Tercera Guerra Sagrada

En 356 a.C., el santuario de Delfos era de nuevo la ocasión de una guerra sagrada, la tercera. Como un siglo antes, eran los focios a quienes se acusaba de sacrilegio. Entre los miembros de la Anfictionía, Tebas era la que se mostraba más encarnizada contra esos vecinos a los que les oponía una vieja rivalidad. Pero los focios, apoyados por Atenas y por Esparta, pusieron a su cabeza un hombre enérgico, Filomelos, y se apoderaron del santuario. El tesoro sagrado les dio los medios de reclutar un ejército de mercenarios con el cual Filomelos, y más tarde, después de su muerte, su sucesor Onomarcos alcanzaron éxitos. Onomarcos penetró incluso en Tesalia, donde los tiranos de Feres y de Crannon le eran favorables. Otras ciudades de Tesalia llamaron entonces a Filipo. Después de un grave fracaso en 353, el macedonio volvió a Tesalia al año siguiente y aplastó a las tropas de Onomarcos, que murió en la batalla. Esto no puso fin a la guerra sagrada, pues Filipo no pudo franquear las Termópilas, guardadas por los aliados de los focios, para entrar en Grecia central, pero por lo menos había pasado a ser el aliado y el protector de Tesalia. Se volvió entonces hacia la Tracia, donde impuso su alianza a reyes indígenas y condujo su ejército hasta la Propóntida. Atenas, que había vuelto a poner el pie en Sestos, en el Quersoneso, se inquietó de nuevo. Pero tuvo muchas más causas de temor cuando Filipo decidió someter las ciudades de la Calcídica, y las tomó una después de otra. La más importante, Olinto, cayó en 348. A despecho de las llamadas inflamadas del orador Demóstenes, que veía aumentar el peligro, Atenas había sido incapaz de socorrer a Olinto en tiempo útil. La ciudad fue arrasada y toda la Calcídica incorporada al reino de Macedonia. Al mismo tiempo, las intrigas de Filipo habían separado Eubea de la Confederación marítima de Atenas. Los atenienses se decidieron entonces a negociar: una embajada enviada a Pella, capital del reino macedonio, preparó en 346 la paz llamada de Filócrates, del nombre del principal plenipotenciario ateniense, al que acom-pañaban Demóstenes y el orador Esquines *; este último debía dejarse sedu-cir por Filipo y pasar a ser un partidario convencido de su política. Según los términos del tratado, cada uno guardaba sus posesiones del momento, pero Filipo se había negado a mencionar a los focios entre los aliados de Atenas beneficiarios de las convenciones: reguló su suerte rápidamente, el mismo año 346, ocupando el país. La Anfictionía castigó a los focios con una pesada multa anual en reparación de los pillajes cometidos en el santuario de Delfos.
 
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