Mérope
La más célebre de este nombre es la hija del rey de Arcadia, Cípselo, casada con el heraclida Cresfontes. Cípselo la había dado en matrimonio a Cresfontes para asegurarse la alianza de los Heraclidas y conservar el reino. En el reparto del Peloponeso entre los Heraclidas, a Cresfontes le correspondió Mesenia. Mérope fue protagonista de una aventura que Eurípides utilizó para construir un drama, hoy perdido, pero cuya intriga es posible reconstruir. Cresfontes, que en otras tradiciones había muerto víctima de una rebelión de sus súbditos, en esta tragedia era asesinado por Polifontes, uno de los Heraclidas. Al mismo tiempo, Polifontes inmolaba a los dos hijos mayores de Cresfontes y se casaba con la viuda de éste, Mérope, contra la voluntad de ella. También había logrado Mérope salvar a su hijo menor, Épito, enviándolo a Etolia, a casa de unos amigos, y continuaba en relación con él por medio de un viejo y fiel servidor que efectuaba el viaje en secreto. Pero Polifontes sabía que el joven Épito no había muerto, lo cual constituía para él un motivo de preocupación. Por ello dio orden de que se le buscara, a fin de evitar que se presentase un día como vengador a exigirle cuentas. Había ofrecido una cuantiosa recompensa a quien matase a Épito. Sin embargo, éste había crecido y se había propuesto vengar a su padre y hermanos. Adoptando el nombre de Telefontes, se presentó al rey y le pidió el premio, asegurándole que había conseguido matar a Épito. El rey no prestó crédito sin más a su palabra, pero le pidió que se quedase en su palacio, en calidad de huésped, mientras él se informaba. Entretanto, Mérope recibió al criado que servía como intermediario entre ella y su hijo, y el viejo le advirtió que desconocía el paradero de Épito; éste había desaparecido misteriosamente unos días antes. Mérope no tuvo ya dudas acerca de que el extranjero que el rey había acogido no era en realidad, como él pretendía, el asesino de su hijo. Una noche penetró en el aposento donde dormía el falso Telefontes, decidida a inmolarlo. Ya tenía el puñal levantado cuando se presentó el viejo y detuvo su brazo al reconocer en el supuesto asesino al propio hijo de Mérope, el verdadero Épito. Éste se puso entonces de acuerdo con su madre para hallar la manera de vengarse y matar a Polifontes. Mérope se vistió de luto tan ostensiblemente como pudo, y a Polifontes no le cupo ya duda de que su hijo estaba verdaderamente muerto. Además Mérope, que hasta entonces se había mostrado hostil a su marido, se le acercó como si hubiese perdido toda esperanza y se resignase a su suerte. El rey lleno de alegría, dispúsose a celebrar un sacrificio de acción de gracias, e invitó al falso Telefontes como huésped de honor, pidiéndole que él mismo inmolase la víctima. Pero en el altar, en vez de sacrificar al animal, el joven clavó el cuchillo en el corazón de Polifontes, vengando de esta suerte a su padre, a sus hermanos, así como el largo sacrificio de su madre. Luego le fue muy fácil hacerse proclamar rey.

