Náyades
o Idríades. Las Náyades son las ninfas del elemento líquido. En su calidad de ninfas son seres femeninos, dotados de gran longevidad, pero mortales (Ver, Hamadríades, Ninfas). Así como las Hamadríades personifican la vida misteriosa del árbol al que están vinculadas, las Náyades encarnan la divinidad del manantial o del curso de agua que habitan. A veces sólo hay una, que es la ninfa de la fuente. Otras veces, una misma fuente tiene varias, consideradas como hermanas, iguales entre sí. Su genealogía es variable, tanto según los mitógrafos como según las leyendas. Homero las llama "hijas de Zeus", pero en otras partes se las relaciona con la estirpe de Océano. Con más frecuencia son, simplemente, hijas del dios del río en que habitan. Así, las hijas del Asopo son náyades. Todas las fuentes célebres tienen su náyade, que cuenta con un nombre y una leyenda propia. Así, por ejemplo, la ninfa Aretusa, de Siracusa, de la cual se contaba que era una ninfa de Acaya, compañera de Ártemis y, como su protectora, desdeñaba el amor. Un día que había cazado con más ardor que de costumbre, encontró un río de aguas diáfanas y frescas, y sintió deseos de bañarse en él. Mientras nadaba sin que nadie la viese, una voz salió del agua. Era Alfeo, el dios del río, encendido de pasión por la doncella. Asustada, Aretusa huyó tal como estaba. El dios la persiguió, y la carrera duró largo tiempo, hasta que la ninfa, agotadas las fuerzas. suplicó a Ártemis que la salvase. La diosa la envolvió en una nube y, aterrada, porque Alfeo se negaba a abandonar el sitio donde había visto desaparecer al objeto de su amor, Aretusa se convirtió en una fuente. Entreabrióse entonces la tierra para evitar que el dios mezclase sus aguas con las del manantial en que Aretusa se había transformado, y lograse así, en esta forma nueva, unirse a ella. Guiada por Ártemis, Aretusa siguió por caminos subterráneos y llegó hasta Siracusa, en la isla de Ortigia, que está dedicada a la diosa. El carácter reciente de esta leyenda, invención de los poetas alejandrinos, es evidente. Está destinada a explicar la homonimia de dos fuentes: una, situada en Élide, y la otra, en Sicilia. Ha sido construida sobre el esquéma habitual de la persecución apasionada y la metamorfosis. Sin embargo, estas invenciones sólo eran posibles por ser las náyades personajes familiares a la imaginación helénica y porque cada fuente y cada río poseía la suya. Con frecuencia, las náyades pasaban por poseer virtudes curativas: los enfermos bebían agua de las fuentes que les estaban consagradas, o bien, aunque más raramente, se bañaban en ellas. A veces, el baño se consideraba sacrílego, y el que afrontaba este riesgo se exponía a la cólera y la venganza de las diosas, que se manifestaban en alguna enfermedad misteriosa. En la misma Roma, Nerón al bañarse en la fuente de la Marcia, uno de los más apreciados acueductos de la ciudad, fue atacado por una especie de parálisis y por fiebres, que le duraron varios días. Estas molestias fueron atribuidas al enojo de las náyades, protectoras del agua sagrada. Otro riesgo que corría el que ofendía a las náyades era la locura. Quien acertaba a verlas, por ejemplo, quedaba "poseído" por ellas y atacado de enajenación mental (Ver, Linfas). En el origen de muchas genealogías se encuentra una náyade. Por ejemplo, la esposa de Endimión, madre de Etolo; la de Magnes, las de Lélege, Ébalo, Icario, Erictonio, Tiestes, etc. También desempeñan un importante papel en las leyendas locales, y su intervención permite vincular directamente tal o cual héroe al suelo de la ciudad o de la comarca. Las náyades abundan sobre todo en las tradiciones del Peloponeso. Ver, Ninfas.

