Tabula Peutingeriana

o Papiro Peutinger o Tabla de Peutinger. En la Biblioteca Nacional austríaca de Viena se conserva un códice marcado con el número 324 (Codex Vindobonensis 324), que contiene la representación gráfica más antigua que se posee del mundo, tal como era concebido por los romanos hacia el siglo IV de nuestra era. Se trata de un panorama total, meticuloso, de gran valor documental y estético, que evidencia, como ningún otro testimonio escrito de la época, la grandiosidad del Imperio y la eficacia, no igualada hasta los Estados modernos, en cuanto a la ordenación y administración del territorio. Además, se encuentra en un excelente estado de conservación. Todo esto, unido al hecho de que es la única copia de un mapa que se remonta a la época romana, da una idea de su incalculable valor e interés. Hay que decir que no pretendía ser una representación científica del mundo conocido, según criterios estrictamente cartográficos al servicio de los cosmógrafos. Más que de un mapa en sentido estricto, se trata de una especie de "guía de carreteras" de la época, al servicio fundamentalmente del perfeccionadísimo sistema de comunicaciones controlado por la Administración imperial. A este monumento histórico-cartográfico se le conoce como Tabula Peutingeriana. El sustantivo latino tabula (esdrújula) vale por mapa y el adjetivo se deriva del nombre de su afortunado propietario, Konrad Peutinger (1.465-1.547), un personaje muy influyente de la corte del emperador Maximiliano I. En su biblioteca estuvo depositada la Tabula hasta que pasó a la Biblioteca Nacional (entonces Imperial) de Viena. En realidad, fue Konrad Celtes (1.459-1.508), un vienés que ejercía como profesor y bibliotecario del Emperador, el que encontró en el Convento de los Dominicos de Colmar, en Alsacia, un rollo de pergamino con un "mapa" antiguo, cuyo valor vio enseguida. De vuelta a Viena, confió el tesoro a su poderoso y sabio protector. Así sería éste quien daría nombre a la Tabula, en vez de su verdadero descubridor. Murieron convencidos de que habían descubierto el mapa al que se refería el conocido Itinerario de Antonino, y con ese nombre figuraba en la biblioteca del canciller. Desde entonces, los estudiosos y editores de la Tabula no se han puesto de acuerdo sobre su autoría original. Ni siquiera, sobre el lugar y fecha en que se hizo la copia encontrada por Celtes. En cuanto a la época del mapa original, hay pocas dudas: el siglo IV, entre la fundación de Constantinopla y el triunfo definitivo del cristianismo, o si se quiere, entre Constantino y Teodosio (de hecho, en algunos de los estudios aparece citada como Tabula Theodosiana). Constantinopla aparece ya como uno de las grandes capitales del mundo, junto a Roma y Antioquía, pero la presencia de detalles cristianizantes es prácticamente inexistente, si exceptuamos algunos retoques de época medieval, lo cual indica que es anterior a Teodosio y al boom de los viajes a Tierra Santa. El más importante editor y estudioso de la Tabula en el siglo XX, Konrad Miller, defiende concienzudamente que no es otra cosa que el Mapamundi de Castorius, muy conocido desde que en el Anónimo de Rávena (una descripción del mundo (Cosmographia del siglo VII (ca.670), en cinco libros, donde se recogen unos cinco mil nombres de ciudades y lugares (sin indicación de distancias), aparece como la fuente más citada y utilizada. Lo malo es que, fuera de aquí, el "cosmógrafo romano Castorius" es un perfecto desconocido (sí hay clérigos y santos con ese nombre, incluso un filósofo) y la fiabilidad del "Ravenate" respecto a sus fuentes está en entredicho (confunde a Ptolomeo con el diádoco de Alejandro). Esto hace que la identidad establecida por Miller entre Castorius y el original de la Tabula Peutingeriana no resulte del todo convincente. Respecto a la época y el lugar de la copia medieval, también abundan las discrepancias. Cinco ciudades se disputan haber sido la sede del scriptorium monástico en que trabajó el copista. La opinión mayoritaria se inclina por el Convento Dominico de Colmar, el mismo lugar del hallazgo. En cuanto a la época, oscilan entre los siglos XI al XIII. Todos coinciden, sin embargo, en que es una copia fidelísima y por una sola mano. El escrupuloso copista llegó a imitar la letra de finales de la época romana. El rollo de pergamino hallado por Celtes mide 682 cm de largo por 34 cm de ancho. Estaba formado por once piezas de distinta longitud (una media de 62 cm), pegadas una a otra por adherido a un "forro" de lino como refuerzo. El estado de conservación era muy bueno, si se exceptúan algunas huellas de quemaduras aquí y allá (quizás producidas por las velas de algún estudioso descuidado). Al mapa le falta una primera pieza, justo la que corresponde a la parte más occidental del mundo entonces conocido: península Ibérica, Islas Británicas, extremo oeste del norte de África. De Britannia aparece sólo la zona sureste, correspondiente a la desembocadura del Támesis y a los antiguos condados de Kent y Essex; de Hispania la zona pirenaica oriental y la actual Costa Brava (Gerona, La Junquera), Galia empieza a partir de Burdeos. Este primer segmento ya faltaba en el original de que dispuso el copista. Al constituir las capas más superficiales que servían de envoltorio al rollo no pudo sobrevivir a las malas condiciones de conservación que sufrió durante ss.. A Konrad Miller se debe la reconstruccion de este segmento "en blanco y negro", mediante una meticulosa y sabia imitación de los procedimientos del autor y del copista de la Tabula (indicación de etapas y distancias, accidentes geográficos, símbolos, tipos de letra, etc.). Los datos son los proporcionados por el anónimo de Rávena: recuérdese lo convencido que estaba de que la Tabula (por él llamada Mapamundi de Castorius) era la fuente principal de este cosmógrafo medieval. Desde que estuvo en su poder el mapa, el humanista Peutinguer se propuso editar una copia lo más fiel posible. Se puso enseguida manos a la obra, pero sólo se conservan dos bocetos del primer segmento conservado. Sus muchos compromisos como hombre de confianza del emperador Maximiliano le impidieron dedicarse a ello. A su muerte, el mapa quedó olvidado en su biblioteca, hasta que cuarenta años más tarde lo "rescató" el joven humanista Marcus Welsser, quien en 1590 publicó los bocetos de Peutinguer y, siete años más tarde, la primera edición de una copia calcográfica en tamaño reducido (aproximadamente la mitad) de la Tabula completa, con el título Tabula itineraria ex ilustri Peutingetorum bibliotheca. Las planchas y la impresión se hicieron en Amberes (imprenta de Plantinus). La primera impresión (se harían otras dos en los años siguientes) fue de 250 ejemplares, a 25 escudos (sous) cada uno. Desde entonces, se han sucedido ininterrumpidamente los estudios y ediciones de este tesoro cartográfico. La última edición facsímil data de 1976 y se titula directamente Tabula Peutingeriana. En 1863, los responsables de la Biblioteca Imperial decidieron separar las once piezas de pergamino, con el fin de garantizar una mejor conservación. Cada una de ellas fue enmarcada en un passe-partout de cartón. La representación del mundo conocido a finales de la antigüedad que encontramos en la Tabula no responde a criterios estrictamente cosmográficos. Es una presentación deformada y convencional que no tiene en cuenta aspectos fundamentales y ya entonces sobradamente conocidos por los geógrafos antiguos, como puntos cardinales, longitud y latitud, escalas y proporciones, etc. El mundo conocido aparece estirado longitudinalmente. En este sentido, se aparta por completo de la tradición griega de las representaciones circulares u ovaladas (formato "cuatripartito"), retomadas en la Edad Media a partir de Orosio y san Isidoro. A pesar de que, en su origen, abarcaba desde las Columnas de Hércules hasta la Desembocadura del Ganges (límite de la Expedición de Alejandro), la cuenca del Mediterráneo ocupa las tres cuartas partes del pergamino. Y, dentro de esta cuenca, la parte occidental, el doble de espacio que la oriental e Italia, una extensión desmesurada. La extensión está claramente relacionada con la importancia y el nivel de conocimiento. Pero, aunque está claro que el autor no pretendía una representación cosmográfica, científica, no por eso desconocía a los "clásicos": el presentar a la tierra firme rodeada por todas partes por el Océano arranca de Erastótenes y mucha de la información sobre el Mediterráneo oriental procede de Ptolomeo. Las tres cuartas partes correspondientes al Imperio Romano propiamente dicho (de Gades a Antioquía) están divididas longitudinalmente en dos franjas, separadas por un estrecho canal que representa el Mar Mediterráneo con sus islas (faltan las Baleares, que estarían en el primer segmento perdido). La franja superior (Europa y Asia Menor) es dos veces y media más ancha que la inferior (Africa y Oriente Medio). Paralelos al Mediterráneo, aparecen representados también por sendos canales el Adriático y el Mar Negro (Pontus Euxinus). Curiosamente no aparece el rótulo de Mar Mediterráneo. En su lugar, y completamente descolocados, aparecen el del Mar Egeo (Igeum Mare, entre Sicilia y la isla de Yerba, y el de Hadriaticum Pelagus, ocupando las zonas del Jónico y del Egeo. La cuarta parte restante, que abarca toda Asia, aparece ocupada en su mayor parte por desiertos (campi deserti inhabitabiles) y está recorrido de oeste a este en su parte superior por una cadena de montañas sobre la que, hacia la mitad, aparece el Mar Caspio, comunicado con el Océano Septentrional. Esta forma de representar la imago mundi, aparte de estar condicionada por el tipo de soporte en que está pintada, tenía una larga tradición entre los romanos. La primera representación global del Imperio, que se remonta a la época de Augusto, ya tenía este formato. La diseñó y dirigio su ejecución Vipsanio Agripa, el brazo derecho del Princeps. Según Plinio, estaba pintada sobre las paredes de los Pórticos de Vipsania Polla, mandados edificar por Agripa en el Campo de Marte, cerca del Mausoleo de Augusto. El propio Augusto se encargó de terminar la obra, inconclusa a la muerte de Agripa. Fue uno más de los instrumentos propagandísticos puestos al servicio de la exaltación de la grandeza de Roma y de la política de Augusto, por parte de sus colaboradores y amigos. A este mapa se remonta en definitiva nuestra Tabula, como otras muchas copias de las que se tiene noticia, tanto portátiles (de papiro o pergamino) como fijas en edificios públicos y escuelas por todo el Imperio. El núcleo inicial de aquel mapa mural estaba constituido por el mapa de Italia que geógrafos griegos habían realizado por encargo de César en el 44 a.C. y los de las distintas provincias que se habían ido incorporando al Imperio. Era ésta una de las obligaciones de los magistrados encargados de administrarlas tras su conquista. El propio Agripa se había encargado de hacerlo con las Galias recién conquistadas por César. Y se sabe que, ya en la época de la República, los generales victoriosos exhibían en sus "triunfos" cartelones en los que aparecía representado, con trazos toscos y bien visibles, el territorio conquistado. La labor de completar y actualizar estos mapas no se interrumpió nunca. Todavía el emperador Juliano, en su correspondencia, le agradece a un funcionario el envío de un mapa de Bretaña: "su trazado es mejor que el de los anteriores". El original de la Tabula sería, así, tanto en cuanto al formato como al contenido, el resultado de esta larga tradición. Lo primero que llama la atención de este monumento de la antigüedad (aparte de su especial formato) es la proliferación de ciudades y lugares habitados que en él aparecen. Suman más de 3.500. Las ciudades (civitates) propiamente dichas aparecen representadas en su mayoría por un símbolo consistente en dos torres juntas o, a veces, separadas por una puerta. Destacan con una simbología de mayor tamaño y complejidad los tres grandes centros políticos del momento (Dinastía Constantiniana): Roma, Constantinopla y Antioquía. La primera, mediante una representación mayestática de la diosa Roma; la segunda, por una de la diosa Atenea y una torre (¿la de Gálata?) coronada por la estatua de un guerrero; en la tercera (la más llamativa) la figura sedente es la diosa Fortuna (la Tyche griega), acompañada por una representación antropomorfa del río Orontes, cercado por un acueducto y un parque en que destaca un bien dibujado templo. Antioquía tuvo una importancia especial en esta época de la dinastía constantiniana: allí había nacido Juliano y allí estableció la base para la invasión de Persia, en la que perecería. Era también la patria del historiador Amiano Marcelino, que en su Historia no le escatima elogios: "Famosa en todo el mundo y con la que no puede competir ninguna otra en abundancia de recursos, ya sean propios o importados" y "la perla de Oriente". Además, Amiano coincide significativamente con nuestro mapa, sobre todo en la descripción de las regiones de Oriente y resulta una lectura complementaria a la Tabula. La figuración destacada de esa ciudad, unida a estos otros datos, bien podría orientar la investigación sobre la Tabula original a un cosmógrafo (de nombre Castorius, ¿por qué no?) relacionado de alguna manera con Antioquía, Juliano y el mismo Marcelino. Aparecen con un símbolo especial, que recuerda un recinto amurallado, ciudades importantes en la época, como Rávena, Tesalónica, Nicea o Nicomedia. Junto a las ciudades propiamente dichas se reseña una gran variedad de "lugares". Destacan, por el tamaño y expresividad de su símbolo, los lugares relacionados con la existencia de agua en abundancia, importantísimos en una "guía de calzadas" (como ahora lo es la indicación de gasolineras): grandes construcciones cuadradas con una piscina dentro, con la leyenda aquas seguida del nombre de cada una, o del adjetivo calidas si eran centros termales. Por parecidas razones, aparecen destacados los grandes centros de abastecimiento de cereales (horreum, silo); las guarniciones militares importantes (praetorium); las tabernae (paradores) más famosas, con sus curiosos nombres: "Taberna de Rufino", "del Gallo Gegro" o "de Los Siete Hermanos". Están bien indicados los puertos más importantes, algunos con sus faros (Ostia, Alejandría, entrada del Bósforo en el Mar Negro). También se incluyen lugares de culto, mediante el dibujo de un templo esquemático (llama la atención su concentración en el Delta del Nilo). Al servicio de la localización aproximada de ciudades y lugares se dibujan los accidentes geográficos de una manera esquemática y naif: cordilleras, montañas aisladas, ríos, lagos, selvas, la costa con sus golfos, cabos y deltas, desiertos... Todos estos lugares están unidos por una intrincada red de líneas rectas y quebradas, que representan las cerca de 400 calzadas y los 100.000 kilómetros que constituían la impresionante red viaria del Imperio Romano, sin contar las que partían de Asia Menor hacia Oriente. Entre ciudad y ciudad, mediante un simple quiebro en la línea recta, se van indicando los nombres de lo que podríamos llamar finales de etapa o mansiones, que podían coincidir con algún lugar habitado o no. En este caso, consistían en un complejo hostelero-administrativo en el que una hospedería decente para los que iban en viaje oficial, almacenes en que abastecerse de alimentos yagua, fonduchos llamados cauponae para los simpIes mortales, etc. También solía haber en ellos pequeños destacamentos (stationes) para la protección del camino y de sus instalaciones o para escoltar a los viajeros importantes. Intercaladas estaban las paradas de postas (mutationes), en las que se podía cambiar de caballos, mulos o camellos, acudir al veterinario o reparar los carros. Como término medio, había una mansio cada treinta km y una mutatio, cada quince. Una divertida versión de un viaje así es la que nos describe Horacio en la V de sus Sátiras. Como las civitates, todos estos lugares tenían su propio nombre. Junto a él se indicaba la distancia hasta el siguiente puesto, sin faltar uno (de eso se trataba), expresado en "números romanos". Los estudiosos de la Tabula no tardaron en darse cuenta de que esas cifras no expresaban siempre la misma unidad de medida. Predomina, como es natural, la "milla romana" (milia passuum, "un millar de pasos"), es decir 1.485 m. Por eso los mojones que marcaban cada una se denominan "miliarios". Pero no era esa la unidad que se empleaba en los dos extremos de la parte conservada: en las provincias galas, si exceptuamos la Narbonense, es decir, hasta Lyon, se utiliza como unidad la legua (leuga, lega en la Tabula) que medía 2.426 m. En el extremo opuesto, en Persia se utiliza la parasanga (unas cuatro millas romanas) y en la India, otra medida distinta ("milla india"), que equivale a dos millas romanas. El sistema de comunicaciones era vital para el mantenimiento de aquel Imperio tan extenso. El conjunto de instalaciones expuesto en esta Tabula y los servicios anejos (animales de carga y monta, escoltas, etc.), estaban destinados prioritaria y casi exclusivamente a satisfacer las necesidades del "tráfico oficial", traducción de la expresión cursus publicus empleada en los documentos de la época, desde su primer organizador Octavio Augusto. La regulación de este tráfico y el uso de las instalaciones eran objeto de estricto control imperial, como manifiesta la nutrida legislación recogida en el Codex Theodosianus. El uso por particulares era un privilegio que se concedía con cuentagotas. Los principales departamentos de la Administración que utilizaban las instalaciones y servicios del cursus publicus eran la Corte imperial y los altos funcionarios de los gobiernos provinciales, el servicio de correos, el de recaudación de impuestos, el de abastos (lo que los romanos llamaban annona) y, desde luego, el ejército. Vegecio (fines del siglo IV), autor de un Epítome de teoría militar; dice que la primera obligación de un general es "tener perfectamente recopilados los itinerarios de todas las regiones en que se va a desarrollar la guerra, así como las distancias entre los lugares reflejada no sólo en el número de pasos sino también en el estado de las vías... Todo ello no sólo anotado por escrito sino incluso pintado, a fin de que pueda elegir el camino a seguir, basándose no sólo en el consejo de la mente sino también en lo que ven los ojos". Está claro que Vegecio estaba familiarizado con este tipo de mapas "pintados", de los que sólo se ha conservado un ejemplar, gracias al buen oficio del copista del scriptorium de Colmar y, sobre todo, al entusiasmo y olfato de un joven humanista vienés llamado Konrad Celtes. Ver, Artemidoro (Mapa de), Itinerario de Antonino, Anónimo de Rávena, Vasos Apolinares, Itinerario de barro, Corpus Inscriptionum Latinarum.
 
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