Isaías
o Iessaí (ss. VIII-VII a.C.). El primero de los cuatro profetas mayores. Estadista y consejero de los reyes de Judá. Hijo de Amós y sobrino de Amasías, rey de Juda. Gozó de un grado considerable de libertad para expresar unas opiniones y realizar una serie de actos bastante impopulares. Su vida cubrió cuatro reinados, a lo largo de los cuales se dedicó a advertir sobre la necesidad de reformas y a asesorar en temas de política. Profetizó bajo los reinados de Osías, Joatam, Achaz y Ezequías. A este último príncipe le anunció de parte de Dios, primero, que iba a morir muy pronto; después, que su vida iba a prolongarse quince años más, y para confirmar esta promesa mandó retroceder la sombra del sol diez grados sobre el cuadrante de Achaz. Su elocuencia e imaginación poéticas eran excepcionales, sus pinturas enérgicas y su estilo de una vehemencia extraordinarias. Tan apasionado como los demás profetas, añadía a esta cualidad algunos rasgos propios del noble romano: firme en sus principios, inasequible al desaliento ante las desgracias y la certeza de la continuidad de las mismas, pero sostenido siempre por la convicción de que la justicia terminaría por triunfar (un triunfo que no llegaría a ver en vida). Su patriotismo pesimista y su autocontrol revelan en él una vena heroica. Aunque rara vez se mostraba vengativo, le costaba moderar su lenguaje cuando hacia referencia a un inveterado enemigo como Edom. Predijo la destrucción del reino hermano de Israel por los asirios y los horrores que previó para el propio reino de Judá le llevaron a afirmar que su población terminaría por estar formada mayoritariamente por mujeres hasta alcanzar una proporción de siete a uno con respecto a los hombres. Su principal preocupación eran los pecados de su pueblo: la idolatría, los vicios (el sexo y el alcohol) y la desmedida opulencia de los terratenientes. Veía al cruel imperio asirio como algo que había que soportar, contra lo cual era inútil rebelarse y a cuyas crueldades se habían hecho acreedoras sus pecaminosas víctimas. Sin embargo, también preveía su fin en un futuro no muy lejano. Una vez que se produjera su caída, Dios instauraría una paz general e inauguraría una nueva etapa para el mundo, equiparable casi a una segunda creación, en la que el Dios de Israel gobernaría desde Jerusalén sobre un imperio universal. Como parte de este cuadro general figura un personaje perteneciente a la casa real de David que, más tarde, sería magnificado hasta convertirse en el Mesías. Por esta razón, el libro de Isaías terminaría por asociarse con la misión de Jesús, a pesar de que el Mesías que describe el profeta ni tiene carácter divino ni goza de la inmortalidad. En un terreno más práctico, Isaías se oponía con firmeza a que Judá se viera envuelto en las luchas de los poderes extranjeros, a pesar de la inherente debilidad del reino y de su necesidad de contar con aliados. Así, se opuso a que se estableciera una alianza con Siria para tratar de contener el poder de Asiria: Siria, a causa de su vileza, no era un aliado adecuado y, de todos modos, a la propia Asiria, según él mismo profetizaba, terminaría por llegarle su némesis: "Confiad en Dios, no en Siria", repetía Isaías. Más tarde, aconsejó a Ezequías que no se uniera a la gran coalición antiasiria que promovía la ciudad filistea de Asdod con el apoyo de Egipto (713), consejo cuya validez se puso de manifiesto cuando, una vez más, Asiria derrotó a todos sus enemigos. Su fe en Dios le permitió asegurar a Ezequías que el rey asirio Senaquerib no tomaría Jerusalén, una predicción que volvió a confirmarse cuando el ejército de Senaquerib, que se encontraba sitiando Jerusalén, se esfumó durante la noche, sin que se sepa muy bien si su huida estuvo motivada por el azote del ángel de la muerte, por una plaga de ratones (como creía Heródoto), o por un soborno. Bajo el reinado de Manasés, hijo de Ezequías, fue condenado a muerte y partido por medio con una sierra (ca.694 a.C.). Ver, Profetas.

