Tiranía
En la teoría política griega (clásica) la tiranía no era sino una degeneración de la monarquía. Según Aristóteles, la diferencia entre un monarca y un tirano radicaba no en la naturaleza de su poder, absoluto en ambos casos, sino en la forma de ejercerlo: el primero, conforme a la ley (nomos) de la ciudad y en provecho de sus súbditos; el segundo, contra ésta y en beneficio propio. En este sentido, algunos reyes como Fidón de Argos pasaron a la historia como auténticos tiranos, aunque su descendencia de la realeza argiva es indiscutible. En realidad los tiranos proceden de las familias aristocráticas que en la generación anterior habían acabado con las monarquías. La tiranía es, por tanto, un fenómeno característico de la Grecia denominada "arcaica", aun cuando algunos regímenes tiránicos, en las colonias, se implantaron incluso después de este período. No obstante, la mayor parte de los regímenes tiránicos en Grecia se configuraron hacia mediados del siglo VII a.C. y durante al menos un siglo fueron la forma de gobierno predominante de algunas ciudades griegas. Sin embargo, las tiranías no afectaron a todas las "poleis" y, a decir verdad, tan sólo a unas pocas, a pesar de su incidencia en el contexto económico y político del mundo griego. De hecho, el Peloponeso, la Grecia central salvo Atenas y la septentrional no conocieron "tiranías". Dos grupos de estados quedaron al margen de este contexto: de un lado, las "poleis" con escasos recursos, en las que el sector artesanal y comercial no se había desarrollado todavía; de otro lado, las "poleis" poderosas, como Esparta o Tebas, en las que el poder aristocrático u oligárquico no se había debilitado con la lucha entre aristocracia y "demos" o con las rivalidades internas entre las distintas facciones aristocráticas. De este contexto de inestabilidad política emergió la figura del "tyrannos", término probablemente de origen lidio, que identificaba a un gobernante con poderes extraordinarios y no compartidos por otros miembros de la comunidad. La versión griega del "tyrannos", en cambio, adquirió su acepción peyorativa tradicional en el siglo V tras el fracaso de la experiencia ateniense. El carisma del tirano como líder popular fue entendido entonces como pura demagogia y su oposición a los regímenes aristocráticos como un detestable abuso de poder. Pero esta imagen negativa de la tiranía no se corresponde con la realidad histórica. Durante algún tiempo, al menos una generación, los tiranos contaron con el apoyo del "demos" y constituyeron o reforzaron ejércitos de base hoplítica contra la aristocracia, por lo que a campesinos endeudados, artesanos y pequeños comerciantes no parece haberles importado el hecho de que el "tirano" hubiera alcanzado el poder por la fuerza y de forma anticonstitucional, pero tampoco que fuera un miembro de la aristocracia. En efecto, de los tiranos conocidos ninguno es ajeno a los linajes aristocráticos, aunque su obra política iba encaminada tanto a reforzar las bases de su poder como a debilitar a sus oponentes. En la segunda generación, en cambio, los tiranos que no pueden mantener su poder adquirido por vía hereditaria tienen que recurrir a la violencia, a la crueldad contra sus rivales. Se rodean de un ejército de mercenarios y se convierten en auténticos déspotas favoreciendo de nuevo el descontento popular. Pero esta vez la "stasis" se volvió contra ellos. Probablemente alguna "entente" entre aristocracia y "demos" hizo inútiles las actitudes populistas de los tiranos. No hay que olvidar, sin embargo, el apoyo prestado a las aristocracias por los regímenes oligárquicos ya constituidos, como Esparta. El término del proceso concluirá con constituciones más moderadas, en las que la "eugueneia" dejaba paso a la "timema" o, dicho de otro modo, el linaje noble a la posesión de fortuna. En cambio, en las comunidades que ya habían evolucionado hacia formas timocráticas, la experiencia de la tiranía fue innecesaria; el propio régimen aristocrático otorgaba periódicamente poderes extraordinarios a algunos magistrados, con títulos significativos: "árbitro" o mediador (dialaktes), "juez" supremo (asymnetes) y "legislador" (nomothetes). De hecho, estos gobernantes actuaban como tiranos, pero su poder no era vitalicio sino temporal y en conformidad con las decisiones del "demos". Como si de auténticos monarcas se tratara, los tiranos acumularon todo tipo de atribuciones para llevar a cabo sus propósitos, pero sería erróneo creer que éstos consiguieron imponerse y mantenerse simplemente por la fuerza de las armas, como pretende la tradición. Como miembro de la aristocracia, el tirano ha tenido el privilegio de controlar previamente una parcela de poder mediante el ejercicio de alguna magistratura como "archón" del "démos" y, particularmente, desempeñando cargos militares como "polemarco". El descontento popular contra la aristocracia y la inestabilidad política general fueron aprovechados por éste para imponerse sobre sus rivales con la complicidad del "demos", término que desde ahora dejará de designar al cuerpo ciudadano completo y se aplicará a los grupos inferiores: campesinos endeudados, artesanos, comerciantes, operarios urbanos. Mientras los "kakoi" reclamaban privilegios políticos, la población urbana no propietaria de tierras aspiraba obtener el privilegio de acceso a la ciudadanía. Los intereses de ambos serán atendidos por el nuevo gobernante adoptando diversas medidas: dictar justicia, otorgar la ciudadanía, confiscar propiedades, liberar deudas, redistribuir tierras. Con estas medidas los tiranos consiguieron poner fin a la "stasis" que les había encumbrado al poder. Posteriormente algunos tiranos promoverían nuevas fundaciones coloniales, formarían o fortalecerían ejércitos de hoplitas y emprenderían un vasto programa de obras públicas en las ciudades. De este modo, con el apoyo del campesinado y del sector urbano, con una guardia personal y un fuerte ejército, los tiranos contribuyeron a la liquidación de las viejas aristocracias. Pero las reformas sociales emprendidas por los tiranos no fueron puramente demagógicas, sino las exigidas por la nueva situación socioeconómica de las "poleis" implicadas. No es casualidad que éstas se correspondan bien con las que habían desarrollado una importante actividad comercial en las décadas precedentes, concretamente las ciudades del Istmo (Corinto, Mégara, Sición), algunas islas del Egeo (Naxos, Samos, Lesbos), las jonias de Mileto y Éfeso, y, mucho más tarde, Atenas. Casi todas ellas también habían participado en el proceso de expansión colonial, lo que originó un desigual desarrollo agrícola y artesanal. La participación de Mileto en la colonización del área póntica resultó decisiva no sólo para la metrópoli sino también para la vecina Éfeso que, sin participar en el fenómeno colonial, experimentó asimismo un fuerte desarrollo comercial. Algo similar ocurrió con las ciudades del Istmo, donde Sición, sin ser tampoco colonizadora, se convirtió en un gran centro de producción artesanal al amparo de las vecinas Mégara y Corinto, sin duda el principal centro comercial griego en esta época. Los nuevos grupos económicos de extracción urbana y aún no integrados en la "polis" reclamaron los privilegios políticos que correspondían a su posición económica. Las viejas aristocracias basaban su poder e influencia en la "polis" en la concentración de la propiedad de la tierra. Los beneficios generados por las relaciones de intercambio generaron nuevas formas de riqueza que rivalizaron pronto con la riqueza tradicional de base agraria. En consecuencia, los privilegios políticos de la aristocracia fueron cuestionados. Los ciudadanos no pertenecientes a los "guene" reclamaron el acceso a las magistraturas públicas, hasta ahora monopolizadas por los "aristoi"; los sectores acomodados urbanos aún no integrados en la "polis" exigían el acceso a la ciudadanía. En este contexto político la tiranía contribuyó a sentar las bases de un nuevo estado o, si se quiere, de formas más avanzadas de organización política. Pero es discutible que las tiranías hayan sido decisivas en la consolidación del "estado esclavista". Ni siquiera como régimen político, la tiranía griega fue un fenómeno unidireccional, dejando paso a regímenes oligárquicos y sólo eventualmente a formas democráticas, como en Atenas. Sin embargo, el protagonismo político del "demos" demostró a los grupos aristocráticos dirigentes que contar con el apoyo popular era inevitable para controlar la vida política. Aunque resulte paradójico, los testimonios sobre "tiranía" en las "poleis" griegas de época arcaica son realmente escasos. Es posible que este fenómeno afectara a mayor número de ciudades, pero la tradición historiográfica y literaria es realmente parca en este sentido. Tan sólo Heródoto, Tucídides, Éforo y el poeta Alceo, entre los contemporáneos, han dejado constancia de esta experiencia política. A través de ellos se conocen con cierto detalle los antecedentes y circunstancias que abocaron a la implantación de la tiranía en ciudades como Corinto, Sición, Samos y Mitilene. Del resto poco más que una lista de nombres, de los que es dudoso que fueran realmente tiranos. No obstante, dos hechos tienen particular interés histórico en estos relatos. El primero, referido al posible origen no aris-tocrático de algunos tiranos; el segundo, a los estrechos vínculos familiares o políticos entre ellos y sus respectivas "poleis". En efecto, la tradición pretende que Cipselo de Corinto, Ortágoras de Sición y Pítaco de Mitilene, que seguramente no fue tirano, se opusieron a los regímenes aristocráticos de sus "poleis" debido a su origen "humilde". Pero esta versión apenas es creíble y abiertamente contradictoria con el monopolio político ejercido por los "aristoi". Incluso en el caso de Cipselo, el relato de Heródoto incluye elementos legendarios como la "milagrosa" salvación de éste "por su sonrisa" o "escondido en una jarra", de ahí el nombre de "Kypselos" de los sicarios de los Baquíadas, a la sazón la familia dominante en la ciudad. Por su parte, Ortágoras de Sición sería, según Éforo, hijo de un cocinero, pero habría llegado a alcanzar el cargo de "polemarco", reservado sólo a los "notables" de la ciudad. Finalmente PÍtaco de Mitilene seria también de bajo origen, de padre tracio, aunque, según Alceo, habría entroncado por matrimonio con la familia dominante de los Pentélidas. Sin embargo, los aspectos contradictorios que incluyen estos testimonios hacen pensar que se trata de versiones deformadas de los hechos tendentes a crear una conciencia de opinión negativa acerca de la experiencia de la tiranía en algunas "poleis". Ahora bien, si dichos datos se consideran fiables, pueden entenderse también, en su significado simbólico, como ruptura del monopolio tradicional de los "gennetai" o "eugennetai" sobre la vida política griega de los ss. VII y VI. El segundo hecho relevante, los grupos familiares y sus vínculos con otras "poleis", es asimismo significativo. En efecto, Teágenes de Mégara apoyó la "intentona" tiránica de su yerno Cilón en Atenas hacia el 630; Trasíbulo de Mileto y Periandro de Corinto, hijo dc Cipselo, se intercambiaron consejos sobre la forma de mantenerse en el poder y acabaron con la tradicional rivalidad entre estas dos "poleis" comerciales a uno y otro lado del Egeo; Ligdamis de Naxos no fue ajeno al encumbramiento de Polícrates en Samos ni al de su contemporáneo Pisístrato en Atenas; en fin, Clístenes de Sición, el abuelo del homónimo político ateniense, casó a su hija Agarista con Megacles, un miembro de la influyente familia ateniense de los Alcmeónidas. Pero esta red de vínculos familiares, amistosos y políticos puede entenderse asimismo como tentativas de reforzar la endeble estructura de poder de las "dinastías" de tiranos. En algún caso, como el de Periandro de Corinto, las relaciones políticas traspasaron al propio mundo griego, puesto que son indudables los vínculos que éste mantuvo con Aliates y Creso de Lidia y con Psamético de Egipto. A Periandro, uno de los "Siete Sabios de Grecia" junto a Solón de Atenas, se atribuye también la construcción de un canal (diolkos) a través del Istmo que permitiera a los navíos pasar del Golfo Sarónico al de Corinto sin necesidad de circunvalar las costas del Peloponeso. En definitiva, los regímenes tiránicos promovieron las relaciones entre las diversas "poleis" e incluso establecieron relaciones con pueblos y estados no griegos. A pesar de que los descendientes de los "primeros tiranos" apenas pudieron ya mantenerse en el poder y recurrieron de nuevo a la violencia reclutando su "propio" ejército de mercenarios, la experiencia tiránica dejó honda huella no sólo en las "poleis" implicadas, sino también en las que todavía no habían evolucionado hacia formas más avanzadas de organización política, en las que las instituciones no se basaran exclusivamente en criterios tribales (nacimiento noble, parentesco aristocrático), sino también en tribus territoriales que incluyeran a toda la población "ciudadana", rural o urbana. Pero resulta difícil admitir, como algunos pretenden, que ésta fuera "la primera forma de estado" en Grecia.

