Sibila

La palabra Sibila (griego, Sibylla) parece ser de origen asiático. Se refiere que era una mujer prodigiosamente anciana que caía en estados de éxtasis religioso en los cuales respondía a las consultas mediante estrofas poéticas, muchas de las cuales fueron transcritas y se conservan en nuestros días. En ss. posteriores, la Sibila siguió apareciendo en distintos santuarios del mundo griego y luego en Italia. La más importante de las profetisas de la literatura y de las tradiciones griegas y latinas, fue mencionada por primera vez en los escritos del sabio Heráclito de Éfeso (el mismo que definió a la energía como un estado de la materia) alrededor del año 540 a.C. Sibila es, esencialmente, el nombre de una sacerdotisa encargada de enunciar los oráculos de Apolo. Los antiguos dieron este nombre a ciertas mujeres, a las cuales atribuyeron el conocimiento de lo futuro y el don de la profecía. El nombre de Sibila era particular de la profetisa de Delfos, tomado de una palabra griega que significa inspirada o aconsejada por los dioses pero después se hizo común a todas las mujeres que rendían oráculos. El número de las sibilas es desconocido. Platón, que fue el primero que trató de ellas, parece que no reconocía más que una. Algunos autores modernos han seguido la opinión de Platón diciendo que, efectivamente, no hubo más que una que era la de Eritrea, en Jonia, pero que ha sido multiplicada en los escritos de los antiguos por razón de haber vivido y viajado muchísimo tiempo. Solino y Ausonio cuentan tres, Eliano cuatro, y Varrón, seguido por la mayor parte de los sabios, distingue diez sibilas. Existe gran número de leyendas acerca de "la" o "las" Sibilas. Según ciertas tradiciones, la primera Sibila era una joven de este nombre, hija del troyano Dárdano y Neso, hija ésta de Teucro. Dotada del don profético, había gozado de una gran reputación de adivina. Otra tradición pretendía que la primera de todas las Sibilas, desde el punto de vista cronológico, no era esta troyana, sino una hija de Zeus y Lamia, hija ésta de Posidón, a quien los Libios pusieron el nombre de Sibila y que en su tiempo formulaba oráculos. La segunda Sibila fue Herófila. Era oriunda de Marpeso, Tróade, hija de una ninfa y de un padre mortal. Había venido al mundo antes de la guerra de Troya, y había dicho que Tróade sería asolada por culpa de una mujer nacida en Esparta (Helena). En Delos existía un himno que ella había compuesto en honor de Apolo, en el cual se llamaba "esposa legítima" del dios y a la vez su "hija". Esta Sibila pasó la mayor parte de su vida en Samos, pero también estuvo en Claro, Delos y Delfos. Llevaba consigo una piedra, sobre la cual se subía para profetizar. Murió en Tróade, pero su piedra se encontraba en Delfos, donde era mostrada en tiempos de Pausanias. La más célebre de las Sibilas helénicas es la de Eritras, en Lidia. Su padre se llamaba Teodoro, y su madre era una ninfa. Decíase que había nacido en una gruta del monte Córico. Inmediatamente después de su nacimiento, creció de pronto y se puso a profetizar en versos. Muy joven aún, sus padres la consagraron, contra su voluntad, al templo de Apolo. Había vaticinado que sería muerta por una flecha de su dios. Vivió, según dicen, nueve vidas humanas, de ciento diez años cada una. Una tradición pretendía que esta Sibila de Eritras era la misma que la de Cumas, en Campania, que desempeñó un papel importante en las leyendas romanas. Esta Sibila italiana tan pronto era llamada Amaltea, como Demófila o Herófila. Formulaba sus oráculos en una gruta. Apolo le había concedido el privilegio de vivir tantos años como granos de arena pudiese contener su mano, a condición de no regresar nunca a Eritras. Por esta razón se había instalado en Cumas. Pero habiéndole enviado los eritreos, por error, una carta cuyo sello era de tierra de su país, murió al ver este trozo de su patria. También se contaba que habiendo pedido una larga vida a Apolo, que la amaba y había prometido concederle la satisfacción del primer deseo que expresara, se había olvidado de pedirle al mismo tiempo la juventud. El dios se la ofreció a cambio de su virginidad, pero ella rehusó. Así, a medida que envejecía, iba volviéndose más y más menuda y seca, hasta que terminó pareciendo una cigarra, y la encerraron como un pájaro en una jaula, colgándola en el templo de Apolo de Cumas. Los niños le preguntaban: "Sibila, ¿qué quieres?". Y ella, cansada de vivir, respondía: "Quiero morir". De la Sibila de Cumas se decía que había ido a Roma durante el reinado de Tarquino el Soberbio, llevando hasta nueve colecciones de oráculos. Ofreció vendérselos al rey, pero éste rehusó por encontrar excesivo el precio. A cada negativa, la Sibila quemaba tres de ellas. Al fin Tarquino compró las tres últimas y las depositó en el templo de Júpiter Capitolino. Cumplida su misión, la Sibila desapareció. Durante la República, y hasta la época de Augusto, esos "libros sibilinos" ejercieron gran influencia en la religión romana. Eran consultados en caso de desgracia, de un prodigio o de algún acontecimiento extraordinario, siendo necesario que precediese un decreto del Senado, puesto que estaba prohibido a los magistrados dejarlos ver a nadie. Unos magistrados especiales estaban encargados de la conservación y consulta de estos libros. Valerio Máximo cuenta que M. Atilio, magistrado, fue condenado al suplicio de los parricidas por haber permitido a Petronio Sabino que sacase una copia. Se encontraban entonces en ellos prescripciones religiosas: introducción de un nuevo culto, sacrificio expiatorio, etc., destinados a salir al paso de la situación imprevista. Esta primera colección de los oráculos sibilinos fue consumida en el incendio del Capitolio, bajo la dictadura de Sila. En la Eneida, Virgilio da a la Sibila de Cumas por guía a Eneas en su descenso a los Infiernos. Existía otra Sibila de menos renombre, en Samos. Llamábase Fito. Sobre la Sibila hebraica, ver, Sabe. Estas antiguas y misteriosas tradiciones sobrevivieron incluso a la arremetida devastadora del cristianismo, que borró casi por completo las antiguas religiones. En los primeros textos cristianos y judíos, entre los ss. V y I d. J.C, se compara la palabra de la Sibila con la del rey David, como ocurre en el Dies Irae, en que se afirma: testimonio de David y de la Sibila. Entre las más nobles representaciones de la Sibila se encuentra la pintura de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina del Vaticano. Ver, Libros Sibilinos, Quindecenviros, Deifobea.
 
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