Terambo
Hijo de Eusiro, que lo es, a su vez, de Posidón, y de la ninfa de los montes Idótea. Habitaba de joven en las alturas del monte Otris, donde guardaba grandes rebaños. Dotado de una voz melodiosa, era a la vez un gran tocador de caramillo, y se dice que fue el primer mortal que cantó acompañándose de la lira. Por eso era favorito de las ninfas, que acudían a escucharlo. El propio dios Pan se le mostraba propicio. Hacia el final del verano, Pan le aconsejó que volviese al llano con su ganado, porque el invierno sería precoz y duro. Terambo, con la indolencia y el orgullo propios de la juventud, no le hizo caso. Incluso empezó con manifestaciones irónicas acerca de las ninfas, pretendiendo que no eran hijas de Zeus, sino que tenían por antepasado al dios-río Esperqueo. Contaba también que un día Posidón, enamorado de una de ellas, llamada Diopatra, había clavado a las demás en el suelo por medio de raíces, transformándolas temporalmente en álamos. Después, satisfecha ya su pasión, las había restituído a su forma primera. Tales eran las habladurías de Terambo. Al principio las ninfas se callaron, pero pronto empezaron las heladas, abundante nieve cayó en la montaña, los árboles perdieron sus hojas, y el rebaño de Terambo se fundió a ojos vistas. Él quedó solo en el monte, y entonces las ninfas se vengaron metamorfoseándolo en un "ciervo volante comemadera" que, para alimentarse, roía la corteza de los árboles. Este insecto sirve de juguete a los niños, los cuales le cortan la cabeza, cuyos enormes cuernos se parecen algo a una lira. Ver, Cerambo.

