Silvano
Silvano es una divinidad romana que preside los bosques (silvae). Se distingue con dificultad de Fauno, y en el panteón romano helenizado fue identificado rápidamente con Pan. Macrobio distingue tres Silvanos: el primero dios doméstico o Lar, el otro dios campestre, y el tercero, dios oriental, o el dios Término, llamado propiamente Silvano, por cuyo motivo le atribuían la invención de los límites. Servio apoya esta opinión, pero añade que, según los filósofos, Silvano era el dios de la materia que es la masa y la hez de los elementos. Representaban a Silvano con cuernos y la mitad del cuerpo de cabra o bien bajo forma humana, con los rasgos de un anciano, pero en realidad estaba dotado de la fuerza de un joven. Sus atributos eran una podadera en la mano, una corona toscamente trabajada de hojas de pino y de piñas, un vestido rústico que le bajaba hasta las rodillas. Cerca de él hay un perro y, finalmente está rodeado de árboles de los bosques. A Silvano, bajo la forma de Pan, lo representaban con cuernos, orejas y toda la parte inferior de su cuerpo de cabra, desnudo y coronado de hiedra llevando en la mano izquierda una rama de pino o de ciprés. Finalmente le representaban también bajo la forma de Término. Silvano era honrado en Italia, donde, según se suponía, había nacido y reinado para la dicha de los hombres. Su culto está ligado al de Heracles y también al de los Lares domésticos. En Roma tenía varios templos y sus sacerdotes formaban uno de los principales colegios del sacerdocio romano. Se le ofrecían en sacrificio leche y cerdos, y se adornaban sus altares con ramas de pino y ciprés. Era enemigo de los niños por la inclinación que éstos tienen en destruir los árboles. En conclusión, le consideraban como un íncubo y, en consecuencia, era el terror de las mujeres embarazadas, de modo que era necesario implorar contra él la protección de las divinidades Intercido, Pilumno y Deverra. Simple "numen", Silvano carece de mitos bien caracterizados. Solía vivir en los bosques sagrados, cerca de las ciudades, o en pleno campo. Se le atribuye un prodigio ocurrido cuando la expulsión de los Tarquinos. Los ejércitos etrusco y romano acababan de librar una batalla, y en uno y otro bando, la matanza había sido tan enorme que la jornada había quedado indecisa. Durante la noche se oyó una voz divina que proclamaba que los romanos habían vencido, pues habían perdido un hombre menos que sus adversarios. Los etruscos, descorazonados, se dieron a la fuga, abandonando su campamento a los romanos. Efectuado el recuento de muertos viose que la voz misteriosa, la de Silvano, había dicho la verdad. Ver una leyenda análoga en el registro Ayo Locucio.

