Job
Hombre próspero y sin tacha que tuvo la desgracia de convertirse en objeto de una apuesta entre Dios y Satanás. Job, un hombre temeroso de Dios, al verse atormentado de esa manera quiso saber por qué se le maltrataba y por qué Dios se comportaba de un modo que, aparentemente, carecía de toda justificación. Nunca llegó a averiguar que había sido el objeto de una apuesta, aunque, finalmente, recobró con creces la prosperidad perdida. La acción de esta historia tan hondamente turbadora comienza cuando una delegación, de la que forma parte Satanás, se presenta ante Dios. En el curso del debate que tiene lugar a continuación, Satanás provoca a Dios hasta conseguir que acepte realizar una apuesta para comprobar si la desgracia puede conducir a Job a maldecir a Dios. Sus rebaños, sus vacadas, sus hijos y sus hijas son todos aniquilados y el propio Job se ve infectado con unas llagas que le producen unos dolores espantosos. Pero, a pesar de todo, se niega a maldecir a Dios. Se presentan entonces tres amigos que han acudido para consolarle. Se trata de tres hombres sencillos, cada uno de los cuales dará una respuesta simplista a la pregunta de por qué habría Dios de agredir de ese modo a un hombre bueno. Para Elifaz de Temán es inconcebible que Dios haya hecho algo así, de lo que se deduce que Job debe de haber cometido alguna mala acción. Bildad de Súaj trata de convencerle de que sus sufrimientos, sean o no merecidos, habrán de reportarle finalmente algún bien. Sofar de Naamat, cuya piedad iguala a la de los otros, a los que no obstante supera en simpleza, sostiene que todo ello constituye un gran misterio que algún día terminará por resolverse. Escaso consuelo obtiene Job de los que habían acudido a consolarle. Sigue convencido de que no tiene culpa alguna y, al no haber conseguido resolver el enigma, los argumentos de sus amigos no hacen sino precipitarle en un mar de dudas sobre un Dios que le atormenta con tales dolores y perplejidades, sin hacerle partícipe en ningún momento de la razón de los mismos. A partir de entonces, el dramatismo del relato se acrecentará notablemente por la intervención sucesiva de dos nuevos interlocutores. A diferencia de los amigos que trataban de reconfortarle, no tratarán de discutir con Job sobre el problema que le acucia y se limitarán a hacer una serie de afirmaciones que lo dejan de lado. Elihú, el primero de ellos, proclama los atributos soberanos de Dios y condena implícitamente a Job por tratar de entrometerse en los designios divinos. El segundo será Dios en persona. Desde el seno de la tempestad pronuncia un impresionante discurso sobre su omnipotencia creadora, ilustrada con un apabullante aluvión de preguntas retóricas, cuyo objetivo es poner de relieve el abismo que le separa de Job (o de cualquier otro hombre), pues éstos nunca serán capaces de imaginar o crear maravillas tales como Behemot, Leviatán (el "hipopótamo" y el "cocodrilo") y un larguísimo etcétera. Lo que Dios no hace en ningún momento es tratar de dar respuesta a los interrogantes de Job. Dos conclusiones se pueden extraer de ello. Por un lado, cabría suponer que, al ignorar la pregunta de Job y no mencionar en ningún momento la apuesta que estaba en juego, Dios estaría reconociendo de forma encubierta que no era del todo correcto haber realizado dicha apuesta. Sin embargo, podría entenderse igualmente que el alarde que hace Dios de la inmensidad de su poder tiene el propósito de demostrar que se encuentra más allá de toda discusión y que la fe en sí ha de ser absolutamente ciega. De ser correcta esta segunda interpretación, los amigos que trataban de reconfortar a Job estaban completamente equivocados: ni Dios es justo ni Job ha cometido pecado. Dios está más allá de toda justicia y, por lo tanto, la cuestión de si es justo o injusto carece de todo sentido. En cuanto a Job, no tiene derecho a hacer preguntas y debe limitarse a tener una fe absoluta. Tras el monólogo de Dios, la historia concluye cuando Job recobra la salud y la prosperidad. Se volverá más rico aún de lo que era antes (con un mayor número de camellos, ovejas, vacas y asnos), obtendrá una nueva familia, con sus correspondientes hijos e hijas, y vivirá hasta alcanzar una edad muy avanzada, seguramente como compensación por haber sido utilizado como conejillo de Indias. El libro de Job es, sin lugar a dudas, uno de los más profundos del Antiguo Testamento, pero también uno de los más profundamente insatisfactorios. La pasividad de Job no alcanza en ningún momento un rango heroico y las razones de Dios, cualesquiera que éstas fueran, no quedan en absoluto claras. Ver, Yeminá.

