Primera guerra púnica
(264-241 a.C.). Una banda de mamertinos. en el año 286, logró apoderarse de la ciudad de Messana (Mesina). La ciudad más perjudicada fue Siracusa, que, bajo el tirano Hierón II, logró vencerlos en el río Longano (270-269) y puso freno a sus incursiones. Ante el peligro de un asalto a su ciudad recurrieron entonces al eterno enemigo de los griegos de Sicilia, Cartago, que colocó de inmediato una guarnición en Messana. El gobierno romano encontró en Messana agentes que solicitaran su intervención. El gobierno romano, decidió el envío de un cuerpo expedicionario, que ocupó la ciudad (264). AI margen del casus belli de Messana, las causas de esta primera guerra púnica hay que buscarlas en la peligrosa coincidencia de intereses de Cartago y Roma en una región privilegiada por la fertilidad de su suelo, la riqueza de sus ciudades y su posición clave en el centro del Mediterráneo. Frente a la amenaza procedente de Italia, Cartago y Siracusa, los dos viejos enemigos que desde ss. se disputaban su territorio, olvidaron su tradicional enemistad y decidieron aliarse. Un ejército púnico-siracusano sitió Messana, pero la llegada del cónsul Apio Claudio, con dos legiones, logró salvar la ciudad. Para la campaña del año siguiente (263), fueron enviados a Sicilia los dos cónsules con cuatro legiones, que concentraron sus esfuerzos contra el más debil de los aliados, Siracusa, para aislarla y forzarla a la paz. La incongruente alianza con Cartago no resistió, y Hierón aceptó una paz separada con Roma, que pudo contar desde ahora con un valioso aliado y con los recursos de la floreciente ciudad siciliana. Con la retirada de Siracusa, los dos verdaderos enemigos quedaron ahora frente a frente. Fue Roma la que tomó la iniciativa con el asedio de Agrigento, que los cartagineses estaban utilizando como cuartel general. La ciudad cayó y fue sometida a saqueo por las tropas romanas (262). Cartago se dedicó a devastar las costas de Italia. Roma necesitaba también una flota. Pero el peso de las fuerzas armadas romanas descansaba en la infantería legionaria y, por ello, los barcos fueron provistos de puentes móviles, rematados en un gancho, los corvi ("cuervos"), que, al caer sobre la nave contraria, la inmovilizaban, permitiendo el combate cuerpo a cuerpo. Gracias a estos ingenios y a la habilidad táctica del cónsul Cayo Duilio, los romanos consiguieron su primera victoria naval en aguas de Mylae (Milazzo), aunque no pudieron desalojar a los cartagineses de la isla. Era precisa una nueva iniciativa, que se concretó en un ataque en territorio africano. En el año 256, ingentes fuerzas fueron embarcadas al mando de los cónsules Lucio Manlio Vulso y Marco Atilio Régulo y, tras vencer en el cabo Ecnomo a la flota cartaginesa, arribaron a la costa africana. La aproximación del invierno decidió al Senado a reclamar a uno de los cónsules con el grueso de las fuerzas. Sólo quedó en África un cuerpo de 15.000 hombres al mando de Régulo, que continuó las depredaciones en territorio cartaginés. Cartago inició conversaciones de paz con el cónsul, que fracasaron por la intransigencia de Régulo. Cartago se preparó para continuar la guerra con el concurso de tropas mercenarias griegas, y, en las cercanías de Túnez, en la llanura del río Bagrados, el ejército de Régulo fue aniquilado (255); más aún; la flota romana enviada para recoger a los supervivientes fue casi completamente deshecha por un temporal en la costa meridional de Sicilia, frente a Camarina. El fracasado intento de repetir la invasión africana un año después, que terminó con un nuevo naufragio de la flota romana frente al cabo Palinuro en la costa de Lucania hicieron desistir definitivamente al gobierno romano de nuevas aventuras ultramarinas. La guerra quedó estancada en limitadas operaciones circunscritas a Sicilia, con parciales éxitos romanos, como la conquista de la fortaleza de Panormo (Palermo), pero también con numerosos fracasos, en especial, desde que un general cartaginés, especialmente brillante, Amílcar Barca, se hizo cargo del ejército púnico. El irritante desgaste de una interminable guerra de posiciones, con sus negativas consecuencias para la moral de las tropas romanas y para el tesoro del Estado, empujó al gobierno romano a un último esfuerzo en el mar. Gracias a los recursos de la confederación itálica, Roma pudo armar doscientas naves, que se enfrentaron a la flota púnica junton a las islas Égates, guiadas por el cónsul Cayo Lutacio Catulo (241). La rotunda victoria romana empujó a los púnicos a pedir la paz, cuyas condiciones supusieron para Cartago la evacuación de Sicilia y de las islas adyacentes, la prohibición de hacer la guerra a los aliados de Roma, la devolución de los prisioneros sin rescate y el pago de una fuerte indemnización.

