en la mano, rodeada de luz y haciendo resonar a su alrededor los ladrillos de su jauría infernal, y los agudos gritos de las ninfas de Faso. Cuando Fedro le implora en Séneca, va armada de una antorcha ardiente, de un látigo o una espada, muchas veces trae una antorcha para disminuir las tinieblas del Tártaro, o una pantera para sacrificar a los dioses Manes. Otras veces lleva en una mano una llave y en la otra cuerdas, o un puñal con lo que o ata, o hiere los criminales. Ver, Fílax. En un jaspe del gabinete de la biblioteca real de Francia se la veía con sus tres cabezas, sobre las cuales se elevaban ciertas medidas. No tenía más que un cuerpo y de él salían seis brazos, dos de los cuales tenían serpientes, otros dos, antorchas encendidas, y los dos últimos, vasos expiatorios. Le estaba consagrada la encina muy particularmente, y se coronaba con ramas de este árbol entrelazadas con serpientes. El número tres servía para designarla. El altar erigido en honor suyo se diferenciaba de los de las otras divinidades, en que tenía tres lados como su estatua, de donde se deriva el epíteto de Tríbomos. Tenía uno de este modo en Roma, en el templo de Esculapio. Le estaba consagrado el perro. Ver, Canicida Dea. Los que se lo ofrecían en sacrificio debían ser negros y eran inmolados a media noche. Los lamentables gritos de estos animales, mientras se los sacrificaba, decían que alejaban los horrorosos espectros, enviados a menudo por esta diosa. Ver, Empusa. Hécate, como maga, preside las encrucijadas, los lugares por excelencia de la magia. En ellas se levanta su estatua, en forma de una mujer de triple cuerpo o bien tricéfala. Estas estatuas eran muy abundantes, antiguamente, en los campos, y a su pie se depositaban ofrendas.Hécate, como maga, preside las encrucijadas, los lugares por excelencia de la magia. En ellas se levanta su estatua, en forma de una mujer de triple cuerpo o bien tricéfala. Estas estatuas eran muy abundantes, antiguamente, en los campos, y a su pie se depositaban ofrendas. Ver, Lagina.
 
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