Fratría

Más allá de los tiempos que se llaman históricos, la familia constituyó la única forma de sociedad. Podía contener en su amplio marco muchos millares de seres humanos, pero la asociación humana todavía era demasiado pequeña en tales límites, demasiado pequeña para las necesidades materiales, pues era difícil que esta familia se bastase en los azares de la vida; demasiado estrecha también para la satisfacción de las necesidades morales de nuestra naturaleza, ya que en este pequeño mundo la comprensión de lo divino resultaba insuficiente y la moral incompleta. La pequeñez de esta sociedad primitiva respondía bien a la pequeñez de la idea que de la divinidad se había forjado. Cada familia tenía sus dioses, y el hombre sólo concebía y adoraba a divinidades domésticas. Pero no podía contentarse durante mucho tiempo con estos dioses tan por debajo de lo que su inteligencia puede concebir y si aún le faltaban muchos siglos para llegar a representarse a Dios como a un ser único, incomparable, infinito, al menos debía de acercarse insensiblemente a este ideal, agrandando de edad en edad su concepción y alejando poco a poco el horizonte cuya línea separa para él al ser divino de las cosas terrestres. La idea religiosa y la sociedad humana se ensancharían, pues, al mismo tiempo. La religión doméstica prohibía a dos familias mezclarse e identificarse, pero era posible que varias familias, sin sacrificar nada de su religión particular, se uniesen al menos para la celebración de otro culto que les fuese común. Esto es lo que ocurrió. Cierto número de familias formaron un grupo que la lengua griega llamó fratría y la lengua latina curia. ¿Existía entre las familias del mismo grupo un lazo de nacimiento? Imposible afirmarlo. Lo indudable es que esta nueva asociación no se fundó sin cierta amplitud de la idea religiosa. En el mismo momento de unirse, estas familias concibieron una divinidad superior a sus divinidades domésticas, divinidad común a todas y que velaba por el grupo entero. Eleváronle un altar, le encendieron un fuego sagrado y le instituyeron un culto. No existía curia o fratría sin altar y sin dios protector, y el acto religioso era de idéntica naturaleza que en la familia; consistía esencialmente en una comida celebrada en común; la carne se había preparado en el altar mismo y, por lo tanto, era sagrada. La divinidad estaba presente y recibía su parte de comida y bebida. Estas comidas de la curia subsistieron durante mucho tiempo en Roma; Cicerón las menciona y Ovidio las describe. Todavía en tiempos de Augusto conservaban todas sus formas antiguas. "En estas moradas sagradas, dice un historiador de esta época, he visto la comida preparada ante el dios: las mesas eran de madera, según la costumbre de los antiguos, y la vajilla de tierra. Los alimentos consistían en panes, tortas de flor de harina y algunas frutas. He visto hacer las libaciones: no caían de áureas o argentadas copas, sino de vasos de barro y he admirado a los hombres de nuestros días que tan fieles siguen a los ritos y a las costumbres de sus padres". Los días de fiestas, como las Apaturias y las Targelias, cada fratría se reunía en Atenas alrededor de su altar, inmolaba una víctima y las carnes, cocidas en el fuego sagrado, se distribuían entre todos los miembros de la fratría, teniendo gran cuidado de que ningún extraño se inmiscuyese. Hay costumbres que han durado hasta los últimos tiempos de la historia griega y que vierten cierta luz sobre la naturaleza de la fratría antigua. Así, en tiempos de Demóstenes, vemos que para formar parte de una fratría era preciso haber nacido de un matrimonio legítimo en una de las familias que la componían; pues la religión de la fratría, como la de la familia, sólo se transmitía por la sangre. El joven ateniense era presentado a la fratría por su padre, el cual juraba que era su hijo. La admisión se celebraba de forma religiosa, la fratría inmolaba una víctima y cocían la carne en el altar; todos los miembros se encontraban presentes. Si, como tenían derecho, rehusaban la admisión del recién llegado por dudar de la legitimidad de su nacimiento, debían retirar la carne del altar; si no lo hacían, si tras la cocción se distribuían con el recién llegado las carnes de la víctima, el joven quedaba admitido y se convertía irrevocablemente en miembro de la asociación. Explica este rito la creencia antigua de que cualquier alimento preparado sobre un altar y compartido por varias personas, establecía un lazo indisoluble y una unión santa, que sólo cesaba con la vida. Cada fratría o curia tenía un jefe, curión o fratriarca, cuya principal función consistía en presidir los sacrificios. Posiblemente sus atribuciones fueron más amplias al principio. La fratría tenía sus asambleas, sus deliberaciones, y podía redactar decretos; en ella, como en la familia, había un dios, un culto, un sacerdocio, una justicia, un gobierno. Era una pequeña sociedad modelada exactamente sobre la familia. La asociación prosigue aumentando naturalmente y de la misma manera; varias curias o fratrías se agrupan y forman una tribu; este nuevo círculo también tuvo su religión, en cada tribu hubo un altar y una divinidad protectora. El dios de la tribu era ordinariamente de igual naturaleza que el de la fratría o el de la familia; era un hombre divinizado, un héroe. De él recibía la tribu su nombre, por eso los griegos le llamaban héroe epónimo, tenía su día de fiesta anual, y la parte principal de la ceremonia religiosa era una comida en que la tribu entera tomaba parte. La tribu, como la fratría, celebraba sus asambleas y emitía decretos, que todos sus miembros habían de acatar. Tenía un tribunal y un derecho de justicia sobre sus miembros. Tenía un jefe, tribunus. Por lo que nos queda de las instituciones de la tribu, se ve que en su origen estuvo constituida para ser una sociedad independiente y como si no hubiese tenido ningún poder social superior.
 
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