Thambos

Dentro de la concepción religiosa griega, estupor o sentimiento de admiración que invade al ser humano ante toda manifestación visible de la divinidad. La religión griega es el elemento psicológico esencial que asegura la cohesión de los grupos y su duración. Es por lo que sus manifestaciones, incluso individuales, toman de ordinario un carácter social más o menos acentuado. Si se dirigen a la divinidad suponen también un público que será su testimonio y en el cual el autor del acto piadoso ha pensado al realizarlo. Eso no quiere decir que el sentimiento religioso elemental, en su forma individual y espontánea, haya sido desconocido por los griegos. Al contrario, tenían una palabra, tal vez tomada del vocabulario de una lengua prehelénica, para expresar esa mezcla de respeto y de temor que el hombre concibe ante todo lo que le parece revelar una fuerza misteriosa y sobrenatural, animada por una voluntad que presiente sin que siempre pueda penetrar sus intenciones. Ese sentimiento es el thambos. Los griegos parecen haberlo experimentado con una fuerza y una frecuencia particulares, especialmente ante la naturaleza y los espectáculos excitantes que ella desarrolla ante el hombre en su país privilegiado. Se trata de una percepción directa de la presencia divina, que impone de una manera inopinada un paisaje grandioso o algún lugar secreto, una luz o una sombra, un silencio o un ruido, el vuelo de un pájaro, el paso de un animal, la majestad de un gran árbol, la forma de una roca, el frescor de una fuente, el curso poderoso de un río, el estremecimiento de los cañaverales, la caricia del viento, un trueno, un rayo de luna, el calor del mediodía, el murmullo incesante de las olas. El alma atenta e inquieta de los griegos acogía con avidez esas manifestaciones de la naturaleza. Experimentaban ante ellas una especie de turbación deliciosa que los arrancaba de ellos mismos y les parecía la obra evidente de un dios. Esta omnipresencia de la divinidad, experimentada con una intensidad singular, ha proporcionado el elemento primero y durable de la religión griega. Por esto los dioses se encuentran en todas partes y son tan numerosos: el politeísmo tiene por origen el sentimiento muy vivo de que la naturaleza entera está penetrada por lo divino. Ese pueblo, profundamente religioso, estaba al mismo tiempo (una cosa no priva la otra) enamorado hasta el mayor extremo del razonamiento lógico; su gusto por la vida social y el discurso le llevaban a ello. También estaba naturalmente inclinado a fraccionar una presencia divina tan frecuente y tan polimorfa en individualidades múltiples, concebidas a su medida. De ahí el gran número de lugares de culto, los altares rústicos, los montones de piedras, los árboles sagrados, las grutas de Pan, las ofrendas a las ninfas, los héroes anónimos, pero también la proliferación de los santuarios donde las divinidades mayores son honradas en un aspecto específicamente local, que materializa un epíteto particular. Si percibía el thambos, el griego deducía de ello que tenía contacto con alguna personalidad divina. Lo comunicaba inmediatamente a la comunidad de la cual era miembro, o, más frecuentemente, identificaba esta divinidad de la cual acababa de experimentar el poder con alguna de las que la comunidad reverenciaba ya. De esta manera los cultos tradicionales conservaban vigor y prestigio. A veces se añadía algún culto nuevo. La intervención del grupo social, transformando la reacción individual en un rito, daba un valor concreto y durable a lo que no había sido al comienzo más que un sentimiento fugitivo. Inversamente, la comunión en una misma creencia, la convicción de estar sometido a la autoridad de un mismo dios daba al mismo grupo permanencia y homogeneidad. La religión griega, como la mayor parte de las religiones, tiene, pues, un aspecto subjetivo y un aspecto social. El uno no sería nada sin el otro. Si el elemento social predomina, es por la fuerza de una tendencia instintiva que empuja al hombre griego a vivir en el cuadro de la ciudad. Pero el valor personal de su fe no está por ello vacilante, sino todo lo contrario.
 
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