Teógenes

(siglo V a.C.). Famosísimo atleta griego, natural de Tasos. Hijo de un sacerdote de Heracles que pasaba por haber tenido por padre verdadero al dios mismo, leyenda que explicaba sin duda, un rito de hierogamia. Boxeador invencible durante veintidós años, coleccionó los siguientes éxitos: nueve veces vencedor de Nemea, otras tantas en el Istmo (mas una vez, una victoria en el pancracio en la misma fiesta), tres veces coronado en los Juegos Píticos (de las cuales una sin que ningún competidor hubiese osado oponérsele); conoció el apogeo de su carrera triunfando en Olimpia en 480 en el boxeo y en 476 en el pancreo. Le fueron elevadas estatuas Olimpia, en Delfos y en la isla de Tasos, su patria. Los pedestales de esas estatuas han sido encontrados, más o menos gravemente mutilados: el de Delfos permite leer todavía, con una relación completa de las victorias de Teógenes, un epigrama de una docena de versos loando los méritos verdaderamente excepcionales de un campeón que se ufanaba de haber vencido ¡en mil trescientos encuentros! Su recuerdo fue duradero: en el siglo III a.C., un epigramista, Posidipio de Pela, recuerda el apetito prodigioso del boxeador, capaz, según pretende él, de devorar por sí solo un toro entero... En el siglo II de nuestra era, el retórico Dión Crisóstomo, el filósofo Plutarco, y después el viajero Pausanias, hacen todavía largamente mención de Teógenes, de su carácter irascible y de sus proezas. Pero lo más curioso no es tanto la extraordinaria serie de sus triunfos deportivos como la aureola religiosa que lo rodeó después de su muerte, aureola cuyas circunstancias Pausanias ha narrado en detalle. Dice: "Cuando Teógenes hubo muerto, uno de sus enemigos tenía la costumbre de ir todas las noches a azotar su estatua de bronce, imaginando que de esta manera maltrataba a Teógenes en persona. La estatua puso fin a esas violencias aplastando a ese hombre, y los hijos de la víctima citaron ante la justicia a la estatua por la muerte. Los tasios la hicieron tirar al mar, aplicando la ley de Dracón, que, en el código criminal que redactó para los atenienses, castigó con el destierro incluso a los objetos inanimados, si por casualidad uno de ellos hubiese aplastado a un hombre. Después de ese hecho, la tierra de Tasos se volvió estéril. Los tasios fueron a consultar al oráculo de Delfos y éste les ordenó que hiciesen regresar a los que habían sido expulsados. Pero el regreso de los exiliados, decidido después de esa orden, no puso fin a la esterilidad de la tierra. Los tasios volvieron a consultar a la Pitia, quejándose de que la cólera divina continuase castigándolos, aunque hubiesen seguido los consejos del oráculo. Entonces la Pitia les respondió: "Del gran Teógenes habéis olvidado la memoria". Los tasios se encontraron en grave dificultad, no sabiendo por qué medio podían recuperar la estatua de Teógenes, cuando, se dice, unos pescadores que habían salido a pescar en el mar recogieron la estatua en sus redes y la trajeron a la costa. Los tasios la volvieron a colocar en su emplazamiento primitivo y han conservado la costumbre de ofrecerle sacrificios como a un dios". Diversos documentos epigráficos, interpretados a la luz de los textos literarios, han venido a confirmar ese testimonio. El culto de Teógenes debió ser instituido en Taso a finales del siglo V o comienzos del IV, en el momento en que fue restaurada la estatua. Más tarde, como lo enseñan una inscripción del siglo I antes de nuestra era, la narración de Pausanias y un pasaje de Luciano, Teógenes fue considerado sobre todo como un héroe al que se atribuían virtudes curativas, especialmente apto para proteger contra el paludismo, y su culto se extendió también fuera de Tasos.
 
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