Perugia

Guerra de (siglo I a.C.). Tras la victoria de Filipos, Antonio y Octaviano acordaron remodelar los objetivos y las provincias a espaldas del tercer triunviro, Lépido. Se decidió que Antonio permaneciera en Oriente para preparar la proyectada expedición contra los partos, mientras Octaviano regresaría a Italia para hacer realidad los prometidos repartos de tierras a los veteranos. La tarea de Octaviano era difícil y arriesgada, pero también prometía enormes ventajas. Si con las expropiaciones corría el riesgo de atraerse el odio de la población de Italia, el asentamiento de 60.000 veteranos le proporcionaba una plataforma de poder real absolutamente segura. Antonio se dio cuenta demasiado tarde de su error y trató de minar la posición de Octaviano en Italia con la ayuda de su hermano. el cónsul Lucio, hasta los límites del enfrentamiento armado (la llamada guerra de Perugia). Antonio se trasladó a Italia y, en Brindisi, estuvo a punto de producirse un choque de fuerzas, que los propios soldados de ambos bandos evitaron al exigir una reconciliación. Tras largas negociaciones, se llegó finalmente a un acuerdo: Octaviano recibió las provincias occidentales y Antonio,, las orientales; Lépido hubo de conformanse con África. El pacto de Brindisi fue sellado con una alianza matrimonial: Antonio desposó a Octavia, hermana de Octaviano, y, aunque era demasiado antinatural para durar, proporcionó a Octaviano un año de respiro, en el que se dedicó a consolidar su posición en Italia y en las provincias galas e hispanas. Los recelos volvieron a aflorar, pero la intervención de Octavia logró que ambos líderes firmaran un nuevo acuerdo en Tarento, que sólo beneficiaba a Octaviano: a cambio de una vaga promesa de apoyar con soldados la guerra parta de Antonio, el joven César tuvo las manos libres para acabar con el largo problema que planteaban, frente a las costas de Italia, las fuerzas piráticas del hijo menor de Pompeyo, Sexto.
 
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